Editorial Tusquets
Gonzalo Celorio: De lo vivido y de lo escrito, esto es lo que hay
El flamante Premio Cervantes nos trae ‘Ese montón de espejos rotos’, un relato deslumbrante de una vida dedicada a sus exultante pasiones, el cultivo de la literatura, la palabra, el teatro y a otras debilidades como el gusto por la música guapachosa o el enamorarse de una bailaora de flamenco

Gonzalo Celorio. / l.o.
« A lo largo de más de cinco décadas –reza el texto–, Gonzalo Celorio ha consolidado una voz literaria de notable elegancia y hondura reflexiva en la que conjuga la lucidez crítica con una sensibilidad narrativa que explora los matices de la identidad, la educación sentimental y la pérdida. Su obra es al mismo tiempo una memoria del México moderno y un espejo de la condición humana», señala, entre otras consideraciones, el jurado que ha otorgado el Premio Cervantes 2025 al escritor mexicano.Casi coincidiendo en el tiempo, nos llega el último trabajo de Celorio ,‘Ese montón de espejos rotos’, que supone una brillante recopilación de los recuerdos de aquellos hechos y personas que han tenido una significación en su vida pública y privada. Celorio se acoge a un verso de Borges que define la memoria como «ese montón de espejos rotos», para titular este libro que amontona recuerdos dispersos, reflejo de su vida. No se trata de una biografía sino de recordar algunos aspectos significativos de su vida como su vocación literaria, su formación intelectual y sus tareas como maestro, editor, académico y difusor de la cultura, mezclando los aspectos de su vida pública con los recuerdos de su vida privada, algunos llenos de un colorismo ideal como este que él mismo relata. «Cuando visitaba con enfermiza asiduidad el Bar León para oír música guapachosa los parroquianos del lugar no podían creer que yo fuera un ‘respetado’ profesor universitario (…)mientras que mis alumnos y mis colegas de la facultad, salvo casos excepcionales, no imaginaban que, al salir del aula tras dar mi ‘docta’ clase, me apresurara a recorrer semejantes antros. El libro va y viene del presente al pasado y viceversa y alterna también en los recuerdos de su vida profesional y la privada».
Este mexicano es descendiente de españoles. Sus dos abuelos habían nacido en España, aunque de jóvenes habían emigrado al nuevo continente. Su madre también era española, de Las Palmas de Gran Canaria, aunque vivió hasta su juventud en Cuba. Su padre nació en Ciudad de México. A partir de ahí rememora con admiración «el río español de sangre roja», el de los muchos refugiados republicanos españoles en México tanto en el entorno de su familia como de sus profesores, a los que siempre asoció con la tolerancia y la libertad que siempre demostraron. Recuerda así a Urbano Barnés, el médico exiliado que le trajo al mundo, al hermano de este, el tío Paco, convertido en médico de cabecera de la familia y que también supo ablandar la férrea disciplina familiar y traer cierta modernidad a la familia; a su suegro, Miguel Morayta, también médico, que había peleado en el frente de Madrid y que mantuvo sus convicciones democráticas toda la vida; a su profesor Luis Rius, de Literatura Castellana Medieval y a los muchos profesores exiliados españoles cuya comparecencia cotidiana en la Universidad «ha sido una de las mayores riquezas de la institución»; también a los exiliados españoles que se integraron en la Casa de España en México y en el Fondo de Cultura Económica; todos supusieron un benéfico río de sangre española que regó en abundancia la cultura mexicana.

