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Editorial Impedimenta

Anna Starobinets y la matrioska de la fantasía

La nueva sensación de las letras rusas vuelve a sorprender a los lectores con ‘El vado de los zorros’, una novela de aventuras en la que las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y de los cautiverios soviéticos se entrevera con los mitos de China o Japón

Ana Starobinet.

Ana Starobinet. / l.o.

Lucas Martín

Lucas Martín

Cada lector, incluso en horas bajas, contiene su propia epifanía. Digamos su momento en el que siente la imperiosa necesidad de mudarse a otro sitio, ya sea decapitando a su colección de hadas y de elfos o dejándose bigote en la caseta de obra de algún pueblo estrambótico del sur. Esto, que generalmente coincide con el final del periodo larvario, signifique esto lo que signifique, es lo que los expertos no dudarían en calificar de madurez, con la salvedad de que se trata de una madurez literaria, lo que siempre arrastra una feliz diferencia respecto a la madurez biológica general; el hecho de que con la literatura la madurez no suele implantarse del todo y la conexión con la primera etapa, por muy capullo que se fuera en ella, no acaba nunca de desaparecer. Con la lectura simplemente ocurre que se adquiere otro tono, corte de pelo o circunstancia. En especial, cuando los rusos sustituyen a los extraterrestres y sus historias nos empiezan a interesar más. Entre otras cosas, porque a veces también tienen sus naves espaciales. Y porque inventaron el alma y hasta a Gogol y el samovar.

Quizá ese sea uno de los problemas. La literatura se puede definir como un arte en el que los rusos han hecho tantas cosas y tan diferentes entre sí que lo normal es que se caiga en la simplificación. En Europa occidental, por más que Dostoievski y Chejov se parezcan tanto como una peonza a un higo, sigue gustando la barba blanca y el fotograma inevitable de ‘La infancia de Iván’. Es como si el tiempo -tan pertinaz e inmisericorde como para poder incluso con la URSS- no hubiera transcurrido en el imaginario de la ficción. Acaso porque la ficción tiene sus propias reglas, que van más allá de la lógica del minutero y requieren de un universo, sino de reemplazo, al menos sí lo suficientemente poderoso como para revelar una nueva página a contraluz. Algo que sólo se consigue a través de talentos tan voraces como el de Anna Starobinets (Moscú, 1978). Una voz tan capaz y ambiciosa que podría haber germinado en cualquier zona, pero que, al igual que en aquella escena de ‘Underground’ de Kusturica, parece arrastrar por el océano y a la deriva un país que a estas alturas probablemente sea ya un fragoroso limbo: el de la Rusia del cadáver andante posterior al socialismo, el de la generación educada entre el trauma, Putin y las expectativas jamás maduradas de libertad. El mismo que, como hizo la propia autora, no tardaría en largarse a otro sitio en el mismo momento en el que fue bombardeada Ucrania. Y no sólo porque su lugar mítico de residencia, el de libros de autores como la propia Starobinets, había empezado a saltar por los aires -el nombre de la escritora pasó, por ejemplo, a engrosar de inmediato la ominosa lista negra-, sino también porque se había dilapidado cualquier expectativa de reanimación.

Una de las cuestiones que a buen seguro se quedó pendiente en el cartapacio literario de la CIA consiste en determinar, en modo matrioska, cuántas rusias caben en la propia Rusia. La obra de Starobinets, siendo indómita y personalísima, da muchas pistas al respecto en plena contemporaneidad. Desde los relatos distópicos que le han valido el título un tanto estrecho de «nueva reina del terror» a su novela ‘El vado de los zorros’, recientemente publicada por Impedimenta con traducción de Viktoria Leftérova y del gran Enrique Maldonado. Un monumental trabajo, este último, a medio camino entre la ficción histórica y la fantasía alambicada en el que la autora destila uno de los rostros menos amplificados de la cultura rusa: el de la influencia oriental, el misticismo y los mitos, que en los últimos años se han puesto un poco más al descubierto a raíz de los quebradizos confesores ideológicos de Putin. Pero no es de Putin de lo que habla este texto, sino de un gulag de 1945 situado entre Siberia y China en el que convergen todo tipo de minorías ingobernables: desde los jerarcas paranoicos del ejército soviético, a grupos cristianos y chamanes siberianos. Submundo al que Starobinets insufla vida a través de la incorporación en una trama sin tregua de leyendas como las huli Jing o mujeres zorro de la tradición nipona. La novela, que parte de la huida de un antiguo artista de circo y exsoldado con poderes mentales, alumbra una península de terror con múltiples lecturas que no dejan fuera ninguno de los discursos paralelos que apuntalan las riberas de la posguerra, incluidos el transhumanismo y los experimentos secretos. Con el trasfondo añadido, además, de la búsqueda de la inmortalidad y de un realismo mágico a la eslava que cobra todavía más interés si se advierte que la mayoría de las creaciones de la autora se elevan sobre una base documentada de arquetipos de la tradición rusa y asiática. ‘El vado de los zorros’ es una novela que funciona como universo autónomo y hasta como juego de rol. Una obra de madurez que bucea a uno y otro lado; de las tropas en blanco y negro a los monstruos y la aventura y al revés. Toda una gozada para no tener edad.

El vado de los zorros

Autora: Anna Starobinets

Editorial: Impedimenta

Traducción: Viktoria Leftérova y Enrique Maldonado

Páginas: 776 páginas

Precio: 33,20 €

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