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Altamarea

Pavese y la habitación que mira al sol

Altamarea recupera ‘Trabajar cansa’, el primer y fecundo poemario del autor de ‘El oficio de vivir’; un texto, publicado en su última versión en 1943, que desafió todas las convenciones del género en Italia y que sigue siendo un monumento a la poesía y al pensamiento pavesiano en torno a la soledad

Cesare Pavese

Cesare Pavese / L.O.

Lucas Martín

Lucas Martín

Más allá de sus presumibles beneficios materiales, la popularidad, además de incómoda, resulta a veces escarnecedora. Incluso, en la literatura, donde los autores más citados suelen estar muertos y el resto -salvo excepciones de frenética y a menudo dudosa actividad extraescolar- no le importan a casi nadie. Que hablen de ti no siempre es un éxito. Y las víctimas, a estas alturas del parque público y de internet, se cuentan por millares. En la pandemia, ese periodo todavía por examinar y ajusticiar en sus aspectos más serios y dramáticos, las hubo de todos los colores, aunque quizá ninguna tan acusada como el pobre Pascal, quien, puestos a ser frívolos, podría figurar entre los grandes damnificados del encierro, acaso a un nivel de humillación apenas comparable al de los convivientes obligados a amasar pan y otras perversiones análogas por parte de sus parejas. Está, cómo no, Marco Aurelio, pero aquella cita de Pascal, lo que todos los problemas del hombre se deben a su incapacidad para permanecer a solas en una habitación, se lleva de cajón el premio del jurado y hasta la disputadísima palma. Entre otras cosas, porque no es lo mismo pacer sin compañía en una celda del siglo XVII que en un piso de La Malagueta provisto de internet y rodeado de vecinos que aplauden. Por eso, y por lo de la soledad, que es algo que conlleva sus riesgos y que no se suele dar simplemente con cerrar la puerta. Para estar solo y sentir la soledad hace falta echarle más redaños. Y si no que le pregunten a Pavese.

El autor italiano, que, por cierto, también estuvo en la cárcel -experiencia igualmente refractaria a los placeres de Filmin y de la fibra óptica- fue quizá el autor del pasado siglo que mejor entendió la soledad. Y eso a costa de arrostrarla sin mediación y a pecho descubierto. En un registro además que supone una continuidad y a la vez una nueva y rocosa vuelta de tuerca a la tradición ascética y que pudiera pasar por antinatural para más de un despistado. Dedicarse al tema de la soledad siendo un danés con chepa (Kierkegaard) o viviendo en latitudes desapacibles parece una opción inevitable y hasta lógica; hacerlo en un pueblo del Piamonte con las ventanas abiertas a las verdosas colinas y a la vida meridional suena, como mínimo, más difícil. Y, sobre todo, con más gradientes. Tanto como para servir de base a un edificio literario tan excepcional e intelectualmente sólido como el de Cesare Pavese, acaso el único existencialista que jamás permutó su universo estético rural por el de París con aguacero y sus humeantes puestas en escena. Con una insistencia que, más allá del campo semántico anejo -la incomunicación, la identidad, la relación con la naturaleza- se mantuvo siempre incólume y con independencia del género. Aunque, eso sí, nunca de manera tan frontal como en el que es, junto a los diarios ‘El oficio de vivir’, y en contante diálogo con ellos, la piedra angular y abocetada de todo lo que escribiría posteriormente: el poemario ‘Trabajar cansa’, recuperado en su versión definitiva y corregida de 1943 -y con prólogo de Aitana Monzón y apéndices del autor- por parte de Altamarea.

Con una intrincada historia editorial, magníficamente documentada en diversas fases del volumen, incluido el texto final de Carlos Clavería Laguarda, que también ejerce de traductor, el primer libro de poemas de Pavese (1908-1950) se convertiría en un acontecimiento por partida doble. En primer lugar, por su trascendencia anticipatoria en la producción y filosofía del escritor italiano, pero también por lo que significó en términos de ruptura y conmoción para la poesía de su país, en ese momento ensimismada en la eufonía y pródiga en malabarismos retóricos. Unos apuntes que tienen a todas luces su valor filológico, pero que en lo que aquí nos ocupa no son más que el ropaje testimonial de lo que más nos importa: el enfrentamiento con los poemas del autor, que sigue ganando enteros en el cuerpo a cuerpo, con una voz en la que resuenan ecos del lenguaje popular y de la poesía coloquial -no en vano, Pavese fue traductor y admirador de los grandes poetas estadounidenses- y que consigue imponerse con suavidad, ajena a los recursos apergaminados de sus contemporáneos. Como poeta, el escritor italiano perteneció a esa rara estirpe que apenas necesita un ramillete de elementos -pero qué elementos, en su caso, la cosecha, el paisaje, la soledad, el hambre, el regreso a la tierra- para construir un universo. Es la suya una poesía de campo escrita con manos sarmentosas, telúricas, violentas. Una poesía que a buen seguro habría fascinado retrospectivamente a sus antepasados romanos y griegos, aunque a través de una visión de la naturaleza que acaso entonces resultaría rompedora: el lirismo desesperado de la belleza, de la vida áspera y menesterosa, de las alegrías desnudas y de la contemplación. Con todo lo que eso comporta en ese duelo tan postergado como ineludible que es el de la existencia con la soledad. La soledad, al mismo tiempo, como ventura y condena. «¿Vale la pena estar solo para estar cada vez más solo?», se pregunta el poeta. Y la respuesta se expande en un conjunto de poemas de una extraña y seductora cualidad musical -notoria la labor del señor Carlos Clavería Laguardia al trasladarla al español- que, en su variedad y en su condición de retazos narrativos, acaban por crear toda una villa al modo de la Antología de Spoon River. Un libro en el que hasta los ramalazos misóginos -el propio Pavese insistió en que eran un reflejo y acaso una denuncia- se adhieren a esa soledad y esa melancolía animada que masacra y arrincona, a ese magisterio crudo de luz, alivio y desesperanza que, queramos o no, sigue rindiéndonos cuenta más allá del Piamonte. Escenas en las que de repente aparecen imágenes que obligan a pensar de otro modo la cotidianeidad, que descorren un visillo imprevisto, quién sabe si hacia la idea de dios, la nada o nosotros mismos. El camino de vuelta hacia los tabiques que también aprietan fuera de la habitación.

Trabajar cansa

  • Cesare Pavese
  • Editorial: Altamarea
  • Traducción: Carlos Clavería
  • Prólogo: Aitana Monzón
  • Precio: 23,65 €
  • 312 páginas
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