Editorial Anagrama
Soledad Puértolas huye de la autoficción
En una amena colección de relatos breves, ajusta cuentas con la autoficción,homenajea a Miguel Servet y sobre todo relata el paso ineludible del tiempo y el peso de los recuerdos incrustados en la memoria

Soledad Puértolas / l.o.
A Soledad Puértolas no le gusta la autoficción, esa moda literaria tan en boga en los últimos tiempos donde el escritor/a utiliza su propia vida para reconvertirla en relato y hablar de si mismo con todas las licencias narrativas que tiene a mano y donde la imaginación, esa capacidad mental para crear mundos, personajes y tramas desde cero, no tiene cabida.
Ella es, siempre lo ha sido, creadora de realidades surgidas de la imaginación creativa. En su nuevo libro de relatos cortos, ‘En el camping’, ajusta cuentas de manera lúdica y divertida, para ridiculizar todo lo concerniente a la autoficción. Lo hace en el relato titulado ‘Escritores que hablan de sus vidas’ donde un escritor de literatura juvenil recibe la petición de escribir para una revista un texto que hable de su vida a modo de un diario. Se negó al principio pensando que era un tema en el que no debía meterse, pero al final aceptó y envió el texto. Pero tras múltiples peripecias concluyó que había sido un error mientras se preguntaba con ironía ¿cómo se las arreglan para resultar interesantes los escritores que hablan de sus vidas? Su respuesta es contundente y concluye que lo suyo es inventar historia y que seguirá inventando historias, «es en ellas donde me reconozco».
‘En el camping’ Puértolas firma otros nueve relatos, piezas breves, donde, como señalan sus editores, «demuestra su refinada maestría para observar y contar la vida con una liviandad solo aparente y con una prosa que fluye con pasmosa naturalidad».
En el primero de los relatos, ‘Amistad’, Carla y Amelia, dos grandes amigas, que habían doblado con despreocupación la esquina de los sesenta años tratan de sacar el máximo partido a la vida. Su saludable relación quedó paralizada en marzo de 2020 con el confinamiento obligado por la pandemia del covid. Sus felices costumbres: gimnasio, masajes, el cine los conciertos se vieron frenadas. Al principio siguieron comunicándose con el móvil, pero ésta se fue espaciándose y finalmente se silenciaron. De manera que un año después la una llamo a la otra y ambas manifestaron un profundo asombre por el silencio en su relación. El covid había roto su amistad, discutieron, dejaron de verse y años después, ya ambas metidas en la vejez, volvieron a encontrarse casualmente, pero todo había cambiado; constataron su desafección, la de ambas. Se habían fallado. Qué clase de terremoto se había llevado por delante su gran relación. La máquina del tiempo había tenido una avería.
El tiempo y los recuerdos incrustados en la memoria transitan con tenacidad a veces no querida en ‘Amores’. Aquí un casi anciana Liliana rememora su vida anterior, antes de que, de manera alegórica, un rayo fulminase a su marido. El rayo se había llevado muchas cosas por delante de su vida anterior. Ahora atisbaba fragmentos del presente, pero sabía que esos no eran ya suyos. Su vida ahora era observar. Así observa al portero de la casa y sus devaneos amorosos con la criada y recuerda cuando estuvo a punto de embarcarse en una aventura amorosa con Cisneros, el mejor amigo de su marido. En principio quiso arriesgarse, tener esa aventura, pero finalmente no se atrevió y se quedó sin conocer esa parte de la vida, la del amor clandestino.
Para ella lo más desconcertante había sido el amor. A su edad no era capaz de saber si de verdad había querido a su difunto esposo.
Hay también un homenaje a Miguel Servet, el médico y librepensador que murió en la hoguera de la Inquisición. Lo hace en ‘Annemasse’ a través de un relato singular y costumbrista donde una anciana, desde Villanueva de Sijena, le escribe a una tal Clotilde Roch para expresarle la emoción que le produjo contemplar la estatua de Miguel Servet, el héroe de su pueblo, que había realizado años atrás la bisabuela de Clotilde. La anciana era la hija de un médico que tenía autentica veneración por Miguel Servet. La estatua fue realizad en 1908; en principio se levantó en la ciudad francesa de Annemasse, a ocho kilómetros de Ginebra donde Servet murió en la hoguera. En 1941 la estatua fue destruida por el gobierno de Vichy. En 1960, también en Annemasse se erige una nueva estatua casi idéntica a la original. El colofón es en Zaragoza, en 2004 cuando el gobierno regional encarga a un historiador que busque un modelo para realizar un monumento a Servet para colocarlo en la fachada del hospital universitario y éste recupera el molde de escayola de la estatua esculpida por la artista suiza. La anciana, que reitera la conmoción que sintió al ver la estatua de Servet, muestra también su rechazo total a la manera en que Servet murió en la hoguera. Nadie debe morir en la hoguera.
‘En el camping’, que da título a esta colección de relatos breves, Puértolas vuelve a jugar con el tiempo y los recuerdos. El tiempo ese lugar en el que moverse de aquí para allá, retrocediendo y volviendo al presente, sin daño; y los recuerdos y la dicha de volver a ellos también sin que nos sintamos dañados por evocarlos. Todo gira en torno a Marieta, la novia del hermano de la narradora, una mujer guapa, alegre y generosa que un día desapareció de sus vidas dejando una sombra grata. Como Modiano en sus mágicas novelas, ella busca el rastro de Marieta sin encontrarlo hasta que un día, en el lugar más insospechado, la imagen de Marieta vuelve y los recuerdos regresan, sin herir, más bien al contrario, para sanar viejas heridas, para ser dichosos al evocarlos.

En el camping
Autora: Soledad Puértolas
Editorial: Anagrama
144 páginas, 17,95 €
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