Coloquio de invierno
Luis Landero, el narrador en plena forma
El consagrado autor extremeño, Premio Nacional de las Letras, publica 'Coloquio de invierno', un contenedor de historias narradas por un grupo de personajes atrapados en un hotel por una borrasca

Luis Landero. / José Luis Roca

No hay atajos ni trampas, ni artificios. Narración pura. Depurada, deliciosa, sin innovaciones vanas ni ínfulas o pretensiones de epatar. Fácil de leer, dificilísimo de escribir. Landero es un escritor en estado de gracia. El lector se sienta, con esta lectura estaría cómodo incluso de pie, y espera a que las historias les sean contadas.
Un grupo de personas se quedan atrapadas en un hotelito algo remoto durante la tormenta de nieve Filomena. Se acordarán, fueron tres o cuatro días de enero de 2021, una borrasca de las que hacen época con temperaturas de hasta quince grados bajo cero en algunas zonas de la Península. Hay un ferroviario, una librera, un periodista, un militar, una maestra, un médico, la pareja de hosteleros que dirige el local, entre otros. Sin internet ni cobertura aunque sí con comida y bebida de sobra. En esta tesitura, comienzan a charlar y a contarse lo que parecen anécdotas. Son historias. Vivencias de cada uno. Muy distintas, algo complementarias. Se van conociendo mejor unos a otros. Los personajes, o sea, el propio Landero, van dosificando los desenlaces de las historias que cada uno va contando, que resultan amenísimas. Es un homenaje a la narración oral, un Decameron, una suerte de las Mil y una noches, unas confesiones a coro. En realidad, pequeñas novelas o relatos por sí mismos. Los personajes se desinhiben, se desnudan, cuentan sin pudor lo que les acontece pero además se ven espoleados por la atención de los demás. La gente quiere hablar y hablar y hablar de sí misma, pero no falta quien está deseando escuchar, oír, evadirse de sus circunstancias o de la realidad. En este caso, la realidad es una reclusión forzosa a causa de la climatología y que nadie sabe cómo va a acabar. Aunque no haya dramatismo y sí confort. Un imprevisto que se vuelve gozoso.
Una de las historias más atractivas, que narra Santos León, un médico que vive en el barrio de las Delicias de Madrid, versa sobre un triángulo amistoso-amoroso, dos hombres (Claudio y Monroy) que se disputan a Valeria, una mujer excepcional pero a la vez convencional, deseable, uno de ellos, casado con ella, el otro admirador nada secreto que va y viene a la vida de ambos. Pero hay un instante (no haremos spoiler) que lo cambia todo en esa historia y que además es anunciado así, para enganchar al lector, «el instante». Es, quizás, el transcurso de una conversación, que lo cambiará todo. En esa plática, Monroy se pone chulo, muy chulo. Amén de estar borracho...
No menor en ningún sentido es la historia de Ginés, ferroviario jubilado. Se iba a casar con Lolita, cuenta al resto de la concurrencia. Se iba a casar sí y su vida iba a ser distinta, feliz, al lado de una buena mujer. La boda iba a ser en la Almudena, pero hete aquí que nuestro Ginés, elegantísimo y caminando por el Centro de Madrid dando gracias a la vida, se topa con una extraña mujer vestida de zíngara que le pide un favor. Un favor que puede hacer con rapidez. Y la acompaña...
Como dice el mismo Ginés unas cien páginas antes, todas estas historias, las que estaban por venir, son como esas narraciones que nuestros abuelos hacían al calor de la chimenea o la estufa, sin tele, sin distracciones mejores. El placer de charlar, de oír, de contar.
Por el libro van desfilando otras narraciones, otros protagonistas que son dibujados por los que hablan atrapados en el temporal. Así, conocemos peripecias de Nuria, Martín, Jimena, Raquel y otros muchos. Como Juan Miguel Marín, representante de máquinas de escribir o Ángel Gamarra Peñuelas, administrador de fincas urbanas. O, por ejemplo, cómo no zambullirse con algo que comienza así (página 224): «Don Cecilio era enemigo acérrimo de la modernidad. Ni le gustaba la informática ni se fiaba de ella. No quería tampoco sillas ergonómicas (...)E ideó un sistema de trabajo en el sótano».
Landero cuenta y narra sin artificios que lastren. Todo fluye, el lector bebe. Esa prosa que pasa por el gaznate no embriaga ni pesa ni produce hartura. No hay releer pomposos y pedantes oscuros párrafos ni hay realismo mágico o no mágico ni vacuos experimentos supuestamente rompedores. Un valor seguro. Nacido en Alburquerque en 1948, profesor, guitarrista, se dio a conocer, y de qué manera, con Juegos de la edad tardía, un long seller publicado en 1990 que le valió el aplauso de la crítica y la entrada por la puerta grande, y el podio más alto, al panorama literario. Con esa inolvidable historia de Gregorio Olías, oficinista de mediana edad con una existencia rutinaria y mediocre en una ciudad de provincias. Su vida cambia cuando conoce por teléfono a Gil, un soñador que busca un referente. Luego llegarían novelas como El mágico aprendiz, Lluvia fina, Última función yotras muchas.
No escribe, no habitualmente, en los periódicos, ni va a saraos ni tiene redes sociales ni se sienta a medrar en la cena del Planeta o del Nadal, ni opina sobre si este u otro escritor es un talento o un bluf. Sin ser un ermitaño, sabe que su sitio es la literatura. Y en eso está, tejiendo historias, contando vidas, haciendo que sus personajes las cuenten. Esquivando cualquier tormenta.

Coloquio de invierno
Autor: Luis Landero
Editorial: Tusquets
Traducción: Efrén del Valle Peñamil
303 páginas. 20,00 €
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