Estrada y de Ory
Pérez Estrada y de Ory, cómplices y heterodoxos
Un libro recoge las cartas, y dibujos, que el escritor malagueño y el poeta gaditano se cruzaron entre 1987 y 1990. Puro gozo surrealista entre dos ‘niños viejos’ que alcanzaron a tener, temporalmente, gran complicidad

El escritor Rafael Pérez Estrada / La Opinión
El malagueño Rafael Pérez Estrada y el gaditano Carlos Edmundo de Ory mantuvieron a finales de los ochenta una correspondencia que se alargó durante algo más de dos años. El tono es poético, de camaradería, creativo, cada uno aportando mucho de su grandísimo mundo interior. Joyas. Misivas que fueron poesía, surrealista a veces, en sí mismas. «Algún día te hurtaré el tú y seré un guapo muchacho hablando francés en la biblioteca municipal de Málaga», le dice Estrada a Ory en una carta de la primavera del 87. Se alaban, ese es también el tono. Se piden colaboraciones uno a otro. Hay tiempo para el humor: «si a la o de Ory le ponemos un motor, podemos dar la vuelta al mundo». No falta tampoco el histrionismo. Son dos niños viejos o dos viejos niños, como a veces se definen y los han definido. Dos grandes heterodoxos, también. Igualmente los une cierta falta de reconocimiento y resonancia, asunto que, al final de sus respectivas vidas y también en los últimos años se está remediando con reediciones, ayudas públicas, fundaciones y el trabajo de estudiosos, que van dando como fruto un mayor conocimiento y número de lectores para ambos. Nunca sin perder la categoría de exquisitos, por definición, algo que nunca puede ser masivo o mayoritario.
En 1987, año de inicio de esta correspondencia (victoria del PSOE en las municipales, atentado de Hipercor, primera gala de los Goya, estreno de Mujeres al borde de un ataque de nervios de Pedro Almodóvar) Carlos Edmundo de Ory se acerca a los setenta años. Le quedaba mucho por vivir, en Francia y en España, lo haría hasta los 87, falleciendo en 2010. En 2001 fue cuando comenzó a recibir reconocimientos oficiales, como el Premio Andalucía de la Crítica, Hijo predilecto de Cádiz e Hijo Predilecto de Andalucía (2006). Pérez Estrada por su parte, once años más joven, ya tiene publicada el grueso de su obra y pese a que solo viviría 66 años, falleciendo en el 2000, le quedaban algunas cosas importantes por escribir y publicar. Pronto accedería a editoriales de más rango. Estaban en plenitud. Juguetones, vanidosos audaces, amables.
El volumen, breve, tiene el acierto de incluir la reproducción facsimil de las cartas, la mayoría inéditas, postales a veces. Ambos, sobre todo Rafael, incluían en ella dibujos: ángeles, corazones, paisajes. El malagueño anda muy ocupado en una revista, Silvestra (el nombre de una mujer, empleada de hogar, que contribuyó a su crianza). Ory le envía sonetos. En algún momento, el intercambio de misivas es un contenedor de adulaciones de uno a otro. Sinceras e hiperbólica a veces. Incluso el gaditano llega a reprochar al malagueño levemente la catarata de elogios. Éste lo compara con Gómez de la Serna por los «aerolitos» (aforismos) que Ory solía escribir.
La correspondencia se corta abruptamente por parte de Pérez Estrada, que no entiende muy bien, y así lo comenta con allegados, algunas afirmaciones de su corresponsal.
El epílogo lo firma Salvador García Fernández, editor. Hace un texto breve y brillante y tiene el meritazo de haber recuperado todo este material, disperso, pero no obstante se echa en falta un estudio más amplio, cierta mejor contextualización, más noticia biográfica de ambos. Aunque claro, tal vez con un texto más, el volumen no hubiera quedado tan redondo ni tan manejable. Conviene tener en cuenta también que las cartas no son demasiadas, no es un material copioso. Lo cual aumenta su carácter de rareza. Más que una recopilación de misivas, como son otros volúmenes de intercambio epistolar, esto es una obra literaria en sí misma. Es un jugueteo a dos que pese a su lirismo no desdeña el humor. Ambos tienen mucha curiosidad intelectual.
«Monseñor», le dice Rafael a Carlos Edmundo en una carta, página 45, fechada en Málaga el 7 de mayo del 89: «He seguido el más hermoso de tus consejos (espero que no lo prodigues) y he orinado mirando las estrellas y he aquí el prodigio: me he convertido en un niño que, eso sí, tiene la frente arrugada de buscar el horizonte sin advertir que ya tiene un destello luminoso en la frente». No cabe duda del estilo ‘pérezestradiano’. No es precisamente una correspondencia que despachen funcionarial o burocráticamente. «Los hombres solitarios y las mujeres arcángeles de los labios furiosos suelen acercar un cigarrillo a mi frente tomando de ella fuego cósmico», ‘confiesa’ también.
La palabra electrocución, que lleva el título del volumen, hace referencia a lo que dos personas sienten cuando se admiran. Admiración profunda, un impacto intelectual y emocional intenso, o una conmoción casi física ante la obra o el pensamiento del otro, reflejando su relación de gran fascinación mutua y asombro.
«Mi amigo y cómplice en delicias» comienza una carta De Ory escrita en la localidad francesa de Amiens el dos de marzo del 89. El encabezamiento es una muestra de cómo se tratan. Estrada a veces lo llama «Duque de Ory». En ella, nada menos, el gaditano se entretiene en jugar con el apellido Pérez y fantasear con su origen. Puro lirismo lúdico, travesura intelectual. Y erudita en este caso. Estamos ante un glorioso intercambio de universos que casi se funden. Y que también colisionan.
Entre el impacto y la electrocución
Autor: Carlos Edmundo de Ory y Rafael Pérez Estrada
Editorial: Mixta
Páginas: 128
Precio: 19,00 €
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