Poesía
Regreso a la Ítaca de Derek Walcott
Anagrama recupera el libro más ambicioso del Nobel de Santa Lucía; la Ilíada y Homero trasplantados a una epopeya caribeña que se convirtió en un clásico y que sigue asombrando por su exuberancia verbal

Derek Walcott, en una imagen de archivo / EFE
Es fácil desaparecer. Con o sin intermediación de la propia voluntad, que es, como todo el mundo sabe, un magma habitualmente manoseado y voluble que tiene poco que hacer -por más que se obstinen en las consultas y en Youtube- frente a circunstancias más tercas y formales. Por ejemplo: todo lo que no se controla. Incluido el tantas veces colapsado como cíclicamente deslucido mercado editorial. La esperanza de vida de un poeta -en tanto que poeta, que no estamos para mayores ambiciones metafísicas- suele ser de una brevedad tan sólo superada -y sin que haya muchas veces solución de continuidad- por la de sus títulos más conocidos, que, a excepción de dos o tres volúmenes por generación, apenas aguantan el tipo sin desfondarse, en el mejor de los casos, y caer para siempre en el socorrido ‘greatest hits’ de las antologías. Esto, qué duda cabe, tiene mucho que ver con la manera en la que leemos poesía, pero también en la dificultad de mantener el pulso y concebir un libro de poemas que sea algo más que una suma más o menos coherente de versos; un texto que funcione como un transatlántico, con su unidad de sentido arquitectónico y su carácter propio y diferenciado incluso dentro de la signatura de un autor.
A lo largo de un siglo son pocos los poemarios que resisten esa tensión. Y aunque se podría establecer un canon -inevitablemente subjetivo, qué quieren de mí- no se trata tanto de jerarquía y de pulsiones personales que de la sensación -puede que también provechosa- de estar frente a un objeto -que en su ambición y acabado- acredita una dimensión de más. A poetas como T.S Eliot, Baudelaire o Whitman no le habría hecho falta mucho más que escribir ‘La tierra baldía’, ‘Las flores del mal’ u ‘Hojas de hierba’ para merecer el elogio encendido de sus coetáneos y de los lectores que vinieron después, que tuvieron la intuición de enfrentarse a textos que casi parecían vivir y expirar en sí mismos, arrastrando a su paso, con impulso de cometa, toda la tradición anterior y la que estaba por llegar. Algo que no sólo tiene su gracia filológica, sino que eleva la lectura y el género por encima de las costuras de su insobornable potencial. Encontrarse un libro así es una providencia enormemente inusual en este y en todos los tiempos. Y que se vuelva a editar toda una bendición. Especialmente, cuando viene de latitudes tan exóticas para un lector español como la caribeña Santa Lucía, tierra que es el norte de acaso uno de los poemarios más originales y vigorosos de los últimos treinta años: el recientemente recuperado por Anagrama ‘Omeros’, de Derek Walcott.
Publicado en primera instancia en 1990, y traducido al español por el mexicano José Luis Rivas, ‘Omeros’ es para muchos la obra cimera del escritor de Castries y el motivo, en tanto que clásico instantáneo, del Nobel otorgado por la academia sueca tan sólo dos años después de su aparición. Pocas veces el olfato del jurado y de la crítica ha estado tan atinado. Y más frente a un poemario tan sorprendente e inasible. Un poema épico que, al igual que el Ulises de Joyce, parte de la escritura y los mitos de Homero para alzarse en una epopeya nacional e íntima, con la tradición universal de Grecia trasladada a la realidad de Santa Lucía y discursos de fondo que abordan la vuelta a casa, pero también la esclavitud y el presente liminar de un país atrapado en su pasado colonial y en la prodigalidad de culturas que aceleraron su gestación. Una isla que cambió de manos hasta catorce veces, en la que Aquiles y Héctor son pescadores y Helena una esclava y una metáfora telúrica. Y que explica, en sus idas y venidas, buena parte de la fuerza poética de su autor; dramaturgo y artista además de poeta -la portada elegida por Anagrama representa, de facto una de sus acuarelas- con antecedentes africanos y británicos, capaz de atesorar una formación vanguardista y enciclopédica -magisterio en Boston incluido- y a la vez de conservar el aliento selvático de la tierra en la que vivió su infancia. Lugar que acaso sea el gran protagonista de ‘Omeros’, de sus huidas y promisiones entre continentes y de personajes como el alter ego del propio Walcott, que ejerce en la trama de aprendiz de brujo en plena búsqueda de sus raíces.
A pesar de su complejidad estética y narrativa, ‘Omeros’, que sigue conservando su capacidad de impacto, inspira una lectura volcánica y arrebatada, fruto del apabullante dominio de registros de Walcott, hábil, como escritor de teatro, en la construcción de personajes y situaciones, y sobresaliente en cuanto a las posibilidades del verso, al que consigna sin perder eficacia cinegética a una notable exigencia y altura en términos de plasticidad; hasta el punto de que sus estrofas admiten al mismo tiempo progresión y retorno; lo primero por la audacia del encaje en el desarrollo de la obra y lo segundo por la belleza de sus imágenes, por momentos, desgarradoras, a ratos cómicas y casi siempre de enorme sensualidad.
Con personajes como el oficial Major Plunkett, el ciego Seven Seas -trasunto de Homero- o la propia Helena, que es también la isla, Walcott construye un universo en el que abunda el movimiento, la aventura y el pathos a la caribeña; abarcando un destino que, como sus influencias, se cuela por Europa y América y acaba por absorber todo tipo de mapas. Y, en especial, el de orden semántico en una tierra que es, al fin y al cabo, y más con Homero como guía, todas a la vez. Santa Lucía se convierte en el orbe y los personajes de Walcott en nosotros mismos. El trópico universal que también pesaba en Saint John-Perse y su deliciosa ‘Anábasis’. Y que va creciendo con rumores marítimos en círculos que expanden la historia y su variedad tonal. ‘Omeros’ es un texto, si me admiten la sugerencia, que nos obliga a volver y a encallar y en el que Walcott extrema su apego hacia aquello -probablemente de orden lírico- que llamaba insularización. Una isla para portar y llevar con nosotros y un libro en el que poder hacer de isla. Dispuestos todavía a mutar y perdurar.

Omeros
Autor: Derek Walcott
Editorial: Anagrama
Traducción:José Luis Rivas
Páginas: 456
Precio: 26,00 €
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