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Centenario

Ángel González: el latido abrasador de la palabra

Tras los cien años del nacimiento del poeta que ahora se cumplen, es necesario, diría que imprescindible recordar su obra, su palabra luminosa

Ángel González.

Ángel González. / l.o.

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José Antonio Santano

José Antonio Santano

Dejó escrito el poeta chileno Gonzalo Rojas, en su discurso de recepción del Premio de Poesía y Ensayo Octavio Paz y publicado en su libro ‘Todavía’ (Obra en prosa): «Alumbrado de mí, doy un salto hacia atrás y entro por un instante en el destello de la infancia. Lo que de veras amas no te será arrebatado. Voy corriendo en el viento de mi niñez en ese Lebu tormentoso y oigo, tan claro, la palabra «relámpago». «Relámpago, relámpago». Y voy volando en ella, y hasta me enciendo en ella todavía. Las toco, las huelo, las beso a las palabras, las descubro y son mías desde los seis y los siete años; mías como esa veta de carbón que resplandece viva en el patio de mi casa. Es el año 25 y recién aprendo a leer. Tarde, muy tarde. Tres meses veloces en el río del silabario. Pero las palabras arden: se me aparecen con un sonido más allá de todo sentido, con un fulgor y hasta con un peso especialísimo. ¿Me atreveré a pensar que en ese juego se me reveló, ya entonces, lo oscuro y germinante, el largo parentesco entre las cosas?» Celebramos hoy, cien años después de aquel año 25, recién aprendido a leer ese otro gran poeta chileno Gonzalo Rojas, y para siempre, nunca olvido, la palabra de otro poeta, asturiano de Oviedo, Ángel González: «Para que yo me llame Ángel González, / para que mi ser pese sobre el suelo, / fue necesario un ancho espacio / y un largo tiempo: / hombres de todo mar y toda tierra, / fértiles vientres de mujer, y cuerpos / y más cuerpos, fundiéndose incesantes en otro cuerpo nuevo. (…) yo no soy más que el resultado, el fruto, / lo que queda, podrido, entre los restos; / esto que veis aquí, / tan sólo esto: / un escombro tenaz, que se resiste / a su ruina, que lucha contra el viento, / que avanza por caminos que no llevan / a ningún sitio. El éxito / de todos los fracasos. La enloquecida / fuerza del desaliento…». Con este gran poema, perteneciente a su primer libro ‘Áspero mundo’ abre Seix Barral la edición de la obra completa (1956-2001) de Ángel González, bajo el título ‘Palabra sobre palabra’.

Tras los cien años del nacimiento del poeta Ángel González que ahora se cumplen, es necesario, diría que imprescindible recordar su obra, su palabra luminosa -fulgor en el tiempo-, precisa y trascendente. La identidad se desdobla en su condición de poeta y también de hombre, y bajo una creencia sola, así lo atestigua su viuda Susana Rivera en el prólogo del libro ‘Donde la vida se doblega, nunca’, editado por Valparaíso, cuando escribe: «Ángel González creía firmemente que la poesía podía transformar el mundo… [La poesía que lo apasionaba y que cambió su mundo era la que vierte su luz dentro de las fronteras del reino de los hombres, humilde y menesteroso pero no exento de grandeza y de misterio; poesía que lo ilumina, anuncia y denuncia, afirma y cuestiona; palabra que no silencia la realidad, que no la margina en los espacios blancos de la escritura; palabra cargada de razón, de emoción y de conocimiento, de vida y de experiencia: fe de vida (González, La poesía, 474]». Muestra de esta inquietud y consecuencia de su manera de entender el mundo a través de la palabra, la palabra amor para más señas, selecciona Susana Rivera en el libro anteriormente citado, el siguiente fragmento del poema ‘Palabra sobre palabra’: «La palabra fue dicha siempre. / Para todos, también. / Yo la recojo, / la elijo entre otras muchas, / la empaño con mi aliento / y la lanzo, / pájaro o piedra, / de nuevo al aire, / al sol, / hoy…». La esencia poética de Ángel González se hace aire y luz entre las cosas sencillas, en todo el territorio de la cotidianidad; ahí germina y trasciende la palabra pura y transparente, desde el misterio y el abismo del vacío hasta la nueva realidad creada, en silencio, bajo el palio de las estrellas que alumbran su camino y lo transfiguran, pasado todo por el tamiz de la experiencia y la emoción vivida. Como ejemplo volvemos a la antología poética preparada por Susana Rivera, concretamente al poema ‘Caída’, perteneciente al libro ‘Nada grave’: «Y me vuelvo a caer desde mí mismo / al vacío, / a la nada. / ¡Qué pirueta! / ¿Desciendo o vuelo? / No lo sé. / Recibo / el golpe de rigor, y me incorporo. / Me toco para ver si hubo gran daño, / mas no me encuentro. / Mi cuerpo ¿dónde está? / Me duele sólo el alma. / Nada grave».

