Shiela Grant Duff era una joven de sólo 23 años, educada y políticamente comprometida, cuando recibió en París lo que más tarde ella misma definiría como «un encargo espeluznante»: viajar a la Málaga recién tomada por las tropas italianas y franquistas para preguntar por el paradero de Arthur Koestler, que había sido detenido, esto ya se sabe, en la casa de Sir Peter Chalmers-Mitchell en la mañana del 9 de febrero de 1937.

Grant Duff publicó en 1982 sus memorias sobre la vertiginosa década de los años 30 del siglo XX: The Parting of Ways, en la que recuerda su aventura malagueña. El diario The Independent, en su reseña, decía lo siguiente: «pocas jóvenes inglesas se lanzaron con tanta intensidad emocional a la tragedia política de los años 30, y ninguna escribió sobre ella con tanta lucidez». No obstante, no es este libro perdido la principal fuente de información utilizada para reconstruir su fugaz y peligroso paso por la Málaga de la segunda quincena de febrero de 1937. La Biblioteca Bodleian de la Universidad de Oxford conserva el legado documental de Shiela Grant Duff, que incluye una carpeta de valiosos documentos originales relativos a este episodio que amablemente ha puesto a disposición para la elaboración de este artículo.

Shiela Grant Duff

Shiela Grant Duff L. O.

El encargo

La carpeta está compuesta por varios elementos. Una carta de Dorothee Koestler, fechada en Londres el 23 de marzo de 1937, en la que le pide un encuentro personal, ya que ha tenido noticias de su visita a Málaga. Ya entonces era la ex mujer de Arthur Koestler, pero se interesó muchísimo por su destino. Dos cartas de Edgar Mowrer, figura decisiva en esta historia, fechadas los días 16 de abril y 3 de mayo de 1937. Un plano de su viaje a Málaga, que sorprendentemente no coincide con el que ella misma relata más tarde. Un resumen mecanografiado de su viaje -sin duda elaborado para informar a quienes lo solicitaran- y, finalmente, el original del capítulo -titulado A very brief visit, es decir, ‘Una visita muy breve’- que enviaría a Philip Toynbee, hermano del célebre historiador Arnold Toynbee, para formar parte del libro The Distant Drum. Reflections on the Spanish Civil War, que se publicaría en 1976 con una larga entrada introductoria a cargo de Hugh Thomas. Toda esta documentación, más su libro de memorias, más otros libros que serán citados, permiten recomponer con cierta fidelidad su misión en Málaga y el fracaso de sus gestiones.

La ruta de Grant Duff hasta Málaga Bodleian Library

En febrero de 1937 Shiela Grant era la corresponsal en Praga del periódico The Observer. Tenía ya un fuerte compromiso contra el auge del nazismo y su evidente amenaza democrática. Recibió un telegrama de Edgar Mowrer conminándola a viajar a París. Mowrer, periodista estadounidense, corresponsal del Chicago Daily News, había ganado en 1933 el premio Pulitzer en la categoría de corresponsales por sus trabajos sobre la llegada de Hitler al poder en Alemania. Eran viejos conocidos: «Yo había trabajado en la oficina de Edgar en París y aprendí de él, más que de cualquier otro, que el único objetivo decente para cualquier individuo libre en ese momento de la historia era la derrota del fascismo», escribe en el libro de Toynbee.

Arthur Koestler L. O.

Mowrer la conduce a un coche y un rato después, en una esquina, se sube un pasajero. Es nada menos que André Simon, es decir, Otto Katz, uno de los más formidables aventureros del siglo XX, agente de la Internacional Comunista (Komintern) y responsable de proporcionarle los detalles de su misión. Sobre la figura de Otto Katz, que sería fusilado en su país natal, Checoslovaquia, en la purga estalinista de 1952 conocida como el ‘Proceso de Praga’, baste decir que inspiraría el inolvidable personaje de Víctor Laszlo en la película Casablanca, dirigida por Michael Curtiz, judío también como él, aunque húngaro en este caso.

Las órdenes de Katz son simples: debe viajar a Málaga y entrevistarse con el cónsul de los Estados Unidos, de quien le dice que ha permanecido todo el tiempo en la ciudad y que «odia a Franco». Su único objetivo consiste en averiguar si Koestler sigue vivo, y dónde está prisionero. Se baja del coche con la misma agilidad con la que ha subido y desaparece. La misión acaba de comenzar.

