Obituario

Kadaré, un gigante entre pigmeos

Fallece una voz esencial contra el totalitarismo Un autor universal en la tradición de contar historias que se remonta a los tiempos de Homero

Ismail Kadaré cuando recibio el Premio Príncipe de Asturias, en 2009.

Ismail Kadaré cuando recibio el Premio Príncipe de Asturias, en 2009. / L. O.

Le falló el corazón. La muerte meses atrás de su mujer, Helena Gushi , había quebrado el espíritu de este gigante de la Literatura. Con julio recién comenzado la muerte de Ismail Kadaré cerró el camino a nuevos títulos, y abrió el portón de la gloria literaria, merecida gracias a su voz universal contra el totalitarismo.

Nació en 1936, en Girokaste, al sur de la pequeña nación mediterránea y balcánica de Albania. Estudió Filosofía en Tirana, y, después de algunas actividades como escritor, se traslada a ampliar estudios en el Instituto Gorki de Moscú, hasta que en 1960 tiene que regresar a su país, tras la ruptura de relaciones políticas de su país con la Unión Soviética. En Albania permaneció hasta poco tiempo antes de la caída del férreo régimen estalinista de Enver Hoxha, momento en que se autoexilió en París, donde residió los últimos años, aunque luego volvió a Albania donde la muerte le sorprendió en Tirana, la capital albanesa.

Este es un espacio para recordar la obra de un autor universal, su aportación genuina al mundo de la literatura. Pero es necesario recordar aquí también las difíciles condiciones que Kadaré hubo de sortear para armar su obra, en un país pequeño, aislado y tiranizado por el régimen estalinista de Enver Hoxha, donde la enorme talla intelectual y moral del escritor se agigantó aún mas.

Kadaré, que permaneció en su país hasta la víspera de los últimos estertores (en 1990) del régimen comunista fundado por Enver Hoxha, y allí publicó la parte sustancial de sus novelas y relatos, sostuvo un pulso permanente y en extremo delicado y complejo con ese poder para conseguir dar a luz la obra deslumbrante y conmovedora que hoy conocemos y que, con mucha frecuencia, se nos antoja imposible que haya sido escrita y publicada en aquellas condiciones.

En una de sus últimas entrevistas Kadaré contaba de forma excepcional lo que fue escribir bajo la dictadura de Enver Hoxha: «Hacer una literatura según las leyes universales quiere decir que esa literatura se sobrepone al miedo; bajo el miedo no se puede crear nada. ¿Qué hice yo bajo el régimen totalitario? Simplemente, hacer literatura normal en un país anormal; eso ya es mucho».

Todo esto nos permite vislumbrar con realismo la magnitud de la obra de Ismail Kadaré, sus condiciones para crear una obra de proporciones universales en un «país anormal».

La obra de Ismail Kadaré supo recuperar y renovar la narrativa albanesa muy rica en tradiciones orales, en cuentos populares, en tradiciones propias de pueblos muy hechos a sí mismos y le imprimió el sello de su talento personal, aplicando las innovaciones de la literatura y especialmente la europea.

La obra de Kadaré sorprende siempre por su sencillez literaria, por su escritura limpia y sin circunloquios. Kadaré narra los sentimientos humanos: la envidia, el amor, el temor, los celos o los avatares cotidianos con una simplicidad que forma parte de su lucidez artística. Pero además Kadaré, por las circunstancias del régimen político que lo vigilaba, ha logrado hacer de la metáfora y del simbolismo las claves literarias para sortear el universo estalinista. Y esto ha engrandecido su literatura, unido a que sus textos parten de la realidad más cotidiana de su pueblo y de sus vecinos, alimentado por el conocimiento que de la gran literatura clásica tiene.

Su espacio literario es tan universal como profundo pues se alimenta de su noble conocimiento que tenía de la mitología griega, su concepción de que dicha mitología es la gran maestra que explica los pasos del hombre sobra la tierra; su otra gran influencia literaria fue Shakespeare. Con todo ello su universo literario se arma siempre sobre hechos concretos de la historia nacional, desde antiguos mitos, costumbres tradicionales y creencias intemporales a la minuciosa opresión cotidiana del régimen de Hoxha o las transformaciones producidas en la sociedad del siglo XXI .

Su primera novela ‘El general del ejército muerto’, que cuenta la historia de dos militares italianos comisionados para devolver a su patria los restos de los soldados enterrados en Albania durante la Segunda Guerra Mundial, era ya muy significativa sobre la enorme talla de escritor de Kadaré. Vinieron después ‘El monstruo’, ‘Los tambores de la lluvia’, la excepcional ‘Crónica de la ciudad de piedra’ ‘El nicho de la vergüenza’, ‘Abril quebrado’,‘ El crepúsculo de los dioses de la estepa’, ‘El palacio de los sueños’, ‘El cerco’ y otras que conforman su quehacer literario de alrededor de 80 novelas, obras de teatro, guiones, poesía, ensayos y colecciones de cuentos que le valieron, entre otros, el Premio Booker Internacional en 2005 y en 2009 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que vinieron a corroborar y revalidar el reconocimiento internacional que su obra obtuvo, con todo merecimiento, en los últimos años.

Su último trabajo conocido es ‘Tres minutos. Sobre el misterio de la llamada de Stalin a Pasternak’, donde Kadaré convierte en una novela fascinante las diferentes versiones de aquella legendaria llamada que Stalin realizó a Boris Pasternak, a propósito de la detención del poeta Osip Mandelstam en 1934.

La obra literaria de Kadaré está ya reconocida como una de las grandes empresas narrativas contemporáneas en Europa y el mundo. Y en España, pues pese a los inicios en que fue ignorado, allá por los años sesenta, el tiempo hizo su trabajo y el escritor albanés fue adquiriendo el reconocimiento que merecía y la concesión del Premio Príncipe de Asturias supuso la prueba que lo confirmaba.

«La dictadura y la verdadera literatura sólo pueden cohabitar de una forma: devorándose día y noche una a otra», afirmó Kadaré al exiliarse en Francia. Ahora el tiempo, la muerte ha devorado al hombre, ha cortado el lazo físico que le unía al resto de los hombres, pero ha sellado y atado para siempre el lazo que le une a esos otros grandes como Balzac, Flaubert o Cervantes.