Editorial Alianza

Peter Handke, el más brillante outsider literario

Un loco marginado, transgresor que se rebela contra las normas, o un cuerdo pero socialmente dócil, sin capacidad de resistir, este dilema es el que confronta Handke en su último trabajo, ‘Mi día en el otro país’, un relato genuino y genial del premio Nobel que mantiene muy alta su calidad literaria

Peter Handke

Peter Handke / L.O.

Peter Handke apareció en el mundo literario a mediados de los sesenta como una especie de Bob Dylan, un profeta provocador y descarado, pero donde sus primeros trabajos, ‘Los avispones’ o la obra teatral ‘Insulto al publico’ destilaban ya calidad y autenticidad. Desde entonces ha sido conocido como autor teatral, narrador , dietarista, reportero, y también como cineasta, todo un clásico contemporáneo de la literatura en lengua alemana. Él y, de manera especial, Thomas Bernhard, han logrado revitalizar y transformar la literatura alemana en Europa.

Luego, en 2019 llegó la concesión del Nobel. Nadie discutió sus méritos literarios pero muchos cuestionaron y denigraron que se le otorgara el premio a un hombre defensor de la causa serbia en el conflicto de los Balcanes, algo que, erróneamente, confundían con un apoyo a Slobodan Milošević, condenado por crímenes de guerra. ¿Merece o no Peter Handke el Nobel? Por supuesto, su obra tiene sin duda la calidad estética y literaria que lo hace merecedor del máximo galardón para un escritor. 

Handke recibió el apoyo de muchos escritores; otros le excolmulgaron. Así las cosas Handke, que vive recluido voluntariamente en las afueras de París, se tomó su tiempo. Volvió en 2021 con ‘La segunda espada. Una historia de mayo’ y ahora lo hace con un relato genuinamente hendkeliano : ‘Mi día enel otro país. Una historia de demonios’. Un relato que desde sus primeras líneas nos indica que nos encontramos en pleno territorio Handke.

‘Mi día en el otro país’ está plagado de referencias bíblicas y algunos ejemplos tomados del Evangelio. Hakdke conoce bien la tradición judeo cristiana heredada de su madre, una ferviente católica a la que el escritor estuvo siempre muy apegado y aunque él nunca ha ejerció de hombre religioso, las costumbres y creencias cristianas están siempre entre sus ingredientes literarios.

De manera central lo está en ‘Mi día en el otro país’. Su historia de un endemoniado, de un marginado, es extraña, pero toca un punto sensible de nuestro tiempo: la vulnerabilidad del alma, la esperanza de redención y la necesidad social de los humanos de unirse y ayudarse. El texto es rico en alusiones y estilísticamente desafiante. El alcance y el tema de la redención recuerdan a ‘Desgracia impeorable’, una de las grandes obras de Handke donde este recuerda a su madre que se suicidó en 1972.

Aquí el protagonista y narrador es un joven horticultor que recuerda, décadas después, la época en que no estaba en su sano juicio, que estaba poseído por uno o varios demonios y vivía en una tienda de campaña plantada en un viejo cementerio. Su única familia era su hermana. Los años de poseído le convirtieron a ojo de los vecinos en el engendro del mal, un malvado incurable. Si aparecía por las calles del pueblo cundía el terror y todos huían espantados. El terror no venía de su aspecto, de sus gestos o modales, sino de los insultos e injurias que soltaba. El último periodo de su estado de endemoniado, antes de que los demonios «como por milagro» le abandonaran, fue el más furioso y a la vez el más ridículo.

Mi día en el otro país. Una historia de demonios

  • Peter Handke
  • Traducción: Anna Montané Forasté
  • Editorial: Alianza
  • 106pp.
  • Precio: 15,95 €

Aparentemente la historia no parece tener un contexto histórico determinado, tampoco parece tener relación con el mundo exterior, aunque hay suficientes indicios para situarla en nuestra era moderna. La barca de los pescadores tiene motor fuera borda, aparecen coches, la televisión, antenas parabólicas, o carreteras asfaltadas , aunque luego en un retrueque mágico del lenguaje a las gafas las llama «ayudas para la visión».

Lo que le permitió despertar y regresar a su yo fueron los ojos de un hombre que junto a otros estaba sacando del agua un bote de pesca en un lago. Era el Buen Espectador que clavó su mirada profunda en él y los demonios salieron, se esfumaron en un tris. Quiso entonces quedarse con ellos, pero el Buen Espectador le dijo que no, que su misión era ir al otro país para contarle a la gente su curación. Así fue como liberado ya de sus demonios, partió hacia el otro país y se convirtió en enviado del Buen Espectador.

Pero en ese día en el otro país el ex endemoniado no cumple la tarea de informar como un «buen espectador», sino que disfruta mejor escuchando las historias de otros. Vive momentos de felicidad al verse aceptado por sus vecinos y la nueva comunidad. Aquí está su auténtica curación, cuando es aceptado por los demás como uno más. Luego volvió a su país y los años siguientes fueron años de armonía, acordes con su naturaleza.

Pero una noche soñó que regresaba a su tienda del cementerio, convertida ahora en un cobertizo con tablones del que colgaba un espejo. Al ponerse delante, el horror se apoderó de él, un extraño le miraba, sin tener parecido con él, un desconocido. El horror dio pasó a la sorpresa y luego a la confianza. Un hombre tan cansado como apacible le miraba de frente. Le recuerda que se ha convertido en un tipo social y apacible pero que ha perdido su capacidad de resistirse y que sin ella solo hay seres carentes de alma. La lección es terrible, ha recuperado la cordura, pero ha perdido la capacidad de transgredir, de rebelarse.

El texto de Handke, que conviene leer muy lentamente, vuelve a trabajar con imágenes cargadas y ambiguas, con grandes simbolismos. Por más felices que sean los momentos , en el otro país, al otro lado del lago no resuelven las contradicciones del hombre.  

La literatura de Peter Handke no es convencional, utiliza como en ‘Mi día en otro país’, realidades provocadoras, donde se mueve y escribe con placer. Lo suyo es hacer magia con el lenguaje, como la herramienta primordial por encima de la historia a contar. Es decir la palabra como clave de bóveda que ejerce de rey, frente a los súbditos de la ficción.