El pasaporte de Shiela tiene los sellos de dos viajes recientes a la Unión Soviética. Es la propia Embajada Británica en París la que le proporciona nuevos papeles: no parece muy adecuado que trate de entrar en la España franquista con esos indicios de simpatía comunista. Para llegar a Málaga debe coger un avión de Air France en Toulouse y llegar a Casablanca tras hacer escala en Barcelona, Alicante, Orán y Fez. Es el viejo recorrido de la línea transatlántica aeropostal iniciada en los años 20. En Casablanca, un avión -esta vez de Air Portuguese- la llevará a Tánger, desde donde embarcará a Gibraltar, y de allí podrá viajar hasta Málaga. Curiosamente, en el capítulo del libro de Toynbee el recorrido que describe es otro: tren de París a Burdeos, y avión con ruta Burdeos-Valencia-Orán-Casablanca. Sea como sea, llega hasta Gibraltar en la fecha prevista.

Las autoridades británicas no se lo ponen fácil, de manera que se busca la vida. Se acerca a la frontera con La Línea para indagar cómo será su paso por ella. Coge un barquito hasta el puerto de Algeciras, donde le sorprende encontrar botones uniformados de los hoteles de la ciudad. Uno de ellos trabaja para el Hotel Britannia: le comenta que puede alquilar un taxi en Gibraltar, pero que el conductor no hará noche en Málaga. La mejor opción es un autobús, que sale en menos de media hora. Aunque anota 25 controles en la carretera hasta Málaga, ninguno de ellos detiene al autobús: sólo a los coches, lo cual también le llama la atención.

Ahora la fuente es su informe escrito a máquina: «Málaga está sorprendentemente intacta para ser una ciudad que ha sufrido 47 ataques aéreos. (…). La oscuridad estaba cayendo cuando llegamos y las calles estaban llenas de gente». A partir de las diferentes fuentes de información podemos reconstruir su brevísima estancia en Málaga. Se aloja en un hotel cuyo nombre no menciona, pero es el único en el que puede quedarse con cierta confianza, según le dijo el empleado del Hotel Britannia en Algeciras. No tiene tiempo que perder, y decide ir de inmediato a ver al cónsul de los Estados Unidos con una carta que le entregó Edgar Mowrer en París. Se está acercando al objetivo de su misión.

Edward Norton entra en escena

Ya sea por inexperiencia, precaución o desconfianza, el caso es que Shiela Grant no menciona ni un solo nombre propio en sus documentos, más allá de los citados Mowrer y Katz. Sin embargo, Edward Norton, presidente de la compañía Bevan y cónsul oficioso de los Estados Unidos en Málaga -desde la marcha del señor Graves a mediados de septiembre a bordo del Hatfield, enviado a tal fin- proporciona las coordenadas del encuentro en su libro Muerte en Málaga, publicado en castellano en el año 2004 gracias al descubrimiento de sus memorias mecanografiadas, ya en 1968.

La cita se refiere al 19 de febrero de 1937: «a las siete de la tarde, la señorita Sheila (sic) Grant Duff, corresponsal especial del Chicago Daily News, telefoneó diciendo que llegaría con una carta del señor Williams, nuestro cónsul en Gibraltar. Quería que le relatáramos nuestra historia pero hicimos cortésmente lo que pudimos para no contarle muchas cosas. Nos ayudó la oportuna llegada de Eduardo Díaz, que le hizo el relato de sus experiencias en la cárcel; cómo había estado dos veces a punto de que lo fusilaran, cómo había visto últimamente su nombre inscrito en los muros del cementerio entre los ejecutados y cómo habían identificado su cadáver. Así que la señorita Grant Duff encontró material para una buena historia o, al menos, parte de ella».

