Goran Petrovic y la epopeya alternativa

El autor serbio, recientemente fallecido, deja un imprevisto legado en castellano con la publicación del primer libro de su ya inconclusa Novela Delta, sobresaliente ejemplo de escritura indómita y ajena a los límites formales y los convencionalismos

Goran Petrovic.

Goran Petrovic. / La Opinión

A estas alturas de la película -hablar de juego sería un acto incompetente de cinismo- parece haber quedado claro que la exacerbación de los nacionalismos -ya sean periféricos, mesetarios apuntalados con argamasa o, incluso, telúricos- guarda pocos puntos de conexión con una interpretación reposada o mínimamente adulta de la realidad. Especialmente, en lo que respecta a la literatura, que es un terreno que no reconoce fronteras -siquiera la lengua- y que gracias al buen hacer editorial y de los traductores permite que un lector de Cuenca puede llegar a sentirse tan heredero de la mirada de Conrad como de la de Mercè Rodoreda o que la educación sentimental de un andaluz deba tanto a Proust como a los viejos romances que le transmitían sus abuelos. Los libros conforman una patria hermosamente difusa y eso ya lo vindicaban escritores como Gombrowicz, quien durante su estancia en Argentina -un lugar que, pese a Milei, acumula más motivos de admiración que de desaliento- no lograba entender la obstinación en endilgarle la palabra «acional» a cualquier tipo de estilo en el que despuntara un argentino.

Emerson decía aquello de que no existe la ciencia, sino científicos. Una máxima que aplicada a las letras y, deformada por la fiebre del terruño, podría dar lugar en su antítesis a una concepción mutiladora y peligrosísima para la creación: obligar a un autor a plegarse a las credenciales identitarias en lugar de desarrollar lo único que le es propio, que es su voz singular e insumisa. Una voz que generalmente es fruto de lo individual y ese odre tan fecundo en el que chispean la experiencia más cercana con las más variadas lecturas y que, en muchos casos, ha conseguido hacer universal hasta lo más inmediato y aparentemente minúsculo, desde la luz de París a una verbena de provincias. Voces que, sumadas a otras voces, algunas de ellas interconectadas por códigos de vuelo compartidos, son las que dan sentido y vivacidad a una cultura, que es una construcción tan reconocible como necesariamente elástica y refractaria a reduccionismos. Y que a veces opera el milagro de juntar a una generación o a un puñado de escritores que, con todas sus diferencias entre sí, inducen a pensar en que algo está ocurriendo. Ese algo, perfilado por la crueldad de la historia reciente, y la consecuente sensibilidad colectiva, es parte de lo que viene sucediendo desde hace décadas en Serbia, país que en el último siglo se ha ido acostumbrando a la aparición de autores extraordinarios; de Danilo Kis a Vasko Popa, Simic (en este caso, emigrado al inglés) o Milorad Pavic. Cada uno con una propuesta disímil, pero todos ellos dotados de una imaginación tan enciclopédica como inconformista y salvaje. Atributos que, sin duda, se le pueden aproximar al recientemente fallecido Goran Petrovic, en el que madura el gusto por la oralidad y las leyendas de la zona con un poso que la crítica no ha dudado nunca en señalar -ni él tampoco, lector devoto de Cortázar o de García Márquez- como una suerte de realismo mágico personalísimo, de tanto buen cotejo con la oleada germinal latinoamericana como con las máximas expresiones -y tensiones- de su lengua de origen.

Traducido por Dubravka Suznjevic, y publicado por Sexto Piso, Petrovic murió en febrero de este año rodeado de un fervor al que no eran desafectos lectores de geografías tan alejadas como México y que en su país le reportó los principales premios nacionales, relegando a jugosa anécdota su carácter elusivo y hasta su labor de bibliotecario, que hizo que los campesinos de alrededor -casi como salidos de ‘Amanece que no es poco’- comenzaran a leer masivamente a Dostoievski. Si esto no fuera suficiente -la literatura es deudora, y a veces hasta cautiva, de estas pequeñas gestas- el autor cuenta con títulos tan conmovedores como ‘Atlas descrito por el cielo’ o ‘Diferencias’, a los que ahora se suma ‘Papel con marca de agua’, una novela que los apasionados del Pavic del ‘Diccionario jázaro’ sabrán emparentar en su tendencia al humor, la alucinación y la documentación histórica y que constituye el primer peldaño de su ciclo de alegorías -ya forzosamente inacabado- conocido como Novela Delta. Una nouvelle con el sello de la casa Petrovic que seduce desde su alocado presupuesto de arranque: el viaje de la reina Giovanna de Nápoles, rodeada de un séquito de poetas, para convencer a la cofradía amalfitana del papel de que le autoricen a publicar en su valioso producto un texto destinado a embaucar a un amante. Viaje que, como viene siendo habitual, saca lo mejor del autor; su ingenio, sus crueldades, su fabulación ultramoderna incluso siendo de época, que abarca desde santos que abandonan su pedestal a adivinos, soldados castizos o escritores neuróticos. Y que reposa de fondo en una inspiradísima burla al poder y al ego y una defensa de facto de la querencia por las historias del autor; la literatura sustentada a golpe de creatividad y de narración, sin fueros formales ni tradiciones estancas. Tan llamativa potencialmente para un paladar borgiano como para un espectador de Kusturica -su noción asilvestrada de la epopeya no deja de ser afín- o un estudioso del Siglo de Oro. Petrovic era un escritor de los que casan con la lectura en el campo y al mismo tiempo con los ratones de biblioteca. Sutil e impredecible. También con su desaparición; ahora, cuando todavía nos quedaba -serbios o no- tantísimo delta.

Papel con marca de agua

Autor: Goran Petrovic

Editorial: SextoPiso

Traducción: Dubravka Suznjevic

Precio: 18,90 €