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El Parnaso

José Manuel Díez: El grito en el que habitala poesía

El poeta extremeño presenta en ‘La edad del grito’ una obra que explora la tradición lírica española y la rebeldía juvenil, con poemas que conmueven y calan hondo en el lector

José Manuel Díez.

José Manuel Díez. / L.O.

José Antonio Santano

José Antonio Santano

Para Federico García Lorca: «la verdad poética es una cosa que cambia al ser comunicada de manera diferente. Lo que es luz en un poeta puede ser fealdad en otro, y, desde luego, sepamos todos que la poesía no se entiende. La poesía se recibe; la poesía no se analiza, la poesía se ama. Nadie diga «esto es claro», porque la poesía es oscura; nadie diga que «esto es oscuro», porque la poesía es clara», y añade el granadino universal: «La misión del poeta es esta: animar, en su exacto sentido: dar alma» (Conferencia: Imaginación, inspiración, evasión. (El Defensor de Granada, 11.10.1928). Así es. Acabemos de una vez por todas con esa incomprensible concepción de que la poesía es solo artificio (la técnica se aprende), pero el alma, la emoción del corazón del mundo solo se alcanza si algo dentro del poeta vibra o tiembla, sacude y conmociona. El resto es pose, impostura, inconsecuente modernidad. En este sentido cabría destacar, por una parte, el continuo fluir y asimilación de la mejor tradición lírica española, y, de otra, la agitación propia de la rebeldía, de ese tránsito hacia el conocimiento de otros mundos y vidas. Esto mismo es lo que nos propone ‘La edad del grito’, del poeta extremeño José Manuel Díez (Zafra, 1978). Los dos libros contenidos en ‘La edad del grito’: ‘42’ y ‘La caja vacía’, son precisamente consecuencia de esa rebeldía de juventud que Díez expresa de manera sublime y contundente en este volumen, sin que hayan perdido, por el tiempo transcurrido, frescura y actualidad, todo lo contrario, pues en ellos late la voz de un poeta firme en sus convicciones y exponente de esa poesía que cala y se adentra en el corazón del mundo. El reconocimiento a su obra lo evidencian premios tales como el Vicente Aleixandre, Hiperión, Ciudad de Burgos y Jaén de Poesía, entre otros, aunque el verdadero premio para un poeta son los lectores y la obra en sí misma, escrita desde la experiencia de lo vivido y la trascendencia de la palabra, esa que fluye y corre hasta el alma de todo lo creado. Y lo cierto es que la poesía de José Manuel Díez posee todos los elementos necesarios para ser a un tiempo sencilla y honda, creada para llevar al lector al universo de los sueños desde una realidad que deriva en asombro.

En la nota preliminar del libro, escribe Miguel Ángel Lama: «…una de las actitudes más visibles en los libros de José Manuel Díez fue su aprecio a la tradición inmediata y cercana de los poetas de Extremadura, que considero, en los términos que afecta a nuestra historia, un rasgo muy representativo de la normalización de la literatura en Extremadura desde los años ochenta del pasado siglo». Las raíces de una selecta tradición poética están presentes, sin duda alguna, en la lírica de Díez, que asume y recrea en su manera de escribir y sentir la vida, que al fin y al cabo es literatura, como nos muestra desde la cita inicial del libro: «Muy anterior al lenguaje fue el grito: /un grito en el que ya habitaba la poesía». El primero de los textos, ‘42’, está dedicado a los padres y abuelos, con amor y gratitud, y en él la poesía –sencillez y belleza– es reclamada para sí y el mundo: «Estos son mis poemas. /Los escribí al dictado de la sangre, /casi siempre atraída /por la complejidad de la belleza, /aunque suelan ser simples como nudos de soga, /sencillos como el paso de una nube. (…) Estos son mis poemas. /Si los dejan sonar, oirán mi alma. /Son más que unos poemas: son un hombre». Este es el comienzo de una singladura que llevará al poeta hasta al más profundo de los abismos para ascender luego a la más alta cima de la luz. En toda esta poesía de ‘42’ se hallan los recuerdos, la nostalgia de lo vivido y sentido, y Díez se aferra, y lo hace porque el olvido degenera y nos convierte en seres amorfos: «Recuerdo, sobre todo, /la primera mentira que logró sonrojarme, /cinco versos de Hierro, tres de Alberti, /uno de Goytisolo, la destreza / de mi abuela fregando los cacharros /encorvada a la luz de la cocina, /mujer atravesada /por la serenidad de la ternura». Escribió en su día Álvaro Valverde: «42, el primer libro de José Manuel Díez, tiene una condición emocionante. Poemas llenos de una humilde cordura, impropia de alguien de su edad, dotados de una música alegre y contagiosa, a veces con aires de canción», y así sigue siendo. En estos ‘42’ poemas se condensa la apasionante juventud del poeta, cantor de la vida y sus silencios, que nadie como él sabe traducir a palabra, luminosa palabra diría yo: «El derecho a la vida es uno solo, /no le den diferencias entre ricos y pobres, /entre necios y ustedes, los preclaros. /No le resten verdad a su justicia /ni dolor a su pérdida /contra los que suplican, los que piden ayuda, /los que, día tras día, rehuyendo al desconsuelo, /se limitan a ser, humildemente, /a vivir en la espera y la esperanza».

«La caja vacía pone de manifiesto la idoneidad de la poesía pare construir con imágenes, con pensamientos, con palabras que no necesitan ser distintas a las de nuestras conversaciones cotidianas, un mundo propio capaz de generar en torno a sí su propia atmósfera y bajo cuyas leyes todo sucede como real», esto escribió el también poeta extremeño Basilio Sánchez como comentario a la primera edición del libro. Y, ciertamente, no le falta razón. La capacidad lírica de José Manuel Díez para crear imágenes que trascienden la realidad percibida aflora en todo el texto. Díez, que ha bebido de la más clara tradición literaria universal, construye un monumental edificio poético en el que, como es natural, está cimentado sobre la experiencia vital, esa que nos hace adentrarnos en la oscuridad y el silencio, la que forma parte de lo invisible para ser luz y forma, para ser, en definitiva, pura esencia: «¿Y para qué poetas? /¿Para qué la palabra en el silencio /y el amor en la muerte? /¿Para qué la esperanza de trocar lo insalvable /y salvarlo? // Poetas. ¿Y para qué poetas a esta altura? /A esta altura de sed y de pregunta. /A esta altura fundada contra el vértigo /por vocación de salto y plenitud». Así es la poesía de José Manuel Díez: clara y plena, un grito de luz en el universo cotidiano de los días, en el «origen»: «Todo inicia en la infancia…/ Todo inicia en el reino desprovisto de muerte /que llamamos infancia. /Y muy probablemente, /también termine en él».

La edad del grito

  • José Manuel Díez
  • Editorial: Editora Regional de Extremadura
  • Precio: 11,99 €
  • 218 páginas
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