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150 aniversario

Los lobos de Jack London

El 12 de enero de 2026 se conmemora el 150.º aniversario del nacimiento de Jack London, nacido en San Francisco, California, y que se convertiría en uno de los grandes escritores estadounidenses

Jack London.

Jack London. / l.o.

En 1893 con apenas 17 años cumplidos, Jack London se embarcó de grumete en la goleta Sophia Sutherland, que partía a la costa de Japón y comenzó su aventura vital que supo trasladar con maestría a sus relatos y novelas. De hecho nada más regresar de aquel viaje ganó 25 dólares al ser premiado por el San Francisco Morning Call y su concurso de artículos literarios de doscientas palabras, y al que presentó ‘Relato de un tifón en la costa de Japón’. En sus apenas cuarenta años de vida se embarcó en todo tipo de actividades y de todas ellas sacó provecho para historias. Fue marinero, pirata con barco propio, buscador de oro en las tierras de Alaska -escenario de sus mejores historias- y hasta vagabundo. Autodidacta de escasos estudios, London se instruyó asi mismo en las bibliotecas de San Francisco. Eso y su maestría en saber contar historias con pasión y fuerza le llevó a ser un escritor de éxito. Este éxito se debió también al vacío de grandes nombres que en aquel momento padecían las letras norteamericanas, lo que permitió que proliferaran autores populares como él gracias especialmente a sus relatos en las revistas literarias de entonces, muy en boga en aquellos primeros años del pasado siglo. En los casi doscientos cuentos que London escribió durante su vida, aborda una variedad de temas inusitados, muchos de ellos novedosos en su temática como el alcoholismo, las consecuencias de la vejez, el boxeo, la tauromaquia, el trabajo infantil, la ecología, fantasías extraterrestres, el juego, el trabajo en las minas de oro, el amor (tanto el primitivo y atávico como el romántico e ideal), la discapacidad mental, los mitos, la corrupción política, la psicología (humana y animal), la explotación racial y sexual, la revolución, la experimentación científica, la vida de los marinos, el suicidio, la vida en los arrabales, el socialismo, la guerra, la naturaleza y la escritura. A todos ellos les imprimó su pasión por la aventura y su ideario socialista que mantuvo como una constante.

No sólo fue un maestro de la historia breve, el gran Jack London nos legó maravillosas novelas como La llama da de lo salvaje, Colmillo blanco, El mexicano, El vagabundo de las estrellas entre otras, sus libros de memorias Martin Eden, en cuyas páginas fábula su mejor muerte literaria, y The Road (La Carretera) cuyo eco está presente en la célebre novela posterior del beatnik Jack Kerouac.

Los libros y las aventuras de London, pese a su condición de inmortales, no cuentan hoy día con batallones de lectores. Los niños ya no sueñan con ser lobos de mar o buscadores de oro Sus aventuras siguen más vivas en los lectores de otras épocas.

El joven London sí soñaba con esas aventuras, lo cuenta él mismo en sus memorias. «Cuando yo era pequeño, leí un libro que tenía ese título, Typee, de Herman Melville; y pasé muchas horas soñando entre sus páginas. Pero no todo eran sueños. Decidí entonces que, fuera como fuese y pasara lo que pasase, cuando me hiciese más fuerte y tuviese algunos años más, yo también viajaría a Typee. Y la fascinación por el mundo fue penetrando en mi pequeña conciencia, esa fascinación que me llevaría a conocer muchos países, y que sigue arrastrándome sin parar».