Una imagen del autor Gonzalo Celorio. / l.o.
Con 72 años, la edad en que escribe estas memorias Celorio confiesa tener miedo a morir y expone una larga disertación sobre la vejez y la muerte. Dice: «El futuro, que la edad va encogiendo de manera dramática, cobra en la vejez una importancia mayúscula, proporcional a su disminución. Es poco el tiempo que nos queda para disfrutar de la vida; hay que aprovecharlo como si se tratara de un renovado carpe die invernal. Ya no tenemos la misma energía pero en compensación disponemos de mayor capacidad selectiva, gracias a la experiencia de los años acumulados».
En 2021, lo que parecía una grave afonía resultó ser un cáncer en la cuerda vocal izquierda. A los 73 años, por primera vez en su vida entró en un quirófano. Allí le extirparon el carcinoma y el cáncer desapareció, pero la operación le dejó mudo por un tiempo lo que le supuso el pequeño trauma de que el director de la Academia Mexicana de la Lengua quedase sin voz: Pensó que la enfermedad, como la culebra, le había comido «por do mas pecado había», como reza el romance del rey don Rodrigo; pero luego recordó que su verdadera voz es la que está en sus libros.
Desde que llegó a la universidad supo que aquella habría de ser su casa para siempre. Al pasar el examen de admisión se le abrió el mundo, aun más, el universo. Asimiló desde el inicio de manera gozosa la diversidad que la universidad ofrecía: sexual, religiosa, étnica, política, ideológica, social. Fue en la universidad donde empezó el trato con las mujeres cuya presencia le resultaba en principio maravillosa e intimidante.
Recuerda a su primera novia, Yolanda Morayta, bella, inteligente, reservada de carácter. Se casaron felices y tuvieron dos hijos Gonzalo y Diego. Se separaron en 1976, pero durante cuarenta años siguieron asumiendo una relación de pareja durante largas, «a veces larguísimas temporadas». Era una relación de impermanencias que iba y venía «como un oleaje cambiante, por lo general tranquilo de su parte y tempestuoso de la mía».
Hay las más hermosas páginas dedicadas al recuerdo de sus maestros. A su profesora de Teoría de la Literatura, María del Carmen Millán, que le despejó las dudas y el camino para convertirse en escritor; al profesor Luis Rius, que en su curso de Literatura Castellana Medieval le abrió al conocimiento de Gonzalo de Berceo, Jorge Manrique, Gil Vicente o el marqués de Santillana. O Sergio Fernández, del que quedó deslumbrado por sus conocimientos; durante once años fue su maestro, su tutor, su director de tesis, su jefe y su promotor; también Juan José Arreola y su magnífica oralidad, del que fue alumno en su taller de creación literaria. Si a María del Carmen Millán le debe el abrirle el camino de su vocación de escritor, a Arreola le debe la certidumbre de esa vocación, a su impulso por amar la literatura por sobre todas las cosas.
Cuando en 1967 lee por primera vez Cien años de soledad tuvo la certidumbre de que el mundo creado por García Márquez era más auténtico que el que se vive cotidianamente; que en él estaban plasmados nuestras historias más arcanas, nuestras ensoñaciones más recurrentes. A partir de ahí recuerda también con fervor a Alejo Carpentier y su El reino de este mundo, de ahí que su tesis de grado fue la comparación de Remedios la bella y Remedios Varo, «un ejemplo indiscreto de arte comparado».
Pero su apasionamiento literario tiene a Julio Cortázar en su cúspide, de tal manera que él mismo asegura que su vida puede dividirse en dos épocas: antes y después de Cortázar. La lectura de su obra, allá por 1967, no sólo cambió «mi concepción de la literatura, sino que me cambió la vida, la manera de ver la vida y de transitar por ella».
Cuando llegó el matrimonio con Yolanda fueron a vivir a un pisito como una casa de muñecas. Aun era estudiante de tercero de facultad así que para obtener ingresos llevaba una vida agotadora que sobrellevaba al contar con 22 años. Comenzaba casi de madrugada dando clases en la escuela Vocacional, de allí se iba volando a trabajar en el Centro de Estudios Linguísticos y Literarios hasta las dos, comía a toda velocidad y marchaba a la universidad hasta las siete y volvía a trabajar en el Centro de Estudios Lingüísticos hasta las doce. Además estaba a punto de ser padre.
Luego «llegó el día en que la celosa vocación literaria domesticó al zoon theatryon que rugía en mi corazón y dejé de hacer teatro», una pasión que le había llevado a interpretar a Shakespeare, a Schiler y otros. Lo último que hizo fue en 1984. Se trataba de una adaptación teatral del capítulo 41 de Rayuela, en homenaje a Córtazar que había fallecido ese año.
Amores con una bailaora flamenca
Sin saber apenas de flamenco un noche de 1981 sus amigos le llevaron a El Corral de la Morería, un remedo mexicano del famoso tablao de Madrid, viendo moverse a las bailaoras se enamoró al instante de una de ella, que llevaba por nombre de batalla Lorena Vargas. Lo curioso es que Lorena no venía en absoluto de la España cañí, sino que era de Boston, de origen judío y su nombre real era Lauren Rubin Morganstern. En Boston se inició como bailarina clásica, hasta que un día conoció el flamenco y se consagró a él con plena dedicación y se estableció en México donde en El Corral de la Morería actuaba cada noche y era conocida como La Boston. Los dos eran jóvenes (él 32 años) y se enamoraron. La Boston y Celorio tuvieron una larga relación amorosa que culminaba varias noches por semana en la cama del escritor, aunque con los problemas derivados de tener unos horarios muy diferentes. La relación, nos cuenta Celorio, tuvo muchos altibajos, desencuentros y rompimientos transitorios debido no solo a los horarios sino también a las diferencias culturales y el poco español que ella hablaba, hasta que un día se desinfló «hasta el vacío». Con el tiempo él se consoló aceptando la moraleja aquella de que los amores a primera vista, aunque puedan perdurar en la imaginación, difícilmente son perdurables en la realidad
Hay, cómo no, un destello de luz especial cuando habla de sus libros, aquellos primeros e iniciales, los de su adolescencia y juventud, los de lectura obligada en su formación universitaria, los que animaron su fe como escritor. «Amo los libros. Su peso, su gravitación su compañía», nos dice. Aquellos que se almacenaban en la casa paterna en un «librero imponente» donde encontró, junto a la Biblia otros como Don Quijote, La Divina Comedia, o Las confesiones de San Agustín; su primer gran libro de infancia fue El tesoro de la juventud, en realidad una colección de veinte tomos, que aún conserva; o los libros de su hermano Miguel, arquitecto, con los cuales conoció toda la cultura occidental; con más entusiasmo juvenil, los de su hermano Benito, para leer a Oliver Twist, o Los viajes de Gulliver y los de su hermano Ricardo, donde leyó a Salgari, a Julio Verne o La isla del tesoro. Con su primer sueldo, compró su primer libro, Lengua Nacional, que era un libro de texto . Luego llegaron los clásicos, Shakespeare, Stendhal, Dostoievki o Juan Rulfo, con cuyos cuentos aprendió mas de la historia de su país que con las clases de historia del colegio. Con la entrada en la Universidad amplió su universo lector con todo el Siglo de Oro español, gracias a la colección de Clásicos Castellanos de Espasa-Calpe. Llegó n después el descubrimiento de García Márquez, de Julio Cortazar y de todos los que le ayudaron a engordar la magnífica biblioteca que hoy poese en México.
Este libro se presenta como un feliz conglomerado de recuerdos que han sido también peldaños que han impulsado su carrera de escritor, académico y difusor cultural; y en paralelo la exposición de sus muchas pasiones la literatura, el teatro, la música, la arquitectura . De sus páginas se desprende el amor de Celorio por la cultura y el arte, lo que convierte al libro en una celebración de la vida misma.

Ese montón de espejos rotos
Autor: Gonzalo Celorio
Editorial: Tusquets
Páginas: 497
Precio: 23,90 €
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