Periférica
El exilio del idioma
En ‘Amy Foster’, Joseph Conrad condensa en menos de cien páginas la más honda y dolorosa meditación sobre el desarraigo

Conrad no es un escritor de aventuras / L.O.
Más que una novela corta, Amy Foster es un cuento largo, aunque tampoco demasiado largo. He tenido el placer de volver a leerlo de una sentada para admirar nuevamente cómo su autor, Joseph Conrad (Berdichev, Ucrania, 1857 Bishopsbourne, Reino Unido, 1924) es capaz de condensar en territorio tan breve una de las meditaciones más sobrias y dolorosas sobre el exilio que ha producido la literatura moderna. La historia que cuenta avanza con discreción; bajo su sencillez late una experiencia profundamente personal. Conrad, marino polaco que adoptó la lengua inglesa con una mezcla de disciplina y desarraigo, parece aquí escribir sobre una herida que antepone a los personajes. Publicada por primera vez en 1903 e incluida inicialmente en el volumen Typhoon and Other Stories, la narración se articula como un recuerdo contado por el doctor Kennedy al narrador en un acostumbrado procedimiento conradiano. Este recuerdo se va desplegando en las capas de la memoria como si los hechos hubieran sido digeridos lentamente por la conciencia.
El protagonista, Yanko Gooral, un campesino de los Cárpatos, llega a las costas de Inglaterra tras el naufragio de un barco que transportaba emigrantes centroeuropeos. No habla inglés, no comprende el mundo al que ha sido arrojado, y lo primero que despierta es sospecha. De este modo, Conrad plantea la incomunicación como clave moral. Yanko no es simplemente un extranjero; se trata ante todo de un desconocido ilegible. Los campesinos ingleses que lo rodean –prácticos, desconfiados, firmemente anclados en su pequeño universo rural– no logran reconocer en él a un semejante. Su idioma extraño suena como un balbuceo que les inquieta; sus gestos parecen señales de locura. En el fondo, el miedo de la comunidad no es irracional; no temen a Yanko, sino a lo desconocido que trae consigo. Si lo están pensando, lejos de equivocarse, darán en el clavo: una de las lecturas de este libro podría resultar rigurosamente actual por los rece los que provoca el inmigrante, o el otro en sus múltiples formas.
Entonces aparece Amy Foster, una muchacha humilde. No es una heroína en el sentido tradicional, sino una criatura tímida, casi invisible dentro del pueblo, cuya vida transcurre entre la obediencia y la pobreza. Su gesto compasivo –darle pan al extranjero cuando todos lo rehúyen– inaugura una relación que, durante un tiempo, parece desafiar la lógica del entorno. Hay en este vínculo algo profundamente conmovedor y a la vez fatal. Amy rescata a Yanko de la intemperie social, pero no puede salvarlo del aislamiento esencial que lo rodea. Conrad describe con extraordinaria delicadeza el proceso mediante el cual el extranjero aprende el nuevo idioma, trabaja la tierra, se integra gradualmente en la vida rural inglesa. En uno de los momentos memorables del relato, Yanko enferma gravemente y, delirando, vuelve a hablar en su lengua natal. Lo hace en medio de la noche, con la voz de alguien que llama a su madre desde el fondo del tiempo. Amy, que no entiende esas palabras, cree encontrarse ante un verdadero desconocido. El hombre al que ha cuidado y amado se transforma de pronto en un ser extraño y aterrador. La mujer que lo había acogido huye de su lecho. La barrera del idioma, que durante años pareció superada, reaparece como una grieta definitiva. Todos actúan dentro de los límites de su comprensión, pero la tragedia surge precisamente de esa limitación, en la que cada personaje es prisionero de su propio horizonte.
Es difícil no leer Amy Foster como una transposición literaria de la experiencia de Conrad. Nacido Józef Teodor Konrad Korzeniowski, pasó buena parte de su vida escribiendo en una lengua que no era la suya. La proeza lingüística que se admira en sus novelas fue también la expresión de una tragedia íntima consecuencia de la imposibilidad de traducir su propia alma.
En el fondo, todos comprendemos algo de Yanko Gooral. El exilio que describe Conrad, quien tuvo un papel muy colaborador en la narración de su propia historia, no pertenece solo a inmigrantes y náufragos. Es una experiencia más universal: abarca la sensación de que, incluso entre los nuestros, siempre queda algo esencial que no logramos decir. Y que tal vez nadie, nunca, terminará de entender. Por eso, quizá, John Galsworthy reclamaba a los editores suma atención para su «amigo literario», que llegó en algún momento a dudar de si se le estaba entendiendo bien.

Amy Foster
- Joseph Conrad
- Editorial: Periférica
- Traducción: Felipe Morales Anguita
- Precio: 12,00 €
- 80 páginas
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