En el siglo XVI España se creía el centro del mundo, sus dominios eran inconmensurable y sus ansias de seguir conquistando nuevas tierras estaban en pleno apogeo. Solo los portugueses y su magnífico elenco de marinos y barcos podían pujar con los españoles en cuanto a la expansión hacia ultramar se refiere.

Así que ya puestos, ¿por qué no China? El Celeste Imperio ofrecía el misterio de lo desconocido y todo un inmenso territorio inexplorado por parte de los europeos.

Había un problema: la prohibición impuesta por el emperador Ming a los extranjeros de permanecer en suelo chino bajo pena de muerte. La corte de Felipe II intentó entonces la vía diplomática, pero esta fracasó por las disputas entre agustinos y franciscanos en como abordar la llegada y la evangelización. (El Domund aún no se había inventado).

Los primeros que consiguieron poner un pie en China fueron los frailes agustinos y, tras ellos, los franciscanos.

Los primeros en llegar lo hicieron en 1575, valiéndose de una estratagema. Los españoles habían capturado en Manila al temible pirata Limahón, odiado por los chinos. Estos aceptaron que los agustinos entraran en el país llevando consigo a Limahón. Fue así como un grupo de agustinos con Juan Salcedo a la cabeza entró en China, pero el pirata consiguió huir y los chinos devolvieron a los frailes españoles a Filipinas.

Tres años después, en 1578, lo intentaron los franciscanos; lo hicieron a las bravas, con el prior Pedro de Alfaro a la cabeza y apenas duraron ocho meses.

Todo esto y los sucesivos intentos como el de fray Martín Ignacio de Loyola, lo cuenta uno de los que estuvieron allí, el fraile agustino Juan González de Mendoza que, con el impulso del Papa Gregorio XIII, escribió la Historia del gran reino de la China, que tuvo entonces un éxito extraordinario y fue traducido a multitud de lenguas.

Historia de las cosas mas notables, ritos y costumbres del gran reino de la China

Juan González Mendoza

Edición crítica: Juan Gil 

Biblioteca Castro

Precio: 52 €

Biblioteca Castro reedita ahora este clásico con una nueva aportación colosal como es el estudio crítico que realiza el catedrático y académico Juan Gil, con un exhaustivo trabajo de investigación sobre esta aventura de ultramar.

El relato de Juan González de Mendoza nos ofrece una visión idealizada de la China, cercana a la que había difundido Marco Polo y otros aventureros como Bernardino de Escalante.

Pero el éxito del relato está en las detalladas descripciones que ofrece González de Mendoza acerca de su religión y sus creencias, así como sus ritos para el matrimonio o para despedir a sus muertos. En la tercera parte del libro nos habla de su historia, de sus actividades económicas o de su fuerza militar, ademas de ofrecernos otros costumbres y alabar su capacidad para los inventos de gran trascendencia, como la pólvora o la imprenta.

En la conclusión de su estudio crítico el catedrático Juan Gil señal que los viajeros dieron visiones contradictorias de China. Unos la consideraron el mejor país del mundo; otros solo vieron en ella un semillero de corruptelas y vicios, pero ningún europeo, y mucho menos español, se inclinó sin mas ante la superioridad de China, supuesta o real. Una certeza sí era ya común entonces: los chinos eran los mejores mercaderes del mundo. Y a lo que parece, lo siguen siendo.