Editorial Renacimiento
César González Ruano, el silencio más exquisito
Editorial Renacimiento mantiene su apuesta por el periodista madrileño con ‘Mi medio siglo se confiesa a medias’, las memorias que publicó en 1953, que cuentan con prólogo de Manuel Alcántara, uno de lo muchos hijos pródigos de este escritor de escritores

El escritor César González Ruano / L.O
Quizá ese dandy del periodismo que respondía por César González-Ruano (1903-1965) se hubiera enorgullecido de saber que aún hoy disfruta de buenos valedores, pese a ser un cadáver exquisito y todavía repudiado y esquivado pasados más de sesenta años de su muerte. También existe una gran masa de lectores que ignoran su misma existencia. Así que el empeño de Editorial Renacimiento por mantener en nuestras librerías ‘Mi medio siglo se confiesa a medias’, las memorias de este gran olvidado de nuestra literatura, merece el aplauso.
Un apunte rápido sobre el repudio que César Gonzalez-Ruano sufrió en 2014, cuando como consecuencia de la publicación ‘El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado’, libro en el que se acusaba al escritor de estafar a judíos en el París ocupado, la Fundación MAPFRE canceló el premio de periodismo que había llevado su nombre desde 1975. Esa estafa no aparece en sus memorias, anotando solo su afición a la compra y venta de arte en aquellos años. César, lejos de enfrentar sus escándalos y sus fantasmas, los evita en su libro con cierto desdén y pereza -por ejemplo, tampoco aparece en estas páginas mención alguna a su condena en ausencia a 20 años de trabajos forzados en 1948 por delación de sus compañeros de celda en Cherche-Midi-.
‘Mi medio siglo se confiesa a medias’ no supuso para su autor un examen de conciencia, quizá uno de los pocos lujos que no se quiso permitir, así que nadie se adentre aquí buscando explicaciones para sus episodios más espinosos. No se trata de esa clase de obra. Entonces, ¿qué es este libro? A esa pregunta dejo que responda Francisco Umbral, alumno aventajado de González-Ruano: «Quizá sea el mejor memorial de nuestra literatura», tal y como señaló en un artículo de 1995 en el que recordaba a su maestro de juventud pasados entonces treinta años de su muerte.
Lo que por tercera vez recupera Editorial Renacimiento es la edición de 1979, que contó con un notabilísimo prólogo de Manuel Alcántara, quizá entonces en su pico creativo. «En el Gijón, en el Teide, en el hotel Fénix, en su casa de Ríos Rosas, en los Colegios Mayores, en las Jornadas Literarias o en aquellas sobremesas para las que haber comido no le era imprescindible, ¿cuántas horas dándome cuenta de César? No me gusta decir de los muertos que los quería. Yo a mis muertos los quiero. Incluso creo que me corresponden», escribió el malagueño con lo que parece un cariño genuino.
Lejos de nacer por un impulso confesional, estas memorias existen porque cuando decidió escribirlas, corría 1950 y llevaba ya algunos años de vuelta en Madrid tras lo que casi parecío un exilio interior en Sitges desde 1943, sí tenía César Gonzalez-Ruano un público que las pedía. Escritas con prisa, posiblemente con pocas ganas, el madrileño se refugió en una casa de la sierra con la idea de quitarse la obligación lo antes posible. Y allí, lejos del ruido de una vida social tan intensa como la suya, este maldito sin brújula moral comenzó a escribir sin plan alguno. Porque en César, lo único sistemático es el estilo. Y el suyo es el más depurado y libre de su tiempo. Lo que nos encontramos es con un hombre sin ataduras.
En estas 600 páginas caben muchos recuerdos. Así, da cuenta tanto de noviazgos como de lecturas, y con más entusiasmo recuerda sus primeras tertulias, comienzo de una vida dedicada a los cafés, existencia a la que jamás renunció. El primer Madrid del que habla, ciudad por la que este viajero estuvo cruzado y sin la que no se le entiende, es un Madrid con Carrere de fondo y sus primeros esfuerzos por ganarse el pan. En estas páginas, abundan los cafés y mucha calle. Entre alusiones a la cocaína, la vida nocturna de los bares y curiosidades varias, como su elogio a los prestamistas, González-Ruano deja caer su desafección y renuncia a la cosa política, así en general -de forma más concreta, recuerda orgulloso su disgusto con la República, a la que dedicó en su día una famosa carta de renuncia–.
Según pasan los años y las páginas, por estas memorias pasan decenas, centenares de nombres, un quién es quién de su época, y razón más que suficiente para leer esta ventana a un tiempo ya lejano. Y como todo en César, esto tiene truco. En aras de escribir deprisa y cumplir su propósito de terminar el libro en pocos meses, Gonzalez-Ruano reutiliza pasajes de libros pasados. Se cita mucho, muchísimo, y lo defiende en cierto momento: «Alguien me ha dicho que al lector le gusta poco que uno cite textos propios y me insinuaba que, aunque dijera casi lo mismo, era mejor no entrecomillar y escribirlo de nuevo. Puede ser que sea así, pero a mí me parece un poco tonto, cuando se tiene un documento propio a mano con el que estando conforme, camuflarle por el prejuicio de que pueda estar mal aprovechar un texto publicado».
Sin mojarse, y a veces corriendo sin mirar atrás, estas memorias sí reivindican con mimo a personajes como Pío Baroja y géneros literarios como el artículo, al tiempo que idealiza algunas redacciones importantes en su vida, como la del Heraldo de Madrid -donde coincidió con Chaves Nogales, con quien no parece que intimara ni mucho ni bien, igual que tampoco guarda buen recuerdo de García Lorca-. César escribió mucho y publicó más, allí donde pudo. Se muestra orgulloso de sus años en ABC, que comenzaron cuando le premiaron con el Mariano de Cavia en 1932, pero prefiere no detallar su divorcio con esa cabecera, quizá porque fue el comienzo de sus años más disolutos en Francia -ya había sido corresponsal en Italia y Alemania, años a los que sí dedica mucha atención-.
Todo lo cuenta con mucha distancia, sin mucho interés, salvo un libro, el libro de su vida, su trabajo sobre Baudelaire: «Hasta éste, todos mis libros habían sido libros de circunstancias, escritos sólo para ganar algún dinero y con prisa y desgana, o bien balbuceos de un escritor en ciernes que busca y rebusca su camino probándolos todos. Aquí no fueron así las cosas. Me puse a escribir con un júbilo nuevo de escribir, con aliento y pretensiones ambiciosas. [...] En mi Baudelaire no sólo escribía todos los días, sino que pensaba despierto y dormido. En medio año no me ocupé de otra cosa».
Que estas memorias permanezcan en nuestras librerías resulta un acto de justicia. Pocos escritores están más ocultos y son más influyentes que César González-Ruano. «César tuvo mucha gloria en vida y eso se paga a la muerte y con la muerte. Con la muerte literaria, claro», dijo Francisco Umbral, quien además entendió mejor que otros alumnos la naturaleza de su maestro: «El otro problema de César, el único o el primer problema, es que se trata de un escritor sin género». Quizá por todo eso, este hombre sin sombra quizá sea un escritor de escritores, una fuente de la que seguir aprendiendo cómo escribir, y quizá ejemplo de cómo no se debe vivir.

Mi medio siglo se confiesa a medias
Autor: César González-Ruano
Prólogo: Manuel Alcántara
Editorial: Renacimiento
Páginas: 632
Precio: 24,90 €
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