Anagrama
Burroughs y la máquina blanda del lenguaje
Anagrama publica la nueva edición canónica de la trilogía nova, la obra más inclasificable y desatada -que ya es decir- del artista y de su montaje cut-up; un texto poderosísimo que paradójicamente gana mecha revolucionaria cuanto más cerca está de convertirse en convención del lenguaje experimental

William Burroughs / L.O.
No estamos, nunca lo estuvimos, y mucho menos ahora, con los cerebros reblandecidos por casi dos meses de algarabías futboleras, para ensañarnos con el asunto de la contradicción, personal o colectiva. Sobre todo, si se considera que las cacareadas paradojas -en la literatura y en el mundo, si es que existe alguna diferencia entre ambos conceptos, Aleph mediante- en el fondo no lo son tanto, sino que como aquellos amantes chuscos y aparentemente en las antípodas de la primera televisión brutalizada pueden llegar a ser compatibles e incluso intercambiables. Después de haber presenciado cómo en los albores del siglo un poeta anarquista hacía cola en Granada para presentarle las bondades de su vanguardia a un secretario de Estado de derechas me resulta especialmente complicado escandalizarme porque la izquierda coma salmón y el punk triunfe en los colegios de pago. Más aún si está por medio William Burroughs, de quien Anagrama se ha atrevido a publicar por primera vez su trilogía más experimental en un único y elegante volumen del que perfectamente podían presumir en las mansiones marbellís más encopetadas -las de gente que lee, no las otras, es decir, las hipotéticas, dos o tres-. Lo cual, y no me refiero a los chalés, tiene su miga. Y, por supuesto, su más que sentida peregrinación simbólica.
De la provocación al canon
La historia, con estas cosas, se antoja particularmente puñetera. Más de un siglo después de que Marcel Duchamp revolucionara el arte introduciendo en un museo su famoso urinario no existe nada más convencional y probablemente conservador y consabido que irse de perfomance con un mingitorio y todos sus sucesos concomitantes; incluidos los aburridísimos desnudos sobre barro y rasurados de intimidades púbicas en el espacio escénico. Que un autor que recortaba sus propias frases y las reordenaba al azar (técnica cut-up) e introducía en sus novelas a sátiros, alienígenas y todo tipo de apologías del sexo y de las drogas acabe casi seis décadas después de la publicación de su obra más atrevida siendo a su modo también una especie de canon no debería extrañar en este baile cíclico de las presuntas oposiciones. Ni siquiera, o tal vez incluso por eso, si se tiene en cuenta que el escritor en cuestión, el ya citado Burroughs, procedía de una familia acaudalada y que, no contento con haberla liado fina en su juventud, hacía saltos en su retiro como octogenario para grabar con Kurt Cobain, participar en vídeos de Ministry o influir en la manera de sentir y componer de los grandes modernos enciclopédicos de diversas artes. Lo que ocurre es que aquí concurre un elemento añadido. Y, además, no uno cualquiera, sino el menos inocente de todos, que es el lenguaje. Acaso el verdadero protagonista de esta trilogía nova (formada por ‘La máquina blanda’, ‘El ticket que explotó’ y ‘Expreso nova’) y, sobre todo, centro de toda la filosofía de fondo de ese edificio volado y al mismo tiempo sólido que es toda la obra de Burroughs, quien consideraba que es la sintaxis lo que corrompe y que no existe ninguna herramienta de dominio y de potencial liberación más eficaz que el modo en el que nos expresamos. Teoría que aplicó con esmero en muchos de sus escritos, y de modo sobrecogedoramente enfático en estos tres libros, planteando todo tipo de collages, hipérbatos salvajes y explosiones. Y aquí es donde se impone la grandeza del triple salto: en el hecho de que un lenguaje concebido para dinamitar el lenguaje se haya convertido en un clásico en la sección de muebles de caoba del hipermercado de dinamitar el lenguaje. ¿Es esto malo? No necesariamente. ¿Significa que todo intento radical de transformación está condenado a fracasar y ser absorbido por el sistema? A mí me gusta más poner el acento en el éxito literario, que es también una pequeña revolución y un triunfo y una sorpresa para el propio lenguaje: su capacidad para rearmar cerebros y procurar nuevas vías de encaje y reflexión, que es quizá lo que hace que estos libros de Burroughs sigan vivos y se nos peguen al oído y al paladar como en su día en cierto modo también lo hizo el ‘Ulises’ de Joyce, autor con el que el estadounidense (1914-1997) no está en muchos postulados experimentales demasiado alejado.
Un Burroughs superlativo
Quién busque la prosa de ‘El almuerzo desnudo’ o de ‘Queer’ en esta entrega de Burroughs, precedida por sus ediciones tomo a tomo por parte de sellos como Minotauro, puede ir pidiendo cita en el psiquiatra. Lo único que se asemeja a los libros más conocidos del autor es la actitud del artista y su voluntad provocadora, menos gratuita de lo que muchos, bajo los tópicos de lluvia de canela de la digestión beat, se empeñan en atribuirle. Burroughs, que decía que se había hecho escritor de verdad a partir de que un disparo accidental jugando a Guillermo Tell matara a su mujer, es en su trilogía acaso un Burroughs superlativo presente en fondo y forma. Todavía más si se confrontan de corrido las tres experiencias literarias que integran este libro, que es lo que funciona-junto a seguir las ediciones restauradas de Oliver Harris y la introducción de James Grauerholz- como la gran aportación al mundo burroughsiano de este volumen.
Después de releer la trilogía, a la que se puede entrar a cachos, a navajazos y hasta por sistema, Burroughs se vuelve más lejanamente familiar, casi un capítulo aparte para nuestro idioma, cosa que le debemos al traductor Rodrigo Olavarría -no se me ocurre ninguna actividad más divertida y cercana al ictus que traducir esta trilogía; del espectro legal, al menos-. Puede que ahí resida su revolución y la amabilidad de su paradoja, en que ejercicios como el de Cortázar -al que, por cierto, también influyó- en ‘Rayuela’, ya no suenen tan extraños, ásperos e impenetrables. Le pasó al dadá y al surrealismo y ocurre en muchos sentidos con la poética de Burroughs. Estamos generosos y fluidos y amamos la contradicción. Sólo esperamos que se vuelva a Burroughs en libros como el de Anagrama y no en vapor para turistas. Esto es, ay, convertido en parque temático.

La trilogía Nova
- William S. Burroughs
- Editorial: Anagrama
- Traducción: Rodrigo Olavarría
- Precio: 29,90 euros
- 592 páginas
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