Relatos
Cheever o el bebedor que nunca desfallece
Random House publica con ilustraciones de Pau Gasol Vals el clásico del maestro de la narración estadounidense ‘El nadador’, que de alguna forma delata el gran pecado del autor más aficionado a las piscinas de gin tonic

John Cheever. / L. O.
Podríamos cambiar bebedor por nadador y el titular de esta crítica quedaría igual de bien plantado. Y es que pese a que el relato más célebre de John Cheever, 'El nadador', ahora reeditado por Random House ha tenido todo tipo de lecturas; desde una crítica a la indolencia de la clase media, la desilusión por el incompleto sueño americano o un retrato al paso del tiempo en forma de metáfora… El hecho más cercano al verdadero impulso primero, seguro, es que su planteamiento es propio de una resaca etílica en la que todavía llamean las brasas de la ginebra y flotan cuentas personales por ajustar. Así que bien podría haberse llamado ‘El bebedor’ o ‘La resaca’. Pero claro; hubiera perdido toda esa intriga generada.
La crítica se ha empeñado en dilucidar en todos estos años por qué a uno de los mejores narradores de la historia de Estados Unidos (con permiso de su discípulo Carver o de su amigo Updike), muy realista en su estilo, le dio por escribir algo tan surrealista, esto es; un hombre decide volver a nado a casa atravesando todas las fincas con piscinas que hay desde el lugar donde ha despertado de una fiesta, en domingo. Y es que está claro que no se puede ser feliz un domingo y que toda buena fiesta tiene una difícil digestión a la mañana siguiente, donde a veces perviven los efluvios del alcohol ingerido y hasta pueden despertarse las paranoias más divertidas.
De principio habría que decir que ‘El nadador’ no sería el nadador si por caso viviese en Albacete o en la zona interior de Almería por lo que el espacio donde transcurre es evidentemente significativo por ser un vergel al que los críticos más agudos volverán a relacionarlo con la Arcadia primigenia de la Biblia o uno de estos esos lugares de la América de los primeros peregrinos puritanos. No se menciona explícitamente y el protagonista llama a su gesta la travesía a nado del río Lucinda, que es el nombre de su pareja. Más evidencias de realismo encubierto. Las fincas con piscina, además, son sinónimo de opulencia derrochadora de la clase media. Pero una metáfora perfecta a su vez de un buen pelotazo alcohólico.
Desde la perspectiva en que tenemos a su autor acodado en un bar de forma perpetua y un mundo que ha dado la espalda a causas elevadas por un televisor y una piscina, la cosa queda más clara; Cheever solo intenta reírse de esa clase media despreocupada, que siempre le ha dado la espalda, afrontando una cogorza bíblica tras la que esconder, de paso, la vergüenza de una economía familiar que se va al traste por sus deudas y que los amigos huelen y ya dan de lado, entre otras referencias biográficas claras del propio texto.
Es su humilde venganza en forma de loca epopeya, en la que poco a poco retrata la indiferencia, distancia, frivolidad y destemplanza de las familias que le van ofreciendo un vaso de gin tonic junto al trampolín. Todas muy liberales hasta que la libertad se introduce sin permiso en sus aguas y flirtea con sus coquetas señoras.
No es solo en ‘El nadador’ donde podemos disfrutar al llamado Chejov de los suburbios sino que aparece con toda su potencia narrativa en ‘El marido rural’, otro relato compendiado en esta reedición, que es también un traje a medida para esa clase media aparentosa que esconde la infidelidad conyugal a duras penas, y que abriga la psicología del ahora llamado heteropatriarcado violento. Los matrimonios en descomposición mantenida y la sexualidad mal resuelta parecen que también eran sabores que conocía el autor de ‘Falconer’, cuya mujer siempre asumió sus escarceos y se contentó con que regresara para cenar a casa.
Como tercer relato, Cheever regala otra maravillosa alegoría moderna de Caín y Abel titulado ‘Hermano mío’. En el que tiene el gran acierto de presentarnos a una pareja de antagonistas que se odian como viene a ser muy habitual por cierto en cualquier casa moderna actual. La escasa diferencia con aquel fratricidio es que aquí la muerte no se consuma pero se ve de muy cerca y sobre todo se saborea la genial manera en la que unos hermanos se vigilan en cada movimiento para criticar al otro, con la madre de por medio como objeto que arrojarse y arrogarse. Cheever es un maestro en centrar el fallo que desquicia al otro. La viga en el ojo ajeno.

El nadador y otros cuentos
Autor: John Cheever
Editorial: Random House
Traducción: Jose L. López y Jaime Zulaika
Ilustraciones: Pau Gasol Valls.
Páginas: 144
Precio: 21,75 €
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