Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Editorial Anagrama

John Fowles: los peligros de abandonarse a una voluntad superior

‘El Mago’ arrastra al lector por el ritmo, la astucia narrativa, la atracción que despierta la magia negra y el oficio con el que John Fowles introduce al protagonista en su laberinto de terrores, sospechas, fantasías y desvelos

John Fowles.

John Fowles. / l.o.

Gonzalo Torné

Con la reedición de El Mago, el público vuelve a tener en sus manos uno de esos clásicos que le pertenecen más a los lectores que a los críticos. Veamos algunos ejemplos: acaso el crítico reconozca demasiados préstamos de F. Scott Fitzgerald en J. D. Salinger y un exceso de inocencia calculada en El guardián entre el centeno, pero a la masa de lectores les importa un pimiento, y disfrutan año tras año de la novela; quizás el crítico se impaciente con los trucos geométricos de Rayuela, pero el lector no se cansa de abrir a ese libro como una puerta de entrada excelente a la inmensa península literaria.

Algo parecido sucede con ‘El Mago’, el lector preocupado por establecer un mapa detallado de la jerarquía literaria (¿acaso es otra la pulsión del crítico?) bien podría señalar la aspereza de la voz narrativa, los diálogos un tanto mecánicos, el empleo de materiales eruditos no siempre bien incorporados a la trama y el sostenimiento (spoilers alert!) de una intriga algo artificial cuyo interés se pierde en una eventual relectura (la piedra de toque del crítico: intuir si el texto resistirá una segunda mirada). Aspectos que no han enturbiado el placer de miles de lectores arrastrados por el ritmo, la astucia narrativa, la morbosa atracción que despierta la magia negra, y el oficio con el que John Fowles (Leigh-onSea, Essex, 1926-Lyme Regis, Dorset, 2005) va introduciendo a su protagonista (y a nosotros con él) en su laberinto de sospechas, fantasías, terrores y desvelos

Tengo serias dudas de que ‘El Mago’ sea una obra maestra, pero estoy seguro de que si se deciden a entrar en su juego la peripecia del áspero muchacho huérfano que sale de Oxford sin la menor experiencia de la vida y se embarca a ciegas hacia una isla griega donde será víctima (o beneficiario) de las maquinaciones y los juegos psicológicos de un «excéntrico millonario» les hará pasar ratos excelentes

Esta reedición también puede servir para discutir una etiqueta literaria, la de posmoderno, que se sigue empleando con escasa precisión y apenas base. Tiene cierto sentido usarla en Inglaterra como marca cronológica: las novelas que vienen después del modernismo, del modelo literario que auparon Virginia Woolf y James Joyce: sustentado en los experimentos con el tiempo, la anteposición del lenguaje a la trama y la exploración de los mecanismos verbales de la conciencia.

Pero si tratamos de adscribirle cualidades posmodernas a El Mago, como si fuese algo más que una marca cronológica nos encontramos con un buen puñado de inconsistencias. La posmodernidad es algo que pasó en la filosofía y que se define por la constatación de que no hay garantías ni en la naturaleza ni en el sujeto de descubrir verdades que no estén condicionadas por la situación o el interés: que todo conocimiento es frágil y pasajero.

¿En qué sentido podríamos considerar ‘El Mago’ una novela posmoderna? Quizás en la imposibilidad de determinar hasta muy avanzada la novela si lo que vemos es verdad o mentira, y si su protagonista está sano o como un cencerro. Y aquí es precisamente donde salta el problema, el camino que a la filosofía le costó dos mil años recorrer es el punto de partida de esa fascinante modulación de la literatura que conocemos como novela. ¿No están todas las afirmaciones de los personajes situadas? ¿No dependen del temperamento de los personajes y sus circunstancias? ¿No se contraponen las verdades de un personaje con las del otro hasta el punto que podemos considerar que la verdadera moral de una novela se encuentra en su estructura: en la distribución del peso de cada verdad y a quién se le concede la última palabra? O si lo se prefiere: ¿no explora Miguel de Cervantes, entre otras cien cosas, la locura de un hombre incapaz de distinguir lo que es cierto de la fantasía?

Otro aspecto determinante de la novela es la exploración que Fowles lleva a cabo de la figura de carisma negativo, del santón o el erudito, del político o del millonario, que amenaza con embrujarte y moldear tu vida. La voz que te susurra: no te preocupes por nada y entregues tu voluntad. El personaje que te propone intercambiar libertad por seguridad.

El asunto, con sus aristas y salientes afilados, estaba sobre la mesa desde finales de la Segunda Guerra Mundial donde varios encantadores habían inducido a masas enteras de hombres y mujeres a adorar el huevo de la serpiente. Thomas Mann exploró la vertiente seductora del arte perverso en su Fausto, e Iris Murdoch (con más profundidad que Fowles, seamos sinceros) vertebró buena parte de sus principales novelas en la exploración de varones llenos de carisma individual (aunque sus temperamentos puedan ser más ridículos que dudosos sus hábitos, que ya es decir) que se erigen en maestros y jueces morales de los ambientes donde señorean. ‘El Mago’ se inscribe, desde la perspectiva del dinero y de la parafernalia de la erudición oscura, en esta corriente. Y quizás sirva a sus antiguos y nuevos lectores para reflexionar sobre los peligros que entraña para uno mismo abandonarse a la tentación de una voluntad que se presenta como superior.

El Mago

Autor: John Fowles

Editorial: Anagrama

Traducción: Enrique Murillo

Páginas: 675

Precio: 26,90 €

Tracking Pixel Contents