Entrevista | Eduard Márquez Escritor

«Sin arriesgarse, la creación es muy aburrida»

Firmamento recupera y publica por primera vez en español los cuentos de Eduard Márquez, una de las experiencias de ficción más atrevidas de los últimos años

El escritor catalán Eduard Márquez.

El escritor catalán Eduard Márquez. / L. O.

Lucas Martín

A lo largo de su ya nada breve carrera literaria, Eduard Márquez (Barcelona, 1960) ha ido rasgando vestiduras hasta situarse en esa esquina tan fértil, iluminada y al mismo tiempo refractaria a los grandes focos en la que brotan propuestas destinadas a superar los caprichos del momento e impactar salvajemente en el lector. Fruto de una testarudez y un afán de perfeccionamiento que le llevó a protagonizar uno de los silencios más atronadores de la literatura reciente, el escritor catalán acumula una obra repleta de desafíos y títulos atemporales, máquinas narrativas en las que se intuye sutilmente el abrigo de otras relojerías, pero que resultan, en el espejo y en la soledad de la lectura, personales e intransferibles. Con un volumen creciente de apóstoles y entusiastas -también a nivel internacional- el autor, premio, entre otros, de la Crítica Catalana, acaba de publicar, de la mano de Firmamento, y en versión de Cristian Crusat, ‘La elocuencia del francotirador’, su primer libro de cuentos traducido al español. Un artefacto fulgurante en fondo y forma, además de la enésima confirmación de la que quizá sea una de las aportaciones más maduradas, rupturistas y exigentes del relato europeo actual.  

Los cuentos de ‘La elocuencia del francotirador’ llegan al lector en español precedidos de una fama de heterodoxia casi cercana a la leyenda. Su despojamiento estilístico, su vibración poética, sus interconexiones entre las distintas piezas y el trasfondo parecen aunarse para componer un thriller metafísico muy poco común en este inicio de milenio. ¿Se siente solo en la experiencia? ¿Harto tal vez de la vitola de autor de culto?

 La verdad es que nunca me he considerado un autor de culto. Soy sólo un autor que intenta salir de los caminos trillados. Porque, sin arriesgarse, sin explorar nuevos territorios, aunque acabes estrellándote, la creación es muy aburrida. En este sentido, para mí es fundamental esta afirmación de John Coltrane, uno de mis músicos de cabecera: «Parto de un punto y llego lo más lejos posible». Este es, para mí, el sentido final de la escritura: llegar lo más lejos posible. 

La usurpación, el doble, el vacío y el conflicto de la identidad son temas que están muy presentes en el volumen. ¿La alienación constituye un mal endémico e inevitable en estos tiempos?

Los límites de la identidad es una de mis obsesiones. La sensación de que «cada papel comporta la negación de todos los demás» me ha perseguido desde niño. Recuerdo perfectamente el dolor y la rabia de tener que escoger y, consecuentemente, de autolimitarme. Porque excluir limita. Y, en cierta manera, aún me ocurre. Si fuera posible, me gustaría vivir muchas vidas al mismo tiempo. No sucesivamente, que, si se tiene el valor suficiente, puede ser más fácil, sino al mismo tiempo.

Su narración abunda en seres sin trascendencia, aparentemente anodinos y rutinarios. ¿Es ahí donde está la épica? ¿La historia se entiende y se explica mejor sin capitulares y sin los presuntos grandes protagonistas?

La historia necesita a los grandes protagonistas (con la condición de intentar explicar de manera afinada sus aciertos y sus errores) y a los pequeños protagonistas (con la condición de ampliar lo máximo posible el foco). En este sentido, creo que nos queda mucho trabajo por hacer para rescatar la memoria verdaderamente popular, la de la gente de la calle. Se ha empezado, por ejemplo, con la memoria de las organizaciones políticas, sindicales, sociales…, pero hay que ir más allá y recuperar la memoria de tanta gente que, sin haberse encuadrado en ninguna organización, también tiene muchas cosas que contar. Por lo que respecta a los cuentos, me interesaba generar personajes aparentemente estándares, relativamente neutros, por decirlo de otra manera, para que fuera mucho más fácil empatizar o enfadarse con ellos fuera cual fuera el posicionamiento vital, moral, social o cultural del lector. Por otro lado, siempre que se habla de personajes anodinos, me viene a la cabeza la respuesta del poeta Philip Larkin a quienes consideraban que su mundo era limitado o vulgar: «Me gustaría saber en qué mundo infestado de dragones viven esos tipos que les permite utilizar con tanta libertad la palabra ‘tópico’». 

