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Editorial Random House

Mathias Enard, paseante en Berlín

‘Melancolía de los confines: Norte’, la primera obra de ficción de Mathias Enard, aborda, mientras camina por Berlín, un fascinante paseo literario, un viaje sombrío y magnífico a través del tiempo, la literatura, la historia y la memoria

Mathias Enard,  paseante  en Berlín

Mathias Enard, paseante en Berlín / l.o.

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Mathias Énard es uno de los autores franceses más conocedores de aquella gran Alemania que era foco de cultura y conocimiento antes de la llegada de los nazis; ello le ha valido entre otras cosas ser miembro de la Academia Alemana de Lengua y Literatura . Quizá por ello, cuando aborda su primer libro de no ficción ‘Melancolía de los confines: Norte’ -el primero de cuatro libros que dedicará a otros confines- lo sitúa en Berlín y lo aborda como un fascinante paseo literario, un viaje sombrío y magnífico a través del tiempo, la literatura, la historia y la memoria. Un viaje significativo no solo geográficamente, sino también emocional e intelectualmente.

La historia comienza en la clínica Beelitz, un lugar cargado de historia. Allí, E., una amiga íntima del narrador, yace en coma tras un derrame cerebral. La clínica se encuentra en medio de un vasto complejo abandonado, donde, durante la Primera Guerra Mundial, Hitler fue tratado y donde, tras la Segunda, el Ejército Rojo estableció su mayor hospital militar

Enard emplea un estilo narrativo no lineal, ofreciendo al lector una visión fragmentaria de los pensamientos y recuerdos del protagonista. Esta estructura refleja también la propia fragmentación y complejidad de su mundo interior. Enard es un narrador inquieto, una enciclopedia andante cuyo conocimiento de la historia, la literatura y el arte desafía al lector, pero lo recompensa y gratifica, por la enorme erudicción del escritor paseante.

En Berlín parecía imposible no enfrentarse, incluso en la planta baja de los edificios, al siglo XX en todos sus aspectos y sobre todo a sus dos criaturas mortíferas: el nazismo y el estalinismo, nada escapaba al dolor del recuerdo. Ahora en el XXI todo parecía un cuadro viviente de la victoria del neocapitalismo, conectado con las falsas esperanzas de la utopía socialista.

El paseo por sus calles le sirve a Enard para evocar sus propios recuerdos, como ese sistema particular berlinés de los edificios con numeración en herradura, que coexiste con el tradicional de ir alternando par e impar según la acera, o la presencia de los ejemplares de ginkgos, el árbol milenario que cantara Goethe. Divisa el museo de Käthe Kollwitz con sus fantásticos grabados encarnando las luchas de los pobres, de los explotados. Su existencia estuvo marcada por la guerra y su violencia: su hijo Peter murió en la Primera gran guerra, en 1919. Su muerte la sumió en la tristeza y en la culpa pues su hijo, que era menor de edad, necesitó la autorización de sus padres para alistarse. La desgracia la persiguió pues en 1941 moría su nieto, también llamado Peter, en el frente del Este. Énard describe su obra como profundamente marcada por la pérdida personal y una empatía radical hacia el sufrimiento humano. Su dolor por la muerte del hijo se convierte en la fuerza motriz de su arte.

El recuerdo de Käthe Kollwitz le lleva al del escritor alemán Theodor Plievier, uno de los primero en describir en su monumental ‘Stalingrado’ la gran batalla del mismo nombre. Enard recuerda el horror de las tropas atrapadas y masacradas, la magnitud de estas batallas, a menudo olvidada (más de dos millones de víctimas solo en la batalla de Stalingrado).

En su paseo por Berlín recuerda a Theodor Fontane, el «gran caminante de Brandeburgo» , el autor del paseo por excelencia, recuerda sus encantadoras novelas berlinesas, en ella hay una mezcla de descripciones de lugares, anécdotas y relatos históricos. Mientras pasea en la noche berlinesa observa un aerostato azul que anuncia la presencia del periódico Die Welt. Todo reconstruido tras la guerra. En Berlín, los bombardeos aliados destruyeron totalmente cerca de 500.000 apartamentos, un tercio del total. Recuerda a Sebald, quien aseguró que la literatura alemana de posguerra no se hace cargo de la destrucción de las ciudades de Alemania, porque no vieron las ruinas, ni los cadáveres, los cientos de miles de víctimas civiles de los bombardeos aliados sobre la Alemania nazi. Critica el «ensañamiento vengativo» de los británicos bajo las órdenes de Arthur ‘Bomber’ Harris «responsable de unos crímenes de guerra incomprensibles, como la destrucción de Hamburgo, de Dresde o de Maguncia!», innecesario cuando americanos y soviéticos tenían a Alemania a su merced, semanas antes de la muerte de Hitler.

En la capital alemana era difícil no observar a cada paso la guerra aérea y sus efectos: para quien tiene el corazón afligido un paseo por Berlín se transformaba rápidamente en una yincana entre recuerdos de la destrucción, sus ruinas y sus fantasmas. Recordaba cómo fue su amiga, antes del accidente cerebral quien le había guiado durante años por la literatura alemana y le había descubierto finalmente la obra de Sebald. De todas las fronteras que cruzan los viajeros, la más común es la del tiempo. Todo lo que rodea al viajero pertenece a otra época; los edificios y las calles transportan el pasado hacia nosotros, los árboles hunden sus raíces en una época lejana.

Todo viajero camina en el tiempo. Viajar es cruzar la frontera de la diversidad humana, la línea horizontal que separa las lenguas y los países, pero también coexistir con la que separa nuestro hoy del ayer.

Lo piensa mientras contempla un Berlín lleno de desastres, que lo hacía cambiar de color. La llegada de refugiados sirios llenaba la ciudad de víctimas de la guerra. Cientos de hombres, mujeres y niños hacían cola delante de unas oficinas desbordadas. Los relatos eran aterradores, llegaban a Berlín tras una atroz travesía por los Balcanes. Mientras la administración se encontraba desbordada fueron los berlineses los que no escatimaron esfuerzos a la hora de acoger lo mejor posibles a los refugiados sirios.

La representación que hace Enard de la crisis de los refugiados es sumamente simbólica, situándola en el contexto de los movimientos migratorios históricos: Rami, un refugiado sirio cuya psique ha quedado destrozada por la tortura y la guerra, se convierte en uno de los personajes centrales de la novela. Su historia plantea la cuestión de si la literatura puede, y cómo, abordar tales traumas.

Como señalábamos antes, la erudición de Enard es inmensa y su diálogo interior conduce al lector por mil insólitos caminos de cultura e historia a través de sus lecturas y sus recuerdos. Su cerebro inquieto nos lleva con Goethe, Howard, Baudelaire, W.G. Sebald, Vassili Grossman, Martin Heidegger, Théodore Fontane y muchos otros, todos ellos paseantes también de un Berlín de siempre.

Melancolía de los confines: Norte

Autor: Mathias Enard

Editorial: Random House

Traducción: Robert Juan-Cantavella

216 páginas. 20,81 euros

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