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Novela

James Hilton: el Tíbet del monasterio Shangri-La

En ‘Horizontes perdidos’ unos occidentales son secuestrados por un piloto en la India hasta el país de los lamas, allí el protagonista se descubre a sí mismo. Es la búsqueda de la paz espiritual en el periodo de entreguerras

Imagen HILTON

Imagen HILTON

Santiago Ortiz Lerín

Santiago Ortiz Lerín

Uno de los límites de la meseta del Tíbet es una muralla natural congelada entre China, la India y Pakistán, es la cordillera Karakórum. Junto a ella se halla el Nanga Parbat en el Himalaya, una de las montañas más altas del mundo. El núcleo central de la cordillera Karakórum se extiende sobre unos quinientos kilómetros con glaciares y con otras de las montañas más altas de la Tierra. James Hilton (Lancashire, Reino Unido, 1900 - Long Beach, Estados Unidos, 1954) decía en su novela ‘Horizontes perdidos’: «entonces toda la cordillera, mucho más cercana ahora, palideció hasta adquirir un nuevo esplendor; se elevó una luna llena iluminando un pico tras otro cual farolero celestial, hasta que la larga línea del horizonte resplandeció contra un cielo negro azulado».

Conectar la India con el Tíbet en la mente del lector, en una huida desesperada e involuntaria hacia un misterioso monasterio lamaísta llamado Shangri-La, el nombre exótico de un paraíso desconocido en la Tierra, es una de las lecturas con mayor efecto y seducción para la imaginación. Enormes lagos sagrados al pie de glaciares de paisajes austeros y majestuosos, con banderas de oración azotadas por el viento, y estupas budistas en montes escarpados, con monjes vestidos con túnicas granate y azafrán, y sus míticos yaks, animales lanudos con enormes cornamentas. Es la imagen que se tiene del Tíbet, ese país en el techo del mundo que inspiró a James Hilton en su mítica novela ‘Horizontes perdidos’, publicada originalmente en 1933, y que hoy publica en español Trotalibros Editorial. Y es que muchos han intentado encontrar el monasterio de Shangri-La en algún lugar recóndito de Asia, pero esa ubicación lejana solo está en un lugar profundo del alma del lector, aunque James Hilton se inspirase en el Tíbet.

El eco de un cencerro abollado, el ruido de guijarros que alguien pisa en un camino pedregoso, y los motores de un avión a baja altura sobre nuestras cabezas, así es como podríamos percibir la llegada de Hugh Conway, el protagonista de esta novela, si estuviésemos justo en ese instante en un agreste valle tibetano.

En una ciudad al noroeste de la India, en tiempos del Raj Británico, un último avión despega para evacuar a unos occidentales en mitad de una revuelta: Hugh Conway es un diplomático inglés que luchó en la Primera Guerra Mundial; Mallinson es su adjunto en la legación diplomática; Miss Brinklow es una misionera; y Barnard es un financiero con una identidad falsa por haber cometido un fraude. El piloto del avión les secuestra y sobrevuela la muralla congelada de las cordilleras Karakórum e Himalaya, hasta que el avión realiza un aterrizaje forzoso y accidentado en el Tíbet. Chang, un monje de Shangri-La, les rescata y les lleva al monasterio. A pesar de las crestas heladas de las montañas el valle es fértil. Los habitantes del monasterio tienen una particularidad, viven cientos de años por el clima y su tipo de vida. Todos quieren volver a casa salvo Conway, que siente paz y conoce al Gran Lama, quien había sido un monje capuchino francés, el padre Perrault en el siglo XVIII. Shangri-La es una reserva del arte, la cultura, y la sabiduría de la humanidad ante una inminente destrucción -cabe recordar que la novela se publicó en 1933, en el período de entreguerras, es decir, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial-. Conway duda en regresar o quedarse en Shangri-La, fuera de los límites del valle la juventud de sus habitantes desaparece, y también la paz que allí respiran. Mallinson quiere huir con Lo-Tsen, la aristócrata manchú que vive en el monasterio y de la que se ha enamorado.

El título de ‘Horizontes perdidos’ es, en realidad, una metáfora, es Shangri-La. Sin embargo, esta novela no habla de monjes tibetanos tal y como los conocemos, sino de una extraña secta fundada por un europeo de una longevidad imposible que parece un monje del Tíbet, y que con la estética de sus templos, y esa paz tibetana, hay lo que podríamos llamar sincretismo. El efecto final en el lector es un viaje al interior de sí mismo, como Conway en la novela. A diferencia de otras lecturas que dejan un sabor en el paladar, ‘Horizontes perdidos’ lo que deja es una emoción suave e indefinible que solo reconoce el subconsciente del lector, sobre todo cuando vuelve a encontrarse con este libro, tiempo después, y se esboza una sonrisa melancólica.

Diecisiete años más tarde de la publicación de esta novela, ‘Horizontes perdidos’ de James Hilton, el ejército de la República Popular China ocupó el Tíbet, y en 1959 el Dalai Lama se exilió en la India. La mayor institución tibetana en España es la Casa del Tíbet en Barcelona, si bien, cabe señalar de nuevo que esta novela de James Hilton está inspirada en el Tíbet, pero los monjes no son realmente budistas, y el monasterio de Shangri-La es ficticio, aunque algunos hayan intentado localizarlo en algunos lugares de Asia, y que en 2001 se bautizó como Shangri-La la ciudad tibetana de Zhongdian. La novela logra provocar en el lector un lugar imaginario dentro de sí mismo, un refugio de paz. La grandeza de James Hilton, que fue guionista en Hollywood, consiste en impactar en la imaginación del lector. El autor estudió en Cambridge y ganó un Óscar como guionista con la película ‘La señora Miniver’.

«Sentía una extraordinaria sensación de paz física y mental. Era verdad: era tan simple como que le gustaba estar en Shangri-La», digamos que Conway dejó de ser el que era, tal vez el lector sea Conway, solo que aún no lo sabe.

Horizontes perdidos

James Hilton

Editorial: Trotalibros

Traducción: Patricia Antón

Ilustración: Jordi Vila Delclòs

Precio: 23,95 €

264 páginas

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