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Lorca en Vermont: el edén americano de Lorca

El exhaustivo trabajo de Patricia A. Billingsley revela con pelos y señales la relación sentimental vivida por el poeta granadino con el joven americano Philip Cummings, en los últimos diez días de agosto de 1929, cuando se internó para su encuentro en los casi límites con Canadá

Lorca en Vermont. El poeta español y su amante americano

Lorca en Vermont. El poeta español y su amante americano / L.O

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Francis Mármol

Francis Mármol

Si alguien desea cubrir los aproximadamente 550 kilómetros que separan la Ciudad de los Rascacielos de las cercanías del lago Eden, en el casi límite con Cánada, puede cubrirlas en un largo trayecto por carretera a través de la interestatal 87 dirección norte, que conecta la gran ciudad con Montreal. Si lo hace en tren todavía hoy el trayecto marca un mínimo de ocho horas para internarse en una de las comarcas con paisajes más bellos del estado de Vermont (del francés montañas verdes), un paraíso particular al que nuestro más ilustre poeta en español llegó, sin demasiadas referencias, hace 98 años en busca de un amante americano, casi una década menor que él, que había conocido en Madrid una tórrida tarde de verano de un año antes.

Lorca en Vermont es el título del libro que descubre sobre todo el perfil íntimo de amante valeroso y entregado que acude a un confín del mundo con la promesa del amor carnal y quizá también esperanzado en el hallazgo de una pareja que le diera cierta estabilidad sentimental en su secreta condición homosexual. De aquello, Federico vendría desengañado pero no de vacío, pues algún escarceo sexual y unos pocos poemas incluidos en Poeta en Nueva York dan testimonio de su desconexión urbanita y de quizá el comienzo de un nuevo Lorca más maduro y prolífico.

Aquella breve escapada remite a un tiempo en el que ya era un poeta reconocido en España por su Romancero gitano pero todavía un joven guiado por su corazón y el impulso de un deseo sexual que le llevó en el famoso tren Mount Royal de la babilónica Grand Central Terminal de Manhattan a la rústica casa de veraneo familiar de su amigo, en un cambio total de escenario y de opciones de hablar algo de español.

La historia no es muy conocida dentro del manoseado imaginario biográfico de Federico García Lorca pero ahora este libro editado por Taurus compila mucho de lo que se ha ido publicando en años pasados con todo lujo de detalles. En especial lo averiguado por el investigador Dionisio Cañas en los 80, ya que hasta entonces el amante americano -posteriormente casado y con hijos- no había querido desvelar hasta su vejez sus escarceos de entonces y la profundización de un romance que dejó huella en su obra y su etapa personal posterior.

El trabajo presentado por Billingsley lo reúne todo, no sólo muchas certezas del estado depresivo en el que parecía encontrarse antes de su viaje a Nueva York, pese a su creciente éxito profesional, sino también las pesquisas llevadas a cabo por su padre para que pudiera hacerlo y así airearse un poco de sus sinsabores amistoso-sentimentales con el escultor Emilio Aladrén o con Dalí. En este punto hay que sumar que la fama empezaba a pesarle y que sobre Romancero gitano llegó a decir en una carta a su amigo Jorge Guillén en 1927: «Me va molestando mi mito de gitanería (…) Siento que van echando cadenas».

Contiene también un buen perfil personal e íntimo de Philip Cummings, que fue estudiante becado y poeta avispado en la Residencia de Estudiantes en el año previo a este affaire. Lugar en el que cayó en los brazos de Lorca sin remedio tras un concierto improvisado a piano por este, una buena tarde de verano de 1928. Ambos escondieron su relación de tal forma que parece que se las apañaron para coincidir en los trenes que enlazó el poeta granadino con Fernando de los Ríos entre Madrid y París antes de salir vía marítima con su protegido hasta Nueva York. Y todo por muy escuetas postales.

Las circunstancias del viaje a Vermont tras muchas semanas en la Ciudad de los Rascacielos traslucen también la necesidad amorosa de Lorca y unas habilidades especiales en el carteo con su familia para hacerles creer que iba a ver a un potentado amigo suyo, en cierta necesidad de relajarse en un ambiente más cercano a la naturaleza y no preocuparles. Ni atisbo de que se tratara de cosas de amoríos.

Los detalles de esos diez días en pleno bosque y a la orilla del lago Eden serán minuciosos. El carácter excesivamente deportivo de su amigo casi un obstáculo para la relación -era un gran senderista- y su familia de convidados de piedra, muy americanos en su way of life, otro impedimento. Sin embargo el aporte poético al caudal neoyorkino de esta aventura también quedará para los restos en ‘Poema doble del lago Eden’, por ejemplo, donde aparece el amargo sabor de la derrota interior pero una conexión inusitada con el territorio virginal en el que se halla.

Su descubrimiento de Walt Whitman desde el inglés con Cummings, en aquellos parajes, tiene mucho que ver con la propia energía de este encuentro en la América profunda. También sirve a Billingsley para adornar el comienzo de capítulos y redescubrirnos un padre inevitable en la inspiración del poeta granadino. A raíz de ello también aparece su controvertido revisitamiento por León Felipe, también en EEUU entonces, que desmontará a Lorca el mito de un Whitman solo homosexual.

Las casi trescientas páginas de lectura son muy digeribles en una prosa fácil y precisa que además está adornada por algunos claros de fotografías. Entre ellas se incluyen las tomadas por la parte americana de este idilio, en aquellos bosques y orillas del lago Eden. Las mismas nos evidencian a un Lorca fuera de lugar, incluso por su indumentaria, pero convencido de tomar el riesgo del amor en una arcadia irresistible.

Lorca en Vermont. El poeta español y su amante americano

Autor: Patricia A. Bilingsley

Editorial: Taurus

Traducción: Andrés Barba

Páginas: 288

Precio: 20,80 €

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