Llama la atención que haya tardado tanto tiempo en publicar estos relatos en castellano. ¿Otro de sus personales ajustes de cuentas? 

Sí, han tardado un poco. Y más teniendo en cuenta que se han traducido todas mis novelas. Supongo que es por aquello de que los cuentos tienen menos público. Tópico que, afortunadamente, se atreven a desmentir cada vez más editores. De ahí que la propuesta de Javier Vela de incorporar los cuentos al catálogo de Firmamento sea un privilegio y una gran oportunidad para dar a conocer el material narrativo donde empezó todo lo que, estilística, narrativa y conceptualmente, desarrollé en las novelas posteriores.

En más de una ocasión ha confesado que ha cerrado un bloque y que no tiene previsto volver a escribir cuentos. ¿Su renuncia es irrevocable?

 Con la edición catalana de estos cuentos en 2014 (Vint-i-nou contes menys), la intención era cerrar el trayecto literario que había empezado con la publicación de dos libros de narraciones en 1995 (Zugzwang) y en 1998 (L’eloqüència del franctirador) y que había dado por acabado, porque ya no daba más de sí, con la novela que publiqué en 2011 (L’últim dia abans de demà). Y, curiosamente, cuando empecé a plantearme la escritura de la que ha acabado siendo mi última novela, 1969, volví a escribir algunos relatos para ponerme a prueba. En este sentido, siempre he pensado que los cuentos, como la poesía, son una herramienta muy útil y exigente para ensayar y desarrollar estrategias narrativas y estilos y cuestionarse a uno mismo; siempre han estado ahí y supongo que siempre estarán ahí. 

Hablemos de su comentado bloqueo y los diez años de silencio editorial. El único artista de verdad es el artista interior, sugería Pedro Casariego Córdoba. ¿El inconformismo está penalizado en la literatura?

En la literatura, no. En el mercado. Porque, en todos los aspectos de la vida, la uniformidad es más rentable. Cuando empecé a escribir, era consciente de que la corriente principal lo arrastraba todo, pero había espacio en los márgenes para desarrollar propuestas alternativas. En otras palabras, se podía vivir y crear instalado en el arcén de la autopista. Con el tiempo, el arcén ha ido desapareciendo por la ampliación de los carriles de la autopista. Y esto ha comportado que ahora tenga que vivir fuera de la valla que cierra la autopista, donde la vida y la creación tienen que sacarse adelante en un ambiente un poco más hostil. Cuando la concesionaria de la autopista quiera continuar creciendo por ahí, lo cual acabará pasando irremediablemente, habrá que trasladarse un poco más lejos y continuar plantando cara. Porque la única vía para poder continuar sacando rendimiento al inconformismo es la resistencia.

Portada de 'La elocuencia del francotirador'.

Portada de 'La elocuencia del francotirador'. / Firmamento

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Da la sensación de que en los últimos años se ha acelerado la homogeneización. Especialmente, en la llamada literatura de consumo. ¿El escritor está obligado a repetirse y a aferrarse a una fórmula para sobrevivir?

La homogeneización estilística y narrativa es una faceta más de la homogeneización general. En los últimos años, a la literatura le ha pasado lo mismo que a las calles de las ciudades: vayas a donde vayas, cada vez se parecen más las unas a las otras: las mismas tiendas y las mismas cafeterías. En la literatura pasa un poco lo mismo. Sin embargo, lo único que hay que hacer es salir del centro para descubrir la vida que se desarrolla en los márgenes. Aunque esto comporta un riesgo que, desafortunadamente, muchos lectores ya no están dispuestos a correr. El riesgo de no entender un libro a la primera, el riesgo de la incomodidad que puede generar lo desconocido, el riesgo de sentirse emocional o intelectualmente fuera de juego… Pero, como en el caso de la escritura, leer sin arriesgarse es también muy aburrido. 

La prosa de estos cuentos, musical y preciosista, se apoya en una voz, la del narrador, que tiende a desaparecer. Una ausencia que, conjugada bajo presupuestos muy distintos, también está detrás de su proyecto 1969. ¿Le parece tramposo el exceso de intermediación o es el propio planteamiento el que determina y modela la apuesta final?

