19 de agosto de 2019
19.08.2019
Remembranza

La Feria y vivir de los recuerdos

He llegado a la conclusión que vivo la Feria pensando en lo que he vivido más que en lo que estoy viviendo

19.08.2019 | 05:00
Rockberto, en su última actuación en la Feria de Málaga.

En un homenaje, Rockberto agradeció la visita del "alcaide" (Francisco de la Torre) cantando la canción de "Paco, voy a hacer un atraco".

Cada vez me resulta más difícil ser objetivo. Sobre todo, en esas cuestiones asociadas al ocio, la sed de disfrute o la satisfacción personal en las que se cumple, sin apenas margen de error, esa máxima de que todo es subjetivo en la medida en la que hay una criatura plenamente individual detrás de la vivencia, la ocurrencia o el comentario que nos ocupe.

Doy tantas vueltas para evitar la expresión Feria de Málaga pero aquí me tienen, invocándola como quien es incapaz de no agradecer su terrible irrupción por el mero hecho de andar escribiendo sobre ella. O, sobre todo, por la bendita verdad que lo ilumina todo: esa niña de casi tres años que por primera vez le llama a la cosa por su nombre y grita un «vamos a la feria», mientras rebusca en los cajones a la caza del vestido de gitana que le ha prestado su prima.

Si me quedo ahí, en lo que me toca más cerca, la feria es magnífica. Su presencia que todo lo envuelve me invade como un imprescindible estado de ánimo. Firmaría que solo fuera eso. Pero si -con las ínfulas de señor mayor que me doy desde que estreno sino de cuarentón- tengo que ponerme a analizar la realidad que atruena, el horizonte no resulta tan idílico. Quién iba a decirle a un eterno defensor de la Feria del Centro como yo que tan lejos -y tan cerca- del veinteañero que fue iba a ponerse a pensar en los vecinos. Y a aplaudir o reivindicar aquellas medidas que, sin terminar de suprimirla, la hagan más sensata e inviten a la consideración del Cortijo de Torres como el recinto ferial puro y duro que realmente es.

Creo que, de repente, digo estas cosas porque he llegado a la conclusión de que -de un tiempo a esta parte- vivo la feria pensando en lo que he vivido más que en lo que estoy viviendo. Lo que me ocurre se llama, si no me equivoco, vivir de los recuerdos. Y consiste en pensar en aquellas personas que ya no están o en aquellos momentos que ya no son posibles porque un buen día pasaron a la eterna categoría de irrepetibles.

Tabletom

Buena parte de estas imágenes evocan la silueta de Roberto González, el cantante de Tabletom, subido al escenario en aquellos legendarios conciertos de la Caseta de la Juventud, tan parecidos a lo que los mortales entendemos por religión. Tan rituales y mágicos eran que, para muchos, suponían la única razón que obraba el milagro de hacerlos subir hasta el Real haciendo un paréntesis en la poltrona etílica del centro.

Las múltiples leyendas que rodean a aquellas actuaciones parten, por ejemplo, de la noche en la que a Rockberto y a sus inseparables hermanos Ramírez les tocó ser teloneros de un grupo sevillano apadrinado por las radiofórmulas. Y, prácticamente, solo existió un concierto, el de Tabletom, porque el fallecido rockero malagueño se armó del arte y el retraso suficiente para aparecer entre el público e ir calentando el ambiente en una actuación para el recuerdo que, a posteriori, dejó sin auditorio a aquellos cabezas de cartel.

Riñones al Jerez

Además, otras estampas más recientes sitúan a este arcángel de la bohemia recién salido del hospital actuando con la noria de fondo, cuando ya tenía los riñones al Jerez como él bien decía. O recuperado como un Ave Fenix en otra velada en la que a su grupo le celebraron su enésima efeméride y el alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, se subía de madrugada a homenajearlos al escenario mientras desde la multittud llovían latas de cerveza o el propio Roberto agradecía la visita del «alcaide» cantando la canción de «Paco, voy a hacer un atraco».

Precisamente, quizás uno de los certeros versos de francotirador que le sobran al poeta malagueño Juan Miguel González (letrista de Tabletom que definía a Roberto como el barbero de Bob Dylan o como un apostol de las resacas) valga para intentar encontrarle cierta explicación a mi ataque de nostalgia feriante-agosteña: «Vivir es volver a dar cuerda al olvido». Amén.

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