Editorial Alfaguara
Bernardo Atxaga: una novela cargada de simbolismo
El escritor vasco Bernardo Atxaga vuelve a la novela con ‘Golondrinas’, una obra que nos ofrece diferentes niveles de lectura, desde uno más superficial en el que encontramos una entretenida y muy original trama, a uno mucho más cargado de simbolismo

Bernardo Atxaga / l.o.
Nadie duda, a estas alturas, de la calidad literaria de Bernardo Atxaga, uno de los escritores más leídos y aclamados, máximo exponente de la literatura vasca, Premio Nacional de Narrativa, Premio de la Crítica y Premio Nacional de las Letras Españolas, entre otros muchos y variados galardones. Atxaga es un narrador total, original y divertido, y sus novelas son siempre una apuesta segura.
Con esos mimbres, la colección Narrativa hispánicas de Alfaguara acaba de poner en las librerías ‘Golondrinas’, su última novela. Quizás la más arriesgada («la más audaz»» dicen en la faja de promoción). A veces la propaganda no tiene por qué ser falsa y sí, probablemente sea la más audaz de sus novelas. Lo más complejo será desgranar por qué.
En una lectura superficial, que no tiene por qué ser mala necesariamente, encontramos un texto con un delicado sentido del humor que nos va llevando, con sabiduría, con pericia, a una intriga que se resolverá de un modo muy clásico, a través de una carta que conoceremos en las últimas páginas. La novela está escrita en tres fragmentos, y cada uno de ellos arranca en un entierro en diferentes épocas, pero mediando entre ellos siempre 25 años. El primero, el de José Manuel Ibar Azpiazu, más conocido como Urtain, el célebre boxeador vasco, en 1992. El segundo, el de un hombre que odió toda su viva al Morrosko, que ocurre en 2017. Y el tercero, en un hipotético 2042, el del hombre que cerrará el círculo.
En ese modo de lectura la obra es interesante, divertida, accesible y más que recomendable. La gran capacidad narradora de Bernardo Atxaga llevará al lector envuelto en la trama y hará que devore las páginas para terminar de esclarecer una historia en la que, fiel a su estilo, no abandonará el cuidado del lenguaje hasta acercarse a lo poético, como el elegante octosílabo «hidratada de tristeza» que nos regala en la página 123.
Eso, decimos, lo encontraríamos en una lectura un tanto superficial de la obra, una en la que buscásemos (y lo hallaríamos), una novela para pasar unos buenos ratos. Pero hay otro nivel, un nivel simbólico, que da a ‘Golondrinas’ una dimensión más profunda.
El eje de unión de las tres historias es (además de las conexiones entre las vidas de los tres personajes Urtain, el Tirolés y Pedro el narrador, Uzariel, un «ser inmaterial», un grigori. Y es aquí donde nos adentramos en el aspecto simbólico. No es, no puede ser, casual que Bernardo Atxaga elija precisamente que su narrador y al cabo personaje central sea un ángel caído. Los grigori (del griego egregoroi, que significa observadores o vigilantes, también conocidos como hijos de Elohim), según la tradición, son un grupo de ángeles caídos mencionados en algunos textos apócrifos judíos, como el Libro de Enoc, y bíblicos, fundamentalmente en el Génesis.
En estos textos se cuenta que los Grigori fueron seres que se enamoraron y se aparearon con las «hijas del hombre», es decir, con humanas, y de esta unión nació una raza de gigantes a la que se dio el nombre de Nephilim (de modo que tenemos unos demonios que engendran gigantes… ¿no era, acaso, Urtain un gigante?).
Según el ‘Libro de Enoc’ (personaje bíblico nieto de Noé, el del diluvio), hay dos millones de grigori, pero solo conocemos los nombres de sus líderes, entre ellos Samyazza, que es su jefe absoluto, y otros como Batrael, y Azazel, que aparecen en el texto de Atxaga. Serán los grigori quienes enseñen a los seres humanos la creación de armas y el arte de la guerra, entre otros secretos. En el pasaje del Génesis en el que aparecen se les vincula con la expansión de la violencia: «No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; por eso sus días llegarán a ser ciento veinte años». El lector descubrirá que ese número de años tiene relevancia en la trama.
Y también descubrirá que el autor utiliza con profusión una palabra (y sus derivados) poco frecuente, «acedía». Además de ser un exquisito pescado parecido al lenguado, acaso de carne más fina, es también el nombre en desuso de un pecado contra la caridad hacia Dios. La acedía es un pecado capital, habitualmente se le describe como un modo de apatía, pero enfocada como pereza espiritual, una desgana que conlleva una profunda tristeza y falta de alegría en las cosas divinas. Es, esencialmente, una manera de hartazgo que lleva al descuido de la oración y los deberes espirituales.
¿Son casualidad estos dos elementos, la presencia de los ángeles caídos y del pecado capital? Estando ante un escritor de profundos conocimientos, capaz de la sutileza, me aventuro a decir que no, que la novela alcanza un nivel simbólico que nos lleva a la presencia del pecado, de la violencia, de la soledad, del suicidio (ay, el peso de la máscara…).
La novela de Atxaga, leída desde esta clave, se transforma en un texto profundo, mucho más profundo de lo que en apariencia podría pensarse. Sin embargo, en este nivel no pierde las características que señalábamos al principio, incluso se incrementan. ‘Golondrinas’ es una obra para disfrutar de su lectura, entretenida (finalmente, tenemos de fondo una intriga, una suerte de texto policiaco que se irá desentrañando), bien escrita y que seducirá al lector.

Golondrinas
Autor: Bernardo Atxaga
Editorial: Alfaguara
256pps. 19,80 €
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