La poética de Ángel González tiene mucho que ver con su condición de hombre, con el «ser» en su expresión ontológica más profunda, consecuencia de una experiencia vital y una mirada que abarca lo oculto más allá del horizonte, para lo cual se adentra en el laberíntico territorio del lenguaje con precisión de orfebre. Su aval es la palabra escuchada o escrita, dicha en el fragor de lo cotidiano, de eso que acontece en el devenir de los días y las noches, en su propio silencio y soledad, aromado siempre por las esencias del mar y de la tierra en un tiempo sin regreso: «Yo lo noto: cómo me voy volviendo / menos cierto, confuso, / disolviéndome en aire / cotidiano, burdo / jirón de mí, deshilachado / y roto por los puños. / Yo comprendo: he vivido / un año más, y eso es muy duro. / ¡Mover el corazón todos los días / casi cien veces por minuto! / Para vivir un año es necesario / morirse muchas veces mucho». No hay mejor manera de celebrar este centenario del nacimiento de Ángel González que no sea con su palabra, siempre viva, alerta a los acontecimientos, unas veces irónica, otras nostálgica, pero a fin de cuentas pensada y sentida, afrontando la realidad y trascendiéndola con su verso impoluto, rebelde y luminoso..

Ángel González nos propone su propia lectura del libro ‘Poemas’, editado por Cátedra en 1980. Y así escribe: «…yo no voy a privarme de proponer -insisto: sin arrogancia, sabiendo de antemano que puedo equivocarme- una lectura de mi propia poesía, precisamente sobre la base de esos dos elementos que algunos críticos contemplan con tan notorio desprecio: las intenciones que me movieron a escribir, y la situación en la que la escritura se produjo». De forma general -añade el poeta- «…el tema del paso del tiempo y la expresión del sentimiento erótico-amoroso ocupan más espacio que los poemas que pueden caer dentro de la vertiente crítico-social». Este es el sentido del propio Ángel González respecto a su poesía y así podría resumirse en este poema seleccionado por su autor en ‘Poemas’, ‘Glosa a Heráclito’ (Interpretación del pesimista): «Nada es lo mismo, nada / permanece. / Menos / la Historia y la morcilla de mi tierra: / se hacen las dos con sangre, se repiten». Como bien dice su viuda, Susana Rivera, en el prólogo al libro ‘Donde la vida se doblega, nunca’: «Ángel creía que la poesía debía reflejar la experiencia vital, su propia experiencia que él supo trascender hasta abarcar una experiencia colectiva, abogaba por una poesía donde el hombre pudiera ver «su propio rostro», y así cumplió el compromiso consigo mismo y con sus lectores.

Leer y releer la obra, sea en el centenario de su nacimiento, o en cualquier otro momento, es la mejor celebración, el más merecido homenaje a quien fuera uno de los poetas más destacados de la poesía española contemporánea y digno representante de la generación del 50: Ángel González, el poeta «férreamente comprometido con la belleza; que nunca se rindió ante modas literarias o corrientes estéticas al uso, que se mantuvo siempre fiel al concepto de la poesía como expresión artística que nace en torno a la palabra».

Palabra sobre palabra

Autor: Ángel González

Editorial: Seix Barral

Páginas: 512 pp.

Precio: 19,00 €

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