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Aniversario

120 años ‘esperando’ de nuevo a Samuel Beckett

Se cumplen 120 del nacimiento del genio irlandés autor de ‘Esperando a Godot’. La vigencia de la novela y la dramaturgia de Beckett es absoluta. Ese mundo terrorífico que él retrató en sus escritos sigue ahí, acecha y empuja, dispuesto a traer de nuevo el caos

Samuel Beckett

Samuel Beckett / L.O.

Peggy Guggenheim, la multimillonaria mecenas artística, con la que tuvo una ardiente relación amorosa y sexual en 1939 le llamaba Oblomov, como el protagonista de Goncharov y en alusión a su carácter indolente. Pero Samuel Beckett no fue nunca un apático, al menos en todo lo que concernía a su trabajo de creación literaria. Hoy cuando celebramos los 120 años de su nacimiento y constatamos la impresionante herencia artística que nos legó, sonreímos al recordar cuan equivocada estaba su amante Guggenheim al mentar a Beckett. Sólo una menta lúcida y nada apática como la de Samuel Beckett podía concebir historias como las que escribió, sobres las fallas sociales que produce la alteración de la razón y, más sutilmente, sobre las brutales consecuencias de la guerra y la intolerancia.

Considerado uno de los escritores actuales más influyentes, sus obras sin embargo, siguen suscitando pasiones encontradas de admiración o rechazo. La escritura de Beckett es única e inconfundible, teniendo un rasgo fundamental como es presentar temas trágicos, como los pesares de la vida, la soledad o la infelicidad, encarnados en formas cómicas. Maestro de la parodia y la ironía y dotado de un sentido del humor corrosivo inimitable, Beckett crea un mundo propio poblado de seres extraños que son

Samuel Beckett nació hace ahora 120 años, el 13 de abril de 1906, en Foxrock, un suburbio de Dublín, en el seno de una familia angloirlandesa de clase media, donde creció en un ambiente religioso y solitario que incubaría su estilo sobrio y meditativo.

En 1969 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura «por su escritura, que, renovando las formas de la novela y el drama, adquiere su grandeza a partir de unos pensamientos e ideas muy agudos, como el señalar la indigencia moral del hombre moderno, o su condición de gusano dirigido y manipulado por otros, y dibujar muchas situaciones humanas absurdas y contradictorias».

Una noche de enero de 1938 en París, de camino a casa con unos amigos, fue apuñalado por un proxeneta en la calle. La hoja rozó su corazón, pero le perforó un pulmón y fue trasladado de urgencia al hospital. Durante su estancia en el hospital recuperándose del atentado, una de las visitantes de Beckett fue Suzanne Descheveaux-Dumesnil, una francesa de treinta y siete años a quien ya había conocido jugando al tenis. Suzanne se convirtió en su esposa y en su gran apoyo pues se dedicó a publicar su obra y, más tarde, a protegerlo de las intromisiones de periodistas, oportunistas y personas que se aprovechaban de él.

Su obra más emblemática, ‘Esperando a Godot’, representa el teatro del absurdo: dos vagabundos, Vladimir y Estragon, esperan inútilmente a un tal Godot, sin que este personaje aparezca jamás, una metáfora punzante de la espera humana sin sentido. Cuando Esperando a Godot se estrenó en el pequeño Théâtre de Babylone de París en 1953, el mundo del teatro se sorprendió (y quizás se sintió un poco resentido) al verse transformado. Mientras que muchos espectadores y críticos abuchearon o se encogieron de hombros y se apartaron, unos pocos perspicaces descubrieron un drama muy humano reducido a sus gestos más esenciales: expectativa, compañía, abuso, esperanza. Las múltiples resonancias que se encuentran sin duda en esta obra hablan por si misma. Su universalidad y su grandeza residen en que cada uno de los espectadores puede sacar sus propias conclusiones y se ve, de un modo u otro, representado en sus protagonistas. Esperar a Godot es esperar la cristalización de los deseos y necesidades que todos tenemos.

La amistad de Beckett

  • André Bernold
  • Editorial: Ediciones del Subsuelo
  • Traducción: Anne-Hélène Suárez
  • Precio: 17,00 €
  • 101 páginas

En septiembre de 1940, con la ciudad de París ocupada por los nazis, Beckett se unió a la resistencia. Trabajó traduciendo y enviando mensajes con destino al servicio de inteligencia británico. Los alemanes descubrieron su grupo y debió huir en agosto de 1942 con la Gestapo pisándole los talones. Él y su mujer se escondieron en el pueblecito de Roussillon, al sur de Francia. Allí, simulando ser un campesino, continuó escribiendo. Con la liberación de Francia, Beckett volvió a París en agosto de 1944.

En 1945, tras regresar a París, decide y escoge el francés para escribir su obra. Se inicia también aquí la etapa más fructífera de su actividad como escritor, que culmina con En attendant Godot, su obra más famosa .

Este periodo de escritura francesa, según los expertos hacen de Beckett un escritor genial, una de las voces más originales y uno de los autores más revolucionarios del siglo XX. El cambio de legua le permitió a Beckett crear su estilo único, dotado de un lenguaje musical, sencillo y cortante, con frases fáciles de entender, al eliminar cualquier erudición. Su trilogía de novelas, Molloy (1951), Malone muere (1951) y El innombrable (1953), escrita a un ritmo extraordinario en francés y posteriormente traducida al inglés por el propio Beckett, se encuentra entre las mejores obras en prosa del siglo.

El idioma del silencio

Coincidiendo con este aniversario llega a España el libro de André Bernold ‘La amistad de Beckett’, donde siguiendo la mirada de este profesor universitario acompañamos los diez últimos años de la vida del genio irlandés. Cuando Bernold conoció a Beckett por primera vez al final de los años setenta era estudiante en París, tenía 20 años. Había leído a Beckett y lo admiraba; le escribió, luego lo visitó y lo escuchó; esto sucedió con regularidad hasta la muerte de Beckett. En estas páginas inteligentes, trascendemos la mera admiración y entramos en el reino de una noble observación que conducirá a la amistad entre los dos hombres. El relato agudo y preciso de una amistad. El admirable librito de Andre Bernold cuenta esta relación extraña. A través de la mirada de Bernold este nos retrata a un Beckett lacónico, que hace del silencio su mejor idioma. «Se ha hablado mucho de los silencios de Beckett. Eran naturales, los de un hombre que no tenía gran cosa que añadir a los que ya había expresado en sus libros», observa Bernold. Ser lacónico es una mentalidad y una disposición corporal, un trastorno no solo del habla, sino también del lenguaje, de la persona en su totalidad. Es la forma en que Beckett se presenta al mundo. Como hombre de teatro estaba siempre atento a la posibilidad de sacar partido de su costumbre de rechazar casi todo lo que le venía a la mente, buscaba la solución en el horizonte. Se impacientaba rara vez. La desaprobación apenas la expresaba con palabras. La ira le dibujaba una mueca de decepción extrema. La ironía y la bondad predominaban en él. Se adhirió a una infalible puntualidad, tenía una forma de reír que no era del todo risa. Bernold le preguntó qué habrías hecho si no hubieras sido escritor, «Yo habría escuchado música», le contestó, y a sus 80 años se sentó de nuevo al piano intentando que sus manos pudieran tocar algunas sonatas de Haydn.

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