Novela
Ariana Harwiczy: la escritura desencadenada
Anagrama celebra el estreno en Cannes de ‘Die, my love’ con la reedición de la novela que la inspiró y que supuso la presentación de la autora argentina; un texto salvaje, eléctrico, letal, incontenible

Ariana Harwicz / Virginia Guzman
A veces el cine, con todo su corpachón de industria, cede a movimientos incomprensibles. Se diría incluso que espontáneos, cuando no amaestrados en su aparente golpe de timón por alguna de esas fintas entre productores que en realidad tienen mucho más que ver con los negociados de Beverly Hills que con la suficiencia artística. Que Martin Scorsese se decidiera a comprar los derechos de las novelas de Ariana Harwicz podría parecer para el lector apresurado un acto de coherencia; al fin y al cabo, la escritora argentina procede en cierta medida del mundo del guion y cuenta con varios éxitos en sus incursiones teatrales. Sin embargo, para quien se haya sumergido a conciencia en sus libros, no deja de ser representar una excepción formidable. Entre otras cosas, porque Ariana Harwicz no es Agatha Christie. Y porque a priori - y por mucho que la primera de las cintas, ‘Die, my love’, se haya estrenado en Cannes con una directora más que aseada como Lynne Ramsay y protagonismo para Jennifer Lawrence-, la pregunta sigue martillando el aire; el cómo diablos lo habrán hecho. Sobre todo, porque llevar al cine la literatura de Harwicz suena tan complicado como trasvasar al apaño del cocido la poesía de Juan de Yepes o confeccionar una gorra de diseño a partir de las variaciones Goldberg.

Ariana Harwicz y la escritura desencadenada
La industria, no obstante, nos tiene acostumbrados a estos saltos mortales. Hollywood es tanto y puede que aún más la fábrica de los sueños como la de los horrores y son muchos los textos de culto que han acabado asomando a toda mecha por la pantalla sin que sus responsables hayan dado muestras de haberse enterado de nada. Lo de Harwicz podría ser, en este sentido, una genialidad o una ofensa, si bien, y pese a la complejidad, resulta difícil de creer en esta última opción si se repara en el control que ejerce la autora con los proyectos y montajes que circulan de sus obras. El resultado se podrá ver en noviembre, pero de momento, y más allá de la ambición rayana a la osadía del interés de Scorsese, nos ha traído varios dones aparejados. El más importante, sin duda, la reedición por parte de Anagrama de ‘Matate, amor’, la novela que inspira la película y que el sello publicó en primera instancia en una trilogía con los tres primeros libros de la autora después de que fuera introducida en el país (2012) por Lengua de Trapo.
Aquí, sin que sirva de precedente, sobran las calificaciones. Basta con el más rudimentario de los hipervínculos: prescindir de la nueva portada con el fotograma de Jennifer Lawrence y leer al azar cualquier página para comprobar el más que presumible desajuste que pueda arrastrar la película respecto a la novela. Y no porque la historia de ‘Matame, amor’ carezca precisamente de atributos cinematográficos -quizá más en manos de un Lars Von Trier que en alguien como Ramsay-, sino porque la escritura de Ariana Harwicz – o su antiescritura, como le gusta señalar- mantiene un pulso constante consigo misma que sólo se justifica en la propia escritura. O, dicho de otro modo, que es indiscutiblemente -y so pena de mutilación- la verdadera historia del libro y su inimitable protagonista. Cuenta la autora -de desordenada y apabullante formación- que no pensó en dedicarse a la literatura hasta pasado los treinta años y a esa edad ya se sabe: o se hacen tarjetas de felicitación de cumpleaños y novelas de circunstancias, que no deja de ser lo mismo, o se escribe directamente a cañonazos contra todo y con todo, que es a lo que se dedica Ariana Harwicz. Para los no iniciados piensen en un Bernhard sin los excesos reiterativos de su fraseo, en la música eléctrica y entrecortada de Agota Kristof, Tavares o Jaeggy con el atrevimiento a tumba abierta de Angélica Liddell, en una suerte de misa jonda mezclada con punk que acabara con el oficiante con las vísceras hacia afuera. Básicamente un espectáculo poético. Con todo lo que eso implica; también a la hora de desembarazarse de las convenciones y hasta de las propias influencias.
‘Matate, amor’ es un libro que quema. Un texto que apenas necesita una casa en el bosque, la presencia acaso metafórica de un ciervo, un matrimonio destruido y un bebé para convertirse en una bomba de racimo; en una brutal y desgarradora epopeya sobre la propia conciencia. Con una valentía y una falta de conformismo que es muy de agradecer en estos tiempos tan faltones y a la vez tan tibios, en la medida que pone el dedo en la herida de lo políticamente correcto y en discursos como el peso del imaginario canónico de la maternidad y de la iconografía de la buena madre; el desamparo y la soledad de la mujer, la locura, la crueldad o la culpa. Sin necesidad de absolver ni condenar a sus personajes, a esa volcánica voz narradora que conduce el libro, Harwicz, a ratos con humor, en otros incluso con sadismo y belleza, explora con una prosa ácrata y vorazmente poética sentimientos telúricos y salvajes; desde la autodestrucción al deseo animal, la insatisfacción o el miedo, enfrentándonos con eficacia a una verdad universal de la que no queremos acusar recibo: la fragilidad no sólo de todo lo que da apariencia de estabilidad a nuestras vidas; la escandalosa cercanía con la sordidez, con el desastre. ‘Matate, amor’ tiene el poso de un puñetazo lúcido de frescura; un texto impactante que, con permiso de Scorsese, convierte en comparación al cine en poco menos que un remedo domesticado para todas las sensibilidades.

Matate, amor
Autora: Ariana Harwicz
Editorial: Anagrama
Páginas: 152
Precio: 18,90 €
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