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Crónica

Cartografía de lo insólito: mito y extrañamiento

Realismo mágico vs. realismo fantástico más allá de las etiquetas, un barrido hasta Mariana Enriquez pasado por las almas literarias de Gabo y Cortázar

Cortázar y García Márquez

Cortázar y García Márquez / l.o.

Santiago Ortiz Lerín

Santiago Ortiz Lerín

En el escaparate de una librería de la Rue Monsieur le Prince de París, Luis Harss, el escritor chileno de ‘Los nuestros’ -Alfaguara-, descubrió la novela de Julio Cortázar ‘Rayuela’. Imaginamos la primera edición en la editorial Sudamericana, un año después del mágico 1962, justo cuando comenzó el Boom latinoamericano. El crecimiento del cabello rojizo de Sierva María de Todos los Ángeles, que alcanzó unas proporciones imposibles para la naturaleza después de su muerte, supuso en ‘De amor y otros demonios’, de García Márquez, una muestra de la fuerza de lo que nunca muere, la narrativa garciamarquiana. El Boom fue un movimiento cultural a la altura del Siglo Oro o los rusos del XIX, que consiguió otorgar una identidad literaria sin precedentes a Latinoamérica. Sus distintas fantasías, desde lo real maravilloso de Alejo Carpentier y su novela ‘El reino de este mundo’, el realismo mágico de Juan Rulfo y García Márquez, o el realismo fantástico del argentino más parisino, Julio Cortázar, contribuyeron a enriquecer a la literatura en español con el estudio de las excepciones a las leyes de la realidad, como decía Alfred Jarry. Esto último espoleó a Cortázar y su teoría de lo fantástico a través del extrañamiento, como explicó en la Universidad de Berkeley (California) en 1980.

El Boom no surge de la nada, nace de antecesores como Horacio Quiroga, Roberto Arlt, o Jorge Luis Borges, que fue quien publicó por primera vez ‘Casa tomada’ de Cortázar en una revista bonaerense. El contrapunto de esa fantasía en el Boom fue Mario Vargas Llosa, fallecido en abril de 2025, su genio en la literatura se mostró pegado de un modo más estricto que los anteriores a un realismo sin adjetivos, como dijo de él Carlos Fuentes: «la fuerza de enfrentar la realidad latinoamericana». Este 2026, seis décadas después del nacimiento del Boom, Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) publica su libro de relatos ‘Nunca cruces ese umbral’, donde recoge la obsesión, una casa abandonada, y el horror, los ingredientes de la literatura de esta autora bonaerense que mezcla hiperrealismo social con ese extrañamiento cortazariano, en algunas de sus historias, pero con un toque más sórdido, más perturbador.

El matiz respecto a Mariana Enriquez lo percibimos en un corral de una casa colombiana donde los vecinos acuden a mirar a un hombre enfermo con aspecto escandinavo, es ‘Un señor muy viejo con unas alas enormes’, un ejemplo de realismo mágico, uno de los cuentos de García Márquez que transcurre en un contexto rural de Latinoamérica, donde una familia, tras la lluvia, se encuentra en el corral de su casa a un ángel decrépito caído del cielo.

La fantasía de Cortázar difiere de la de García Márquez, generalmente, porque sus cuentos transcurren en zonas urbanas, en Argentina o en Europa. Además, su fantasía se basa en lo extraño, o elementos que siendo puramente reales causan sensación de fantasía, es decir, su idea del extrañamiento para alcanzar lo fantástico. Un ejemplo entre sus cuentos es ‘Ómnibus’, y otro ‘La Autopista del Sur’, donde se muestran sus elementos reales y que a través de esa sensación de extrañamiento provocan fantasía. La vuelta de tuerca de Mariana Enriquez, en alguna de sus historias, se encuentra en ese punto.