Cada propuesta literaria tiene que ser desarrollada de una forma concreta: la que se adecúa mejor a su propósito y a sus necesidades. A veces, se encuentra esta forma a las primeras de cambio; a veces, se tarda mucho, y, a veces, no se encuentra nunca y hay que abandonar el proyecto. En el caso de los cuentos, busqué desde el principio un narrador que fuera lo más neutro posible. Porque me parecía que este carácter seminotarial intensificaba el efecto final, pretendidamente frío e inquietante, de las narraciones. En el caso de 1969, la desaparición tiene otra finalidad: la de dar voz, sin interferencias, a las personas que vivieron ese período del final de la dictadura en Barcelona.

EDUARD MÁRQUEZ 

  • La elocuencia del francotirador
  • Editorial: Firmamento
  • Traducción: Cristian Crusat
  • Precio: 18,00 € 

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El caso de Grette Bürnsten parece una picardía posmoderna. Una biografía y un personaje que usted inventó cuando trabajaba redactando entradas para una enciclopedia y que, contra todo pronóstico, fue recogido por otros proyectos que lo consideraron plenamente real. En sus cuentos, además, y para rizar el rizo, el remedo del inventor se enfrenta a su criatura. ¿La verdad es siempre relativa? ¿Vivimos en una ficción de ficciones?

Sí, indudablemente. Por ejemplo, si hablamos de literatura, cuando era niño y adolescente, la ficción campaba sólo en los libros. El resto era verdad. Fuera de la literatura, vivíamos en un mundo de certezas. O eso es lo que se nos hacía creer. Con el tiempo, el ámbito de la ficción se ha ido ampliando. Y ahora la ficción campa libremente por todas partes: en las noticias del televisor, en los periódicos, en las redes sociales, en las aplicaciones para encontrar pareja, en los catálogos de venta por internet… La ficción de las fake news, la ficción de las vidas que contamos o de las vidas que nos cuentan por el móvil, la ficción de lo que podemos conseguir si hacemos esto o aquello, la ficción de tener cualquier cosa al alcance de la mano… A mí, que, de niño, iba todo el día disfrazado y me inventaba amigos imaginarios y que, mucho más tarde, antes incluso de escribir ficción, empecé también a inventarme personas para meterlas en las enciclopedias, me puede atraer y me puede interesar este mundo de ficción, esta disolución de las fronteras con la realidad, que es donde siempre me he movido más a gusto como escritor, pero, como mundo para vivir, me parece un lugar cada vez más inquietante, desapacible e inhumano.

Sus personajes -y ojalá fueran solo ellos- se obstinan en dejar constancia y reescribir su vida cotidiana. ¿Somos lo que cuentan o contamos de nosotros mismos? ¿Entradas de enciclopedia, textos, informes sobre nuestros horarios y nuestros consumos? ¿Hay redención en todo esto?

No, hay una condena. La condena del control y del poder en manos de quienes manejan esa información. Que, lógicamente, no van a utilizarla para mejorar nuestras vidas, sino para enriquecerse a nuestra costa. Sin piedad y sin límites. Más las derivadas políticas y sociales que pueden desprenderse de todo ello, tampoco nada esperanzadoras para nosotros. No, hay una condena. La condena del control y del poder en manos de quienes manejan esa información. Que, lógicamente, no van a utilizarla para mejorar nuestras vidas, sino para enriquecerse a nuestra costa. Sin piedad y sin límites. Más las derivadas políticas y sociales que pueden desprenderse de todo ello, tampoco nada esperanzadoras para nosotros. 

Resulta llamativo cómo alterna el universo de sus cuentos, carente de grandes referencias geográficas o ambientales, con novelas como 1969 ligadas a un espacio concreto y a un tiempo histórico.

Durante muchos años, fui un defensor acérrimo del no tiempo-no espacio, de manera que mis dos primeros libros de cuentos y mis dos primeras novelas no estaban localizadas en ningún lugar concreto. Me parecía que esto intensificaba su capacidad alegórica y ampliaba su radio de acción narrativo y emocional, porque lo que pasaba en esos libros podía suceder en cualquier otro sitio. Esta estrategia cambió con las dos novelas siguientes hasta llegar a1969, que narra este año concreto en un lugar también concreto, Barcelona.

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