Novela
George Simenon, las orillas púpuras del mar Negro
‘Los vecinos de enfrente’ una novela de alta tensión psicológica en la que el autor belga, con los ojos de un cónsul turco, nos lleva a Batumi, ciudad portuaria en Georgia bajo un estalinismo opresivo y kafkiano

George Simenon. / L.O.
«El cielo y el mar eran de color púrpura. Los mástiles se dibujaban en negro. Unas barcas oscilaban sin ruido». Podría ser una evocación de ‘Impresión, en sol naciente’ de Claude Monet, pero es una descripción de Batum -Batumi en georgiano-, de Georges Simenon (Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989), la ciudad portuaria de Georgia, en la costa más oriental del Mar Negro, próxima a Turquía. Simenon la describe de este modo poético con una cierta musicalidad en la prosa. Es en su novela ‘Los vecinos de enfrente’. La trama se desarrolla en los oscuros años del estalinismo, que es cuando llega el diplomático Adil Bey, enviado como representante de la República de Atatürk, la república turca tras la desaparición del imperio otomano en la Primera Guerra Mundial. En Batumi solo había tres consulados extranjeros, el turco, el italiano en los tiempos fascistas de Mussolini, y el persa en la época del Sha. Para los diplomáticos vivir allí era aburrido, en un mundo soviético totalmente distinto al nuestro, con un estado totalitario, y a la vez autoritario con el Gulag y ejecuciones con excusas alienantes como ser contrarrevolucionario. Adil Bey sentirá la vigilancia de sus propios vecinos.
«En cuanto a la ciudad, detrás del puerto, eran callejas que se prolongaban hasta el infinito, mal adoquinadas o sin adoquinar, flanqueadas por casas decrépitas», mientras Adil Bey daba sus primeros paseos y «se iban encendiendo las farolas de gas, al mismo tiempo que las linternas verdes y rojas de los barcos anclados». Mientras caminaba observaba carteles que hacían propaganda de Stalin y una estatua de bronce de Lenin, o la manera de vestir de la gente, los hombres con la camisa abierta y las mujeres con calcetines arrollados en el tobillo. Adil Bey se sentía solo, el funcionario turco que fue a recibirle se marchó a la embajada de Tiflis. Habían acordado que tendría una secretaria rusa, Sonia, sin poder asegurarle el funcionario de la legación turca si podía confiar en ella.
Georges Simenon -un escritor por el que Julio Cortázar y Gabriel García Márquez compartían admiración- demuestra en esta historia, más allá de las novelas negras de su mítico comisario Maigret, un extraordinario oficio con una técnica canónica: su narrador omnisciente, estilo directo, un ritmo narrativo curtido a base de corregir y romper miles de páginas, y esa técnica de comenzar a través de una escena en acción, digamos, no empezar la narración en frío, sino en caliente lanzando al lector a ese tiempo narrativo in media res, es decir, con la historia ya en marcha. Y es que las credenciales de Simenon no son académicas, sino algo invaluable como la destreza, el talento, la técnica, y el coraje de sentarse con su máquina de escribir ante el desafío del folio en blanco. Con esta novela manifiesta unas extraordinarias tablas literarias, que no solo es capaz de pasearnos por el Boulevard Haussmann de París en su obra prolífica, sino ahora, en esta ocasión, por la lejana Batumi, una ciudad que en la que, noventa años más tarde, podemos ver su transformación en el siglo XXI con un skyline futurista.
Regresando a la década de los años treinta del siglo XX, una luz triste de una bombilla sin pantalla es lo que Adil Bey encuentra en su consulado. En la ventana de enfrente vio a alguien, ¿tomando el fresco o vigilando? Esta anécdota recuerda a uno de los viajes de Kapuscinski a la China de Mao - ‘Viajes con Heródoto’, Anagrama-, donde un tipo que le acompaña deja abierta la puerta de su habitación y también la de Kapuscinski. En la novela de Simenon, Adil Bey despierta en mitad de la noche y observa en la ventana de enfrente «un punto brillante, la brasa de un cigarrillo». Por la mañana, Adil Bey descubre a una mujer robusta en la ventana de enfrente que ordena la habitación, y que en realidad era todo el apartamento con un infiernillo de alcohol para cocinar. La mujer le mira como si no fuera la primera vez que lo hace. En esa habitación Adil Bey descubre la gorra de un agente de la GPU, la policía secreta para la represión política, digamos, la sucesora de la temida Checa en los primeros años de la Revolución rusa. Es como ‘La ventana indiscreta’ de Alfred Hitchcock, pero a la inversa, el protagonista no es quien observa, sino el observado, ¿se trata de un estado de alerta justificado o de paranoia? Por el contexto y la casualidad de esa gorra, todo pinta, más bien, a lo primero.
Un elemento central en esta novela es Sonia, la secretaria rusa de Adil Bey. La primera vez que hablaron él se dirigió a ella en francés, y entre la gente, que había ido a hacer trámites esa mañana al consulado, había una mujer dando el pecho a su bebé y un anciano que iba descalzo. La atmósfera creada por Simenon no es solo una literatura elevada, como decía Chéjov, si un escritor cuenta que hay una escopeta en una habitación, esta no está para permanecer colgada en un clavo, sino para ser disparada en algún momento. Simenon está describiendo el ambiente al que llega Adil Bey, la relación cínica entre los cónsules extranjeros, la opresión, y la miseria. Sonia es un personaje fronterizo, pertenece a ese sistema, pero no es una villana, sino una superviviente que conecta con Adil Bey.
El mar suena igual en Málaga que en Batumi, pero la literatura de Simenon tenía que pasar por Georgia para entregarnos esta novela, que no es la famosa de su obra, pero que es, sin duda, una muestra sublime de su mejor literatura.

Los vecinos de enfrente
Autor: Georges Simenon
Editorial: Acantilado
Traducción: CarlosPujol
Páginas: 168
Precio: 16,00 €
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