Autora consagrada
Matute: su asombrosa mirada al mundo
La escritura fue su pasión de vivir. Fue una de las grandes escritoras gracias a que siempre conservó el espíritu y la visión con que los niños miran con asombro al mundo

Ana María Matute. / l.o.
«Sin escribir no soy nada», sentenciaba Ana María Matute al recoger el Premio Cervantes en 2011. Todo un testimonio de lo que fue su pasión de vivir. Matute había aprendido la primera y gran lección del narrador, del contador de historias, del escritor: la aventura de escribir es la de inventar, sin inventar, sin fabular, no se vive, no se crea. Además Ana María Matute fue grande entre las grandes escritoras españolas gracias a que siempre, de niña hasta su vejez, conservó el espíritu y la visión con que los niños miran con asombro al mundo.
Cuando Ana María Matute tenía cuatro años su padre le trajo un muñeco de Londres que los ingleses llamaban Golliwogg y Ana María en su lengua de trapo bautizó como Gorogó. Tenía la cara redonda y negra y vestía chaqué. Gorogó y Ana María pasaron juntos toda la vida. Ella lo llevaba a todas parte, era su amigo, el que nunca le traicionó. Gorogó tenía, como ella, el mismo asombro ante el mundo. Así era el mundo interior de Ana María Matute que siempre se rigió con el espíritu de una larga infancia que, como Wendy, mantuvo hasta el final.
Primera etapa
La primera etapa de la obra de Matute, hasta su depresión a principios de los setenta, que la tuvo veinte años sin escribir, está marcada por un realismo trufado de fantasía. Ahí están ‘Pequeño teatro’, ‘Los Abel’, ‘Primera memoria’ o ‘Los hijos muertos’. Pero tras superar la depresión y volver a escribir, su narrativa da un giro de timón y se centra del todo en la fantasía, aunque ella la llamaba literatura mágica, dejando al realismo como un invitado menor. De esta segunda etapa salieron novelas magistrales como ‘Olvidado rey Gudú’, ‘Aranmanoth’ o ‘Paraíso inhabitado’. Antes y después, su obra fue siempre una denuncia y una crítica feroz a la hipocresía social reinante, a la injusticia y deshumanización del mundo, y apelaba siempre a una moral natural que combata esas desigualdades. Por eso sus obras tienen un sello de crudeza y salvaje.
Lo pasó muy mal con su primer marido Ramón Eugenio de Goicoechea, un vividor. Con él vivió los peores años de su vida. No trabajaba, llenó el matrimonio de deudas y de precariedad total. Para sobrevivir ella y su hijo, que nació en el 56, escribía cuentos semana les para la revista Garbo. Se separó en 1963 y por ley perdió la custodia de su hijo, que recuperó pocos años después. Luego se casó con el gran amor de su vida, Julio Brocard ‘El Bueno’.
Reconocimiento
En los años siguientes tras los veinte años en blanco, terminó de recoger los frutos de su extraordinaria carrera literaria con el Premio Planeta en 1954, por ‘Pequeño Teatro’; el Nadal en 1959 por ‘Primera Memoria’; el Premio Nacional de las Letras Españolas, y finalmente el Premio Cervantes en 2010 como merecida culminación a toda su obra. Lo mereció, según dijo el jurado, por una obra extensa y fecunda que se mueve entre el realismo y «la proyección a lo fantástico» y por poseer «un mundo y un lenguaje propios». También desde 1996 era miembro de la Real Academia Española de la Lengua.
Nos legó toda una gran historia el testimonio de una autora consagrada al oficio de narrar y contar historias, bellas historias, que ahora, ya sin Ana María desde hace diez años, no tenemos quien nos cuente, al menos como ella las contaba.
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