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Editorial Destino

Manuel Vilas: historia casi verídica de un desamor

A lo largo de sus casi cuatrocientas páginas, Manuel Vilas desentraña en ‘Islandia’ la historia de su ruptura matrimonial con la también escritora Ana Merino. Un nuevo juego autoficcional que Vilas utiliza como terapia, como salvación de sí mismo

Manuel Vilas

Manuel Vilas / L.O.

Juan Gaitán

Juan Gaitán

Cuando abordamos la lectura de un texto siempre lo hacemos bajo lo que suele llamarse el «pacto de lectura», que es el contrato tácito establecido entre autor y lector y que permite que, por ejemplo, un artículo de divulgación científica no sea leído como un cuento de ciencia ficción o una novela histórica no se entienda como un documento verídico. Pero el género de la autoficción, que se ha puesto tan de moda en los últimos años, vino a trastocar esta máxima, a poner en contradicción algunos conceptos. La autoficción no se rige propiamente por ningún pacto de lectura, sino que se estructura a partir de la transgresión y al mismo tiempo del préstamo de ciertos aspectos de dos pactos de lectura específicos: el autobiográfico y el novelesco. La autoficción sostiene la identidad visible o reconocible del autor y lo transforma en el narrador y en personaje de un texto de ficción, es decir, de un texto que mediante el pacto novelesco no pretende, no debe, no debiera, ser leído como verídico, por mucho que se acerque a la realidad. De esta manera, el escritor de autoficción no tiene por qué decir necesariamente la verdad, la literalidad de los hechos, aunque hable de sí mismo. Porque en este tipo de texto no solo se escribe de lo que fue, sino de lo que pudo haber sido, en un vaivén que se bambolea entre datos reales y ficticios. Esto ha permitido construir un punto de vista novelesco diferente y por tanto una forma de narrar menos sujeta a la acción, más libre y, sin duda, más personal. Sin embargo, también ha derivado en una especie de logotipo cansino, porque el lector puede llegar a aburrirse de leer la vida personal de los autores, que no suele ser una gran aventura. Pero hay que admitir que ofrece nuevas perspectivas. Con llegada de la autoficción el novelista ya no precisa inventarse un mundo imaginario, unos personajes, un paisaje. Con la autoficción no requiere de un andamiaje, le basta con recrearse a sí mismo (y a sus seres próximos) instalándose en el eje de la acción como único paisaje posible. El autor intenta así que lo autobiográfico se convierta en una marca de autenticidad, aunque ello implique una confusión (puede que interesada) entre su vida y la trama de sus novelas, es decir, entre lo real y lo literario.

Esto es lo que propone, una vez más, Manuel Vilas en ‘Islandia’. El autor que deslumbró con ‘Ordesa’ vuelve a sus predios con un monólogo interior autoficcional en torno a su separación. El autor ha decidido anunciar al mundo su ruptura matrimonial a través de una novela. El escritor, «víctima» de esa ruptura, es un hombre que en realidad no entiende por qué se ha acabado su historia de amor, y va conjeturando sobre las causas a base de extraer recuerdos de la vida en común: «no sé qué ha pasado durante estos diez años, ni lo que está pasando ahora, no sé qué ha ocurrido en mi vida, no sé qué narrar, pero aquí estoy, intentándolo desesperadamente para encontrar un sentido» (página136). ‘Islandia’ es una metáfora de la soledad y también del reinicio, «otra región de las relaciones humanas» (página 356).

La novela camina morosamente. Vilas va añadiendo lentamente gotas de información, va suministrándola poco a poco y así va construyendo la historia. Vilas va repitiendo una y otra vez la información, casi obsesivamente, y en cada vuelta añade alguna cosa. Va creciendo así el texto, ampliándose a base de girar sobre sí mismo. Son varias las ocasiones en las que dirá «esto ya lo he dicho en este libro». El lector tendrá la sensación de estar ante la confesión de un amigo, tal es el tono coloquial del texto que, sin embargo, Vilas consigue hacer literario, aunque a veces se le deslicen algunas exageraciones o alguna cursilada, como «era sangre sin otro ser enamorado en donde desembocar» o «del trauma huyen hasta los traumatólogos». Tampoco se privará el autor de hacer juegos metaliterarios (y tal vez promocionales) sobre sus propias obras en un ejercicio de auto referencia: «metí a Ada en mis novelas. Me gustaría recordar mi novela ‘Alegría’, que se publicó en el año 19. En esta novela le di el nombre de Mo (…) Luego con su verdadero nombre ha salido en muchos libros míos» (página 60). Ese “verdadero nombre» es Ana, la escritora y profesora Ana Merino, con quien Vilas ha estado casado durante once años.

Tal y como se explica en el texto, Vilas comenzó a escribir la novela al día siguiente de que su mujer le dejase: «Me dijo, por teléfono, hace unas doce o trece horas, que ya no está enamorada de mí. Literalmente dijo esto: ‘es que ya no estoy enamorada de ti, y tenía que decírtelo, ya no podemos ser pareja’» (página 17).

Se queda el lector con la impresión de que, finalmente, ‘Islandia’ es una novela terapéutica, escrita desde la desesperación, una especie de ejercicio de salvación de un hombre que se da cuenta de cuánto quería a su mujer justo en el momento en que la pierde. Hay un rasgo de similitud aquí con ‘Ordesa’, novela en la que Vilas contó cómo se dio cuenta de cuánto quería a sus padres cuando ya habían fallecido.

‘Islandia’, publicada por Destino, carga con leves defectos pero se eleva sobre grandes virtudes. La novela logra un todo intimista, cercano, natural, difícil de lograr. Eso, unido a un certero uso del ritmo, la convierten en una lectura amena, provechosa. Una muestra más del talento literario que Manuel Vilas viene demostrando desde hace ya varios años, lo que le ha convertido en uno de los autores más leídos de nuestro país.

Islandia

Autor: Manuel Vilas

Editorial: Destino

400 páginas. 20,80 €

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