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El Parnaso

Pedro López Lara: solo arde el poema

La obra 'Arcén' reúne la producción poética del autor madrileño, destacando su particular visión sobre el lenguaje y la experiencia vital

Pedro López Lara.

Pedro López Lara. / L. O.

José Antonio Santano

José Antonio Santano

Afirma el poeta y crítico Pedro Alcarria que «toda escritura es en su comienzo un lugar. Un lugar de duda, pero también de afirmación, de apuntalamiento. Desde allí se toma partido, y también se parte, se inicia una vía. La intención, la voluntad poética recorrerá otros lugares distintos del inicial, otras posiciones, otros tiempos, otros sentires, en un viaje que recalará en puertos imprevistos. Y así ha de ser: esas oscilaciones nos llevarán del énfasis al tedio, del amor al odio, del tormento a la iluminación. Todo periplo poético verdadero consiste en esa permutación continua de circunstancias, en un viaje desde su locación inicial». Esta acertada reflexión nos lleva a presentar el hecho poético como ese lugar o viaje que permite al poeta iniciar un recorrido, observar el mundo que le rodea, metamorfosearse para comprenderlo y sentirlo. Cada poeta marca su propio territorio, y en él, sin interferencia alguna, va edificando su hogar, su ilimitada mirada. Desde ese preciso instante todas las experiencias vividas trascienden la realidad para ser alma y silencio de lo creado. ¿Puede ser la escritura un refugio ante la adversidad, la tristeza del mundo? Sin duda, eso depende de las circunstancias de cada creador. Hallar en la escritura ese estado de conmoción, en el que las emociones crepiten como un fuego interior y proyecten su luz de dentro hacia fuera no es frecuente, pero a veces ocurre, como es el caso de la obra poética de Pedro López Lara (Madrid, 1963), recogida en ‘Arcén’ y publicada por la editorial sevillana Renacimiento, en su colección Calle del aire. La obra que nos muestra López Lara y según sus propias palabras es «la versión que considero definitiva de mi obra… Los poemarios se disponen en el orden en que me habría gustado que se editaran. Un orden que responde a criterios conceptuales y nada tiene que ver con el momento de composición de los textos, confuso incluso para mí». En este volumen de casi 600 páginas se concentra, en poemas breves unas veces y más extensos otras, la luminosa poesía de López Lara, su verdad poética, su esencialidad a través de un discurso que se adentra en las propias entrañas del lenguaje y honda reflexión de su propia experiencia vital: «Hubo días felices, /Pero esos ya, al transcurrir, sabían /que no iba a ser preciso recordarlos. /Son días que no cuentan, /que no nos cuentan nada, /pues nada importan los detalles, /sino saber que han existido». Lo que importa es la escritura, avanzar en la construcción de un universo propio, en el que exista solo el poeta y su palabra, el poema: «Solo arde el poema /cuando el último verso se acuerda de todo». El papel o la pantalla en blanco, la mirada fija y ausente a la vez, como quien espera una revelación en el silencio de la estancia, mientras escribe al margen de la página una nota, un escolio: «DOLORES extremos hay cuatro: /nacer, vivir, morir y ver morir». En este sentido, el crítico Santos Domínguez escribe: «La noción de lugar y de pérdida y la idea del límite, forman parte de la armazón temática y de la tonalidad elegíaca que recorre toda la poesía de Pedro López Lara. Una poesía que tiene mucho de epilogal, de mirada distante hacia el pasado y sus sombras, de vocación de escolio que anota al margen del texto de la vida su sucesión de días y de emociones».

Temas recurrentes, a los que vuelve reiteradamente, tanto en ‘Museo’ como en ‘Iconos’, tienen mucho que ver con el cine: «Muere, en efecto, en una playa, /desde la cual pueden verse /–pronto divergentes– el mar y la belleza», la pintura (Velázquez): «Sus cuadros no nos hablan, /se niegan a comunicarse con nosotros. /Son el silencio que se deja ver, pero que se niega / a ser interpelado», la literatura (Sánchez Ferlosio): «No es solo que albergara todas las palabras, /sino que las palabras –todas– /habían nacido en él o de él, /y, sabiéndolo, lo servían y buscaban su afecto, /se preciaban /de linaje tan alto», mitologías: «Pierde Narciso su amor propio y queda /desconcertado al borde de la orilla, /incapaz de entender lo que ha pasado, cómo pueden /su juventud, su espléndida belleza, haber pasado» o poéticas: «La poesía nos invita /no a imaginar mundos mejores, /sino a bailar en este, /a ensayar con dignidad los pasos y los ritmos /de esta alegre y feroz, frenética, danza temprana de la muerte». Abismarse en la palabra, tensar su cuerda, ser el testigo de su tiempo para vivir en el silencio de las cosas.

Así, en este sentido, añade el crítico Alcarria: «López Lara ha acuñado una poética de corredor de fondo, por encima de cualquier mercadeo o tópico a la moda, una poética para un mundo que —como es cada vez más evidente— carece de vocabulario con el que expresar su desazón. En un tiempo de lenguaje sin labios, de palabras sin rostro, su obra dibuja el retrato de un hombre que se niega a asumir que la vida se limite a una mansa aceptación de lo transitorio». El poeta se rebela y revela en su obra una voz particular, reconocible por ser diferente, distante de modas y poéticas sectarias, y de una calidad indiscutible: «Deja que cada verso cuente sus sílabas. /Entiérralos después. Si logran /resucitar, serán poema». López Lara es poeta todas las horas del día y esa experiencia vital hace de su poesía un canto inextinguible, fulgor de fuego: «Éramos incendiarios, apilábamos /nuestros instantes en la hoguera. //Pirómanos del día a día, /locos de atar –pero a la llama–, /no nos enajenaba el fuego: nos cumplía: /porque era nuestra y ardía. La vida». La vida que se escapa entre los dedos y el amor que lentamente abrasa el aire, sigilosamente: «El amor solo se vive. Se disipa luego, /y lo hace minuciosamente, por completo», escribe López Lara, y lo hace desde una dialéctica de la materia, para decirnos que: «Nos iremos acostumbrando al frío, /aquí, en la tumba, /mientras enredamos /confabulaciones, regresos», y añade, como final o epílogo de su poética: «Todavía me quedan dos cosas por hacer: /este poema /–que dejaré incompleto–» y después… Con estos versos concluye López Lara ‘Arcén’, que él mismo ha ordenado en su versión final y definitiva. Distinguir a López Lara como uno de los poetas contemporáneos más sobresalientes es, simplemente, cuestión de justicia.

Arcén

Autor: Pedro López Lara

Editorial: Renacimiento

Páginas: 620

Precio: 23,66 €

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