Biografía
Cesare Pavese, el difícil oficio de vivir
Novelista, poeta, dramaturgo, ensayista, crítico, filósofo ocasional... su leyenda se va ampliando con el tiempo

Cesare Pavese / l.o.
Miguel Ángel González
«Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, esta muerte que nos acompaña desde el alba a la noche, insomne, sorda, como un viejo remordimiento o un absurdo defecto». De la carta de Pavese a Constance Dowling.
Volver a leer a Cesare Pavese (1908-1950) me inquieta. Es uno más en la desconcertante relación de escritores que se quitaron la vida. Reviso la biografía de los autores comentados aquí y son ya demasiados suicidios: Yukio Mishima, Sylvia Plath, Emilio Salgari, Stefan Zweig, Virginia Wolf, Ernest Hemingway, Walter Benjamín… Y otros, como Holderlin, Nietzsche, Proust y Kafka, acabaron locos. ¿Es escribir un oficio de riesgo? ¿Tiene explicación esta autodestrucción que se repite en escritores y poetas? No lo sé. Volveré sobre ello otro día.
Hoy prefiero hablarles de Cesare Pavese, un autor que según pasa el tiempo amplía su leyenda. De él sólo conocía ‘La playa’ y el ‘Bello verano’, pero leer ahora ‘El oficio de vivir’ me deja alterado. Es un texto lúcido y punzante, un dietario impar en la literatura europea que nos descubre con terror la veleidad de la existencia y la perplejidad frente a una vida que no hemos pedido. Con una soberbia escritura y la virtud de los clásicos, Pavese convierte su lugar en cualquier lugar, sus vivencias en nuestras vivencias, la anécdota en categoría, lo íntimo en universal.
Novelista, poeta, dramaturgo, ensayista, crítico, filósofo ocasional, cofundador de la famosa editorial Einaudi, traductor de autores de la talla de Hesiodo, Melville, Dickens y Joyce, Pavese es una de las plumas privilegiadas del siglo XX que, a pesar de que sólo vive 42 años, nos deja, además de su prodigioso Diario, una obra bellísima, prolífica y honda: ‘De tu tierra’, ‘La playa’, ‘Feria de agosto’, ‘Diálogos con Leuco’, ‘Trabajar cansa’, ‘La casa en la colina’, ‘El bello verano’, etc.
Pavese mantiene una imparable actividad cultural, humanística y comprometida que le cuesta la marginación y el confinamiento. Sus escritos antifascistas le llevan a la cárcel en 1935 y su vida, en la que no faltan fracasos amorosos, se le pone cuesta arriba. Vive tiempos convulsos, el fascismo, la Guerra Civil española con protagonismo italiano, la Segunda Guerra Mundial, el exterminio judío, la caída de Mussolini colgado por los pies y boca abajo en una gasolinera de Milán, la invasión aliada y la escandalosa huída de no pocos gerifaltes nazis que se van de rositas. En un mundo que se destruye con saña, un Pavese desengañado prefiere centrarse en su mundo interior que vuelca en un dietario espiritual, reflexivo y radicalmente crítico. Deja dicho que no se publique hasta después de su muerte.
Siendo, como comenta Susan Sontag, «uno de los pocos autores esenciales de la primera mitad del siglo XX», hoy, inexplicablemente, es un autor prácticamente desconocido a pie de calle. En Barcelona, donde vivo, he tenido la peregrina ocurrencia de preguntar por algunos de sus títulos en las principales librerías y constato que es un escritor que casi nadie reclama.
Sus amigos decían que era un hombre tímido, retraído, huidizo, triste y atormentado, que luchaba contra la soledad y el desconcierto frente a preguntas que no tienen respuesta. Su ironía poética y su melancolía me hacen pensar en Cioran y Leopardi, en el Zaratustra de Nietzsche y en el ‘El sentimiento trágico de la vida’ de Unamuno. Lo que tenemos en ‘El oficio de vivir’ es un brutal desnudamiento, su desengaño frente a una vida impuesta en la que el dolor no sirve para nada, una vida en la que, por los momentos de felicidad, siempre efímeros, pagamos un altísimo precio. Un Pavese camusiano nos dice que «sólo cabe vivir en un continuo comenzar desde una esperanza desesperanzada, bajo la espada de Damocles, entre el deseo y la autodestrucción». A ojos de Pavese, la vida es un disparate, una mala jugada, una condena incomprensible que adornamos con pasatiempos para olvidar la vacuidad del existir, para no pensar en una historia, la nuestra, que siempre acaba mal. Pavese nos interpela revelador, tónico y estimulante, pero no es divertido. Por lo que dice y por cómo lo dice, puede ser incluso peligroso. Pavese nos habla de desengaños, desamparo, soledad, vejez y muerte. Nos habla del enigma que esconde la condición humana y leerle, conviene decirlo, es una experiencia de alto voltaje emocional que en ningún caso nos deja indiferentes.
Pavese anuncia su final en ‘El oficio de vivir’. Confiesa que le da miedo la muerte, pero que siendo inevitable, cabe preguntarse si, en vez de dejarse morir, no será mejor buscar una muerte voluntaria que sea una afirmación, un acto de razón que exprese con radicalidad la propia libertad. «En otro caso, -comenta-, llegará la muerte natural, irracional, contra nuestra voluntad, y habremos perdido la gran ocasión de manifestarnos dueños de nuestro destino». Su diario tiene un tremendo final. El 18 de agosto de 1950 se pregunta por qué morir: «Nunca he estado tan vivo como ahora. En diez años lo he hecho todo, pero ¿qué he conseguido? Nada. A mi mejor triunfo le falta carne, le falta sangre, le falta vida. No tengo nada que desear en este mundo. Éste es el balance del año que no acabaré. Siempre, al final, sucede lo más secretamente temido. Basta un poco de valor. Cuando más preciso y determinante es el dolor, más se debate el instinto de vivir y se debilita la idea del suicidio. Parecía fácil pensarlo y, sin embargo, hay mujercitas que lo han hecho. Hace falta humildad, no orgullo. Todo esto da asco. No valen las palabras. Sólo un gesto. No escribiré más». Así cierra Pavese su diario. Nueve días después, el 27 de agosto, se quita la vida con una ingesta masiva de somníferos en la habitación 346 del Hotel Roma de Turín. Deja una brevísima nota en la que mantiene su fría ironía hasta el último momento: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Estamos de acuerdo? No chismorreen demasiado.
(Caso de que decidan hincarle el diente, tienen una magnífica edición íntegra y definitiva de ‘El oficio de vivir’ en Seix Barral’, Biblioteca Formentor, basada en el manuscrito autógrafo del autor, con traducción de Ángel Crespo y una estupenda introducción de Natalia Ginzburg, compañera de ruta de Pavese, de quien nos dejó su emotivo ‘Ritratto d’un amico’).
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