Sin embargo, la imaginación del Boom latinoamericano no es algo aislado que surge de repente, Carlos Fuentes nos muestra en su ensayo ‘La gran novela latinoamericana’ el origen de la literatura en América latina, la inspiración del continente, y, tal vez, una menor represión en las lecturas por parte de la inquisición española en tiempos pasados respecto a la propia España. Pero ya en el siglo XX surgen escritores como Bioy Casares, Silvina Ocampo, entre otros, o escritoras como Clarice Lispector o Alejandra Pizarnik, que destaca por su obra ‘La condesa sangrienta’.

Un antecedente en nuestro país a la fantasía del realismo mágico es la novela de Wenceslao Fernández Flórez ‘El bosque animado’, publicada en 1943. Sin embargo, España ha sido un país demasiado propenso al realismo, salvo excepciones como Cervantes y ‘El coloquio de los perros’, o las lecturas de Don Quijote en la novela como el ‘Orlando furioso’. En una entrevista de Cortázar en ‘A fondo’, el programa de TVE que en 1977 presentaba Joaquín Soler Serrano, decía que se alegraba de que Pizarro y Cortés ya no separasen a los españoles de los latinoamericanos, y que la lectura de escritores del Boom se hiciese en nuestro país como escritores propios.

‘El bosque animado’, que fue adaptada al cine, nos muestra mitos y folklores gallegos, las meigas, bosques frondosos, y la Santa Campaña que figuraba en ‘Romance de Lobos’ de Valle-Inclán, y que es, quizá, lo más cercano en nuestro país al realismo mágico del Boom latinoamericano. Ese realismo mágico no es un capricho del autor, en primer lugar, como todos los géneros literarios, el realista o el fantástico, se sustenta en verosimilitud y en una coherencia interna. El realismo mágico es una pincelada de fantasía que distorsiona sutilmente la realidad creando esa sensación fantástica, no se trata de ocurrencias azarosas del escritor. La fantasía no es un territorio anárquico, se basa en constantes como el pacto tácito con el lector, quien confía en el autor y que no le hará piruetas que falten a su inteligencia. El realismo mágico no es una etiqueta editorial, es una categoría literaria.

Si tuviéramos que dibujar la fantasía en una pizarra, sería un cono invertido entre dos segmentos: imaginemos la realidad representada como una secuencia de puntos, y que cada uno de ellos fuesen elementos que componen lo que nos rodea, es decir, el suelo, el aire, la luz, las paredes de una habitación, los muebles; si tomamos uno de esos elementos y lo distorsionamos, y en paralelo a esa línea de puntos dibujamos ese punto de distorsionado mucho más grande y conectado con el original, como si fuese un haz, resultaría un cono invertido, al que vuelto a rodear de los mismos puntos del segmento de la realidad para crear verosimilitud, habríamos creado una dimensión paralela, conocida con el nombre de fantasía.

El cono invertido de Julio Cortázar, a diferencia del realismo mágico de García Márquez, se genera en zonas urbanas, y es a través del extrañamiento, es su manera de distorsionar la realidad hasta convertirla en algo fantástico. La diferencia entre el realismo mágico y ese realismo fantástico parece solo un matiz, pero va más allá, es una cuestión de impacto, más allá de etiquetas editoriales, el realismo fantástico en los cuentos de Cortázar continúa fiel al método de composición de Edgar Allan Poe que busca el impacto en el lector. El cono invertido de Mariana Enriquez es más del siglo XXI, digamos, ese hiperrealismo que lo impregna todo.

En la narrativa publicada en los últimos años en nuestro país, la novela de la japonesa Yoko Ogawa, ‘La policía de la memoria’, tiene un punto de conexión entre Kafka y Cortázar, esa sociedad imaginaria donde las autoridades obligan a la gente a olvidar lo que ellos dictaminan, y cómo son perseguidos los que se niegan al olvido. Murakami también es un ejemplo en su literatura, ‘La ciudad y sus muros inciertos’. Podríamos decir, de algún modo, que el realismo fantástico continúa siendo una forma de rebeldía.

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