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El Parnaso

Ángel Guinda: perseguir la luz de lo profundo

Ángel Guinda

Ángel Guinda / L. O.

José Antonio Santano

José Antonio Santano

Nuestro Nobel, andaluz universal y poeta Juan Ramón Jiménez nos decía en uno de sus poemas: «¡Crearme, recrearme, vaciarme, hasta / que el que se vaya muerto, de mí, un día / a la tierra, no sea yo…». Crear y crearse, para sí y para el mundo, hacerlo desde la poesía como pura esencia del espíritu. Así, también, la escritora cordobesa, de Zuheros, Remedios Zafra, en su libro ‘El informe’, escribe: «A diferencia de ese hacer que me hunde, la poesía me ha salvado de incontables caídas y casi abandonos [..] Hay ocasiones en que la poesía habita la escena marginal que solo percibe quien se detiene a mirar de otras maneras. Pero también la poesía como obra cincelada por la inteligencia sensible, la más humana, nace materializada en palabras y los poetas nos la ofrecen como el gran regalo. «Inútiles» llaman los insensatos a los poetas, ignorantes de que la poesía puede serlo todo». Un regalo de incalculable valor es la poesía de Ángel Guinda (Zaragoza, 1948-Madrid, 2022), editada recientemente por “Olifante” bajo el título: ‘Vida ávida. Poesía reunida 1970-2022’. En esta magnífica edición hallaremos la poética existencial del poeta aragonés que, desde sus inicios hasta su muerte, ocupa, sin duda alguna, un lugar de preeminencia en el panorama de la poesía contemporánea española. ‘Poesía’ es, precisamente, el poema que abre ‘Vida ávida’, correspondiente a su obra ‘Acechante silencio’: «Yo empecé a andar por las nubes / como pájaro sin alas. Quise la paz, quise el día, / el aire, la tierra, el agua. […] Poesía, poesía, / realidad que no me engaña». Recientemente, J. Benito Fernández nos obsequiaba con ‘Las claves de lo oscuro’, la biografía del poeta aragonés, en la cual dibujaba certera y detalladamente vida y obra, y que podríamos resumir con las propias palabras del poeta: «Escribo para no morir; sin embargo, me quito la vida en lo que escribo». ‘Vida ávida’ es la prueba fehaciente de lo dicho. En este volumen el lector encontrará al hombre y al poeta, inseparables.

Perseguir la luz de lo profundo fue siempre su principal objetivo, garantía de un recorrido y una mirada siempre atenta a cuanto sucedía a su alrededor, pero también de todo lo mistérico, del asombro al que se sometía siempre con delectación para encontrar el alma de todas las cosas.

El lector comprenderá que tras una obra tan ingente como lo es la de Ángel Guinda, acotada en este volumen, difícil es no caer en la tentación de abrirla al mundo en su totalidad, pero lamentablemente la extensión de este comentario está limitada. No obstante, transitaremos por algunos de sus páginas, de sus poemas, para ofrecer al lector lo más sugerente de su poesía, las claves de su pensamiento hondo y luminoso («Luz alud»), humanístico («Reventado de amar al ser humano…»), como la vida en sí misma: «Me he castigado tanto el cuerpo, el alma, / que tengo ganas de regresar al campo / a ver amanecer; escuchar / el agua del deshielo rodar por la montaña; colmarme de la paz de los senderos, del canto de los pájaros e insectos, / de la brisa que estremece las manos de los árboles; tropezar con las piedra al contemplar las nubes. / Sentir que, sin saberlo, / estuve tanto tiempo vivo, y aún lo estoy». Respecto a los temas esenciales de la poética de Guinda habría que decir que son fundamentalmente dos: el amor («Si arde la oscuridad, si las águilas caen / al suelo como un bulto, si el sol se apaga, / si el abrazo sucumbe bajo un golpe de espanto, / si agonizo de ti, ven y mátame, amor») y la muerte («Cuando me veas dormido / en la fotografía, dentro del ataúd, / tal vez querrás traducir el silencio. / No existe diccionario de silencios, / pero existen diccionarios de recuerdos»), si bien hallamos otros transversales como el miedo («Tengo miedo. // A las apariciones, / a desaparecer, / y a la voz de los muertos»), la escritura («Escribir el poema / es sembrar el relámpago, / traducir el silencio, / atropellar la luz. / Ser poema es ser nada / si no hace vida en nadie»), el tiempo («El tiempo es un tabique invisible. // Se vuelve espejo a quien intenta derribarlo»), la política («¡No soy de este país que llamo Extraña1 […] Yo no daré mi vida por España; sí por una palabra, una cópula a muerte, / una botella del mejor vino de la peor uva / pisada por los pies más oprimidos. / Porque un país que mata a sus poetas / no merece vivir. ¡España!»), la soledad («¡Qué soledad sin ti estar conmigo. / Como el son sin los mundos que ilumina. ¡Qué soledad más sola estar sin mí!»), el odio o el dolor («Decidme. ¿de qué forma / arrinconar la rabia, / recluir la miseria, / la soledad, el odio, / reciclar el dolor?»), la religión («No creo en Dios // Creo en Jesucristo, pensador, ideólogo, activista revolucionario que, por nuestra salvación, bajó del cielo como un extraterrestre; y por nuestra causa fue crucificado, muerto, sepultado, abducido; y subió al cielo. // No creo en el Espíritu Santo. Ni en la Iglesia Caótica. // No espero la resurrección de los muertos. Espero la insurrección de los vivos. // Creo en la vida del mundo futuro. Amén»), la vejez («Ceniza en las manos de un viejo / es lo que dejan los años al arder») la amistad, en la “Elegía a Marcelo Reyes” («Aún no puedo hablar: / llevo una espina de luto / atravesada en las cuerdas vocales. // ¡Tengo la boca llena de lágrimas por ti!»), el silencio en Trasmoz («Cuando anochezca en mí / como un día cualquiera, / acércame a Trasmoz / para ver el Moncayo / bajo el bosque de estrellas…la casa del Poeta / y el sobrio cementerio / que en silencio me espera») o la constante rebeldía («…crezco más cuanto menos obedezco»), entre otros temas.

Ya lo dije en otro comentario sobre la poesía de Ángel Guinda, en el sentido que la suya «representa la plenitud del lenguaje, todo lo sublime y bello, incluso el hecho en sí mismo de la muerte es aquí una serena melodía que nos conduce, sosegados, hacia el espacio, hacia lo desconocido y misterioso; la muerte aquí no es la oscuridad, sino la luz que habita en el corazón del hombre y se muestra desnuda y libre, voraz en su anhelo de ser». Para el lector, su último deseo: «Que la imagen de mí que te acompañe / sea una luz amable, alegre, viva. / Que no conozcas mi decrepitud, / que no te enteres nunca de que he muerto».

Vida ávida. Poesía reunida 1970-2022

Autor: Ángel Guinda

Páginas: 704

Precio: 28,50 €

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