¿Cómo explicar el extraordinario éxito de este escritor y su excepcional contribución al género de la narrativa breve? Tal vez, la razón habría que buscarla en su biografía. La historia personal de London es quizá más fascinante que cualquiera de sus ficciones. Comenzó casi en el último peldaño de la escala socioeconómica: nació fuera del matrimonio en una familia de clase obrera, pasó la mayor parte de su niñez inmerso en la pobreza, tuvo que dejar la escuela sin acabar los estudios, empezó a trabajar en una fábrica a los catorce años, a los quince pescaba furtivamente ostras, a los dieciocho lo condenaron a treinta días de prisión por vagabundo. Semejante currículum no auguraba el éxito social ni mucho menos la riqueza. Pero a los treinta años se había convertido en uno de los escritores más conocidos y mejor pagados de Norteamérica.

Antes, en el otoño de 1898, Jack London, cuando buscaba oro en el Klondike recibió la noticia de la muerte de su padrastro, John London, y comprendió que desde ese momento pasaba a ser el cabeza de familia con todas las responsabilidades y la obligación de aportar recursos

El último recurso, la tabla de salvación que alguna vez le había sonreído antes, era la literatura; de manera desesperada se puso a escribir sin parar. Escribía y estudiaba gramática, analizaba a los escritores de éxito para descubrir su secreto y empeñó todo lo que tenía para comprar una máquina de escribir y sellos para enviar a las revistas todos los cuentos que era capaz de recopilar, los antiguos y los nuevos sobre su experiencia en Alaska. A finales de noviembre, con el otoño a punto de abrazarse al invierno, estaba sin un dólar pero plenamente convencido de que no debía rendirse. Durante meses, no recibió nada por sus esfuerzos excepto cartas de rechazo, más de 600 de ellas. «Todo lo que poseía estaba empeñado, y no tenía suficiente para comer», escribió sobre esa época.

Había logrado despojar su estilo de oraciones complejas, cada vez sorteaba mejor las subordinadas, y ese «estilo sencillo», ideal para narrar las sensaciones que le provocaban los recuerdos del Norte, coincidía con lo que demandaban los directores y redactores jefes de las revistas literarias más populares: «Buenas lecturas fáciles de leer, sin florituras, sin finales felices, sin precisión ni excesiva exactitud en los detalles, pero con mucha acción, solo acción, acción y siempre acción».

Entonces tuvo un golpe de suerte decisivo: la revista The Black Cat le pagó cuarenta dólares por ‘Mil muertes», un relato pseudocientífico que había rescatado entre los escritos de antes de su experiencia en el Klondike.

The Black Cat supuso la salvación económica y el Atlantic Monthly su confirmación como escritor profesional, capaz de expresar los diferentes estados de ánimo de los personajes. Y lo mas importante, había encontrado su estilo.

Su biografía se refleja constantemente en su obra. Otro de sus descalabros, el velero Snark, que encargó construir en 1906 sin reparar en gastos con la pretensión de dar la vuelta al mundo, y con el que solo pudo alcanzar las islas Marquesas, las Salomón y Tahití, le proporcionó documentación para varios relatos publicados durante sus últimos años de vida. Y un ataque de psoriasis sufrido en aquellos paraísos, que al principio confundieron con lepra, fue suficiente para que las Salomón y la Melanesia se convirtieran en la ficción de Jack London en un infierno provocado por la civilización y el malvado hombre blanco.

Nunca se doblegó, jamás dejó de experimentar en busca de nuevas ficciones que contar, ajeno a las modas, siempre con un ojo puesto en las exigencias del mercado y otro en su firme voluntad de crear. A los 40 años, el 22 de noviembre de 1916, murió en Glen Ellen. Según algunas versiones se suicidó, aunque estudios más recientes lo cuestionan y atribuyen las causas de la muerte a un ataque de uremia en un cuerpo demasiado agotado por la intensidad de su vida y los vapores del alcohol. La uremia, además, le provocaba fuertes dolores que combatía con morfina, lo que pudo acelerar su final voluntaria o involuntariamente. Cuentista por excelencia, maestro del ritmo, dueño de un estilo directo, intenso y gran conocedor de los escenarios donde habitan sus personajes, su popularidad y éxito comercial empañaron en su país durante algún tiempo la enorme calidad de su obra.

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