Editorial Critica
Antony Beevor: Rasputín y el fin de la Rusia del zar
El conocido historiador británico analiza, en un esclarecedor ensayo publicado por ‘Critica’, la personalidad del turbio santón siberiano y su tremendo influjo en la pareja imperial rusa, Nicolás y Alejandra, con decisiones que contribuyeron a la caída de la dinastía de los Románov

Antony Beevor. / ELISENDA PONS
La caída del zar Nicolás II en 1917 tras la Revolución de Febrero fue uno de los acontecimientos que marcó a fuego el devenir del siglo XX, marcado por la desaparición de los grandes imperios absolutistas tras el desastre de la Primera Guerra Mundial. La abdicación de Nicolás, que puso fin a más de tres siglos de dominio de la dinastía de los Románov en Rusia, obedeció a múltiples factores tras un largo proceso de deterioro de aquel régimen y tuvo innumerables protagonistas. Uno de los que más ha quedado grabado en el imaginario colectivo es el de Grigori Yefomovich Rasputín, un campesino de Siberia, poco más que analfabeto, que ejercía de santón y chamán y que, de una forma desconcertante, logró una influencia enorme en la zarina Alejandra. El conocido historiador Antony Beevor, famoso por sus obras en torno a la Segunda Guerra Mundial y que también ha escrito en torno a la revolución rusa, ha publicado recientemente ‘Rasputín y la caída de los Románov’ (Crítica), un fascinante libro que indaga en torno a la personalidad de este turbio personaje, que concitó el odio de amplias capas de la nobleza rusa y de la prensa por su influencia en la pareja imperial y por su injerencia en los asuntos de Estado.
El consejero espiritual de los zares
«No tenía ningún cargo oficial. No tenía fuerzas a su mando. Era un monárquico devoto, no un revolucionario. Y, sin embargo, sin pretenderlo, contribuyó más que ninguna otra persona al hundimiento de la mayor autocracia del mundo», afirma Beevor sobre Rasputín. El libro comienza abordando tanto sus humildes inicios en la aldea de Pokrovskoye, su matrimonio y su particular ‘conversión’, con un inusitado proceso de escalada social que le llevó a convertirse en una especie de consejero espiritual del emperador y su esposa. Alejandra lo llamaba ‘Nuestro Amigo’, lo consideraba un santo enviado por Dios y presionaba a Nicolás para que le hiciera caso en todos sus consejos, incluida la destitución de los ministros del gobierno que le eran contrarios. La zarina llegó a regalarle a su marido un peine de Rasputín para que, al usarlo, le transmitiera el discernimiento necesario para tomar decisiones. Rasputín, por su parte, se dirigía a ellos con una familiaridad pasmosa (a Nicolás le llamaba ‘padrecito’) gracias a mezcla de extraño misticismo, supuesta clarividencia y presuntas habilidades sanatorias con las que mejoraba la salud del hijo de los zares, el zarevich Alexis, que padecía hemofilia.
Beevor retrata con su característica brillantes la personalidad insegura del zar Nicolás, que finiquitó algunas de las medidas liberables que había adoptado su padre (Alejandro el II el Liberador) y que tenía una desconfianza endémica hacia la Duma, la cámara de representantes que tuvo que crear en 1905 para hacer frente al descontento social y las huelgas en Rusia. El zar era un hombre de religiosidad muy arraigada, que veía su gobierno como un mandato divino y que todo suceso respondía a la voluntad de los cielos. Por su parte, la zarina Alejandra (Alix de Hesse y del Rin, nieta de la Reina Vitoria) era luterana de nacimiento y se hizo ortodoxa al casarse con Nicolás, con una fe rígida y una actitud altiva y distante que contribuyó a aislarla (a ella y a su familia) de los círculos de la corte y la nobleza de San Petersburgo. Todo este caldo de cultivo hizo que los zares cayeran en el influjo de Rasputín que, a base de hechizantes lisonjas, se convirtió en su consejero espiritual de confianza (en ruso, starets). Tal hecho horrorizó a la madre de Nicolás, la emperatriz viuda María Fiódorovna, que años antes había tenido un extraño sueño que la dejó convencida de que un campesino (un muzhik, como lo era, por ejemplo, Rasputín) acabaría destruyendo a su hijo.
Una figura ambivalente y contradictoria
¿Y cómo presenta Beevor a Grigori Yefomovich Rasputin? El historiador cree que era un personaje sumamente ambivalente y contradictorio, un charlatán que se valió de su extraño carisma para encontrar su hueco junto a los zares pero que, a juicio del historiador, también cultivaba una particular (y siniestra) espiritualidad interior. Uno de sus rasgos fue su gran lascivia (aprovechaba su condición para seducir a muchas mujeres), con numerosos casos, según resalta este historiador, de un comportamiento criminal (acoso, abusos y violaciones). En todo caso, Beevor cree que los detractores de Rasputin añadieron algunos bulos (las fake news de la época) para agrandar su tenebrosa figura pública, como los relativos a una supuesta relación con la zarina o la visitas nocturnas a las habitaciones de las hijas del zar . El estallido y el transcurso de la Primera Guerra Mundial, en la que Rusia sufrió grandes desastres en un clima de incompetencia de sus dirigentes y de corrupción generalizada a muchos niveles, terminó de agrandar el descontento social.
En ese clima, un grupo de adversarios políticos de Rasputin ideó una tosca trama para asesinarlo en una falsa fiesta a base de pasteles envenenados con cianuro. El veneno no funcionó (al parecer el azúcar diluyó sus efectos) por lo tuvieron que echar mano de una pistola para matarlo, arrojando su cadáver al río Volga. Era diciembre de 2016 pero la caída de los Románov era inminente en un clima ya revolucionario: apenas dos meses después, en febrero de 2017, las masas se levantaron y provocaron la renuncia del zar. «Es casi seguro que una revolución derribará al régimen que pierda no solo la confianza de su pueblo, sino también la confianza en sí mismo. La idea de que el zar Nicolás se humillaba a los pies de una esposa mandona y de Rasputín, un campesino, acabó por hacer trizas la frágil autocracia de los Románov», afirma Beevor en la conclusión.

Rasputín y la caída de los Románov
- Antony Beevor
- Editorial: Crítica
- Traducción: Gonzalo García
- Precio: 24,90 euros
- 400 páginas
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