Alfaguara

Perú y el mágico poder de la música

Reseña de la novela 'Le dedico mi silencio', que deja un regusto profundo y largo, atractivo pero no siempre dulce. Es Vargas Llosa puro pero no el gran Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa / EUROPAPRESS - Archivo

Jose María de Loma

Jose María de Loma

Como si no hubiera malas noticias en el mundo, Mario Vargas Llosa anuncia que deja de escribir novelas. Promete, eso sí, un ensayo sobre Sartre, ese pensador mítico que tanto le influyó y del que después renegó. Tal era su fervor sartriano que en su juventud, sus amigos, lo narra en El pez en el agua (1993), lo llamaban el ‘sartrecillo’ valiente. El Nobel, que ha dado a imprenta narraciones que solo pueden estar en la cima de la novela mundial contemporánea, como ‘Conversación en la catedral’ o ‘La guerra del fin del mundo’, se despide del género con ‘Le dedico mi silencio’. Habrá que rezar a los dioses de la longevidad, la literatura y el goce lector para que Vargas incumpla su promesa. Sobre todo porque esta novela que nos ocupa deja un regusto profundo y largo, atractivo pero no siempre dulce. Es Vargas Llosa puro pero no el gran Vargas Llosa. Con todo, una obra importante en su carrera, aunque no trascendental como pudieron ser ‘La tía Julia y el escribidor’, ‘La fiesta del chivo’ o incluso ‘El sueño del celta’, aquella trepidante y absorbente, enjundiosa y magistralmente armada novela sobre el irlandés Roger Casement, hombre de muchas vidas, uno de los primeros europeos en denunciar los horrores del colonialismo y finalmente nacionalista irlandés. ‘Le dedico mi silencio’ llega tras ‘Tiempos recios’ (2019), en la que retrataba los entresijos del golpe militar que en 1954 terminó en Guatemala con el gobierno de Jacobo Árbenz y aupó a Carlos Castillo Armas a la presidencia del país y la formidable operación (una fake news gigante) urdida por un mago de la publicidad para preparar un clima de opinión pública en Estados Unidos para descabalgar a un demócrata de izquierdas al que se presentaba como peligroso marxista.

'Le dedico mi silencio', por Mario Vargas Llosa

'Le dedico mi silencio', por Mario Vargas Llosa / .

  • Le dedico mi silencio 
  • Mario Vargas Llosa
  • Editorial: Alfaguara
  • Precio: 19,80 € 

En el libro del que tratamos, ‘Le dedico mi silencio’, Toño Azpilcueta, un profesorcito erudito del vals peruano y la música criolla, aspirante fracasado a catedrático, mediocremente feliz en su casamiento, oye una noche, por invitación de un prohombre de la cultura, actuar a Lalo Molfino, un guitarrista que lo embriaga, lo envuelve, le hace sentir como nunca. Lo embelesa. Y empieza la obsesión por él, dado que poco tiempo después recibe la noticia de que ese joven prodigio de la música ha muerto. De gira. Tal vez de tuberculosis. Azpilicueta, gracias al dinero que un amigo benefactor le presta para que escriba un libro sobre Molfino, emprende un viaje por el Perú para reconstruir la vida de éste. No será fácil. No todos los testimonios dicen lo mismo ni son fiables. Punto fuerte de la investigación es el basural de Puerto Etén, al norte de Perú, un vertedero donde alguien dejó a Molfino de bebé. A punto estuvo de ser devorado por las ratas. Pero alguien lo recogió. Las ratas son una constante en la novela. Azpilicueta está obsesionado con ellas desde que una vez le callera una en el hombro que, más asustada que él, saltó rápido al suelo huyendo. Desde entonces, a veces, siente un cosquilleo, en cualquier momento del día, que confunde con lo que pudieran ser unas patas de roedor sobre su piel. Y necesita quitarse la camisa o los pantalones, mirarse la espalda con un espejito que siempre porta, rascarse, quedarse quieto, cerciorarse de que no hay rata ninguna alrededor. La novela se lee con placer, lleva el sello Vargas Llosa, pero los capítulos en los que uno lee las reflexiones sobre la música que el narrador o Azpilicueta hacen sobre la música tienen la característica de ensayo especializado. Leve y ágil, algo erudito sin embargo, que lastra la acción. Los peruanismos son constantes y deliciosos. Huachafería, por ejemplo, palabra polisémica que se repite mucho. La tesis de fondo es que la música pudiera haber sido la verdadera unión del Perú, su leivmotiv, el punto de encuentro de todos los peruanos, la personalidad exportable. La famosa y legendaria pregunta ¿cuándo se jodió el Perú? que aparece (1969) en ‘Conversación en la catedral’, sobrevuela la novela y casi se pronuncia, más fina y largamente, en un pasaje de esta novela. El contexto es un país asolado por Sendero Luminoso, finales de los noventa, ahí se desarrolla esta acción. En un Perú de muchos vaivenes, de inestabilidad política, donde sin embargo vive bien cierta clase alta, una pequeña burguesía también. Un Perú al que le aguardaban todavía muchos trances, golpes, estruendo y zarandeos políticos y sociales y al que siempre ha estado atento Vargas Llosa. Un Perú en el que la música se practica en esos corralones de barrios humildes donde se improvisan canciones, se toca la guitarra y el cajón, se baila, se adormecen las penas, se trenzan amores y se bebe pisco. Todo eso queda retratado en ese libro. Con música de fondo.