El desconocido Eduardo Díaz había estado refugiado fugazmente en la casa de los Norton, la víspera de su salida de Málaga a bordo del Arrow, gracias a los esfuerzos del cónsul británico J. G. Clissold, que a finales de septiembre logró sacar de la ciudad a 116 personas cuyas vidas corrían serio peligro, y que destacaría ayudando a huir a decenas de personas entre julio de 1936 y febrero de 1937. Desgraciadamente, y como señala el historiador Peter Anderson, esa voluntad humanitaria no se prolongó durante los meses siguientes: «Clissold, sin embargo, hizo poco para ayudar a los partidarios del gobierno después de que los franquistas ocuparan la provincia en febrero de 1937 y mataran a 7.471 partidarios republicanos. Clissold parecía imperturbable por la matanza de partidarios del gobierno a esta escala. En una nota enviada a Londres el 24 de marzo de 1937, por ejemplo, señalaba que ‘los consejos de guerra se están llevando a cabo con gran eficacia y todas las personas reciben un juicio justo antes de ser condenadas a muerte o a prisión por un período de años’». Sobre la implantación y funcionamiento de la justicia militar en la provincia de Málaga en febrero de 1937, la historiadora Lucía Prieto Borrego acaba de publicar un formidable trabajo con ese título en la revista Pasado y Memoria, cuya lectura es clarificadora.

Pero volvamos a la versión de Shiela Grant Duff, volvamos a su relato. La misma noche de su llegada, alojada en un hotel desconocido -ocupados el Caleta Palace y el Regina por las fuerzas franquistas-, acude a casa de los Norton, a los que no menciona por su nombre en sus escritos. Según ella no funcionaba el teléfono, de ahí su precipitada decisión. Afirma que les entrega una carta de Edgar Mowrer -y no de Williams, el cónsul americano en Gibraltar- y reproduce la respuesta recibida: extrañados de su llegada en mitad de la noche, le comentan que cuando los rojos controlaban la ciudad se producían matanzas nocturnas, y que no se estaba a salvo en ninguna parte.

«Esto no me sonó muy sólidamente pro-gubernamental», escribe Shiela en el capítulo del libro para Toynbee, recordando las palabras de sus camaradas en París. En ese momento irrumpen en la sala tres jóvenes oficiales franquistas, uno de ellos educado en Cambridge, otro judío -cosas que encuentra «tranquilizadoras»-, y un tercero pelirrojo, lo que le pareció siniestro siendo español. Se quedan todos a cenar y cuando faltan veinte minutos para la medianoche caen en la cuenta de que se aproxima la hora de las ejecuciones y la invitan a presenciarlas. Confrontada consigo misma -como joven periodista era la oportunidad perfecta de verificar lo que estaba ocurriendo en la retaguardia franquista-, rechazó la invitación. La idea de no poder soportar la escena de ver cómo asesinaban a sangre fría a personas a las que sentía cercanas, y las secuelas que tan espantoso hecho le dejarían, fueron determinantes.

El encuentro, además, fue ciertamente arriesgado. La mañana siguiente coincidió de nuevo con los tres jóvenes en el hotel. A ellos les llamó la atención que una periodista extranjera se alojara allí, donde se concentraban los oficiales, y le pidieron ver su documentación: el pasaporte expedido en París tan sólo unos días antes de inmediato les causó sorpresa, hasta el punto de advertirle de que debería ir con ellos a Sevilla a regularizar su situación. Incómoda y asustada, decide gastar una última bala: va a ver al cónsul británico, el ya mencionado J. G. Clissold, que la despacha con cajas destempladas en cuanto le pregunta abiertamente por Koestler. Si alguien sabe que anda preguntando por él, le dice, «no le hará ningún bien a él y a usted le causará un daño considerable».

Decidida a abandonar la ciudad esa misma noche, primero visita el puerto, donde apunta la presencia del destructor italiano Emanuele Pessagno, y por la tarde visita los tribunales donde se juzga de manera sumarísima a los republicanos detenidos. Lejos de observar las garantías que identificaba el cónsul Clissold en sus informes oficiales, otro testigo, francófono, le da buena cuenta de la indefensión de aquellas personas miserables que desfilaban con rapidez ante los jueces militares. Su recuerdo es de brutal amargura: todos los encausados eran condenados.

Regresa a Gibraltar y vuelve a París siguiendo los planes establecidos. Allí, Mowrer y Katz le hacen sentir una enorme y «despectiva decepción» respecto al resultado de su viaje. El 12 de mayo de 1937 Koestler saldría de la prisión de Sevilla para ser liberado poco después en la frontera de Gibraltar. Protagonizaría así el primer canje de prisioneros entre los dos bandos en guerra: los franquistas lograrían la salvación de Josefina Gálvez Moll, esposa del aviador Carlos de Haya, capturada en Málaga y llevada a Valencia gracias al esfuerzo del gobernador civil, Luis Arráez.

En esa misma frontera con Gibraltar sería detenido Luis Arráez en diciembre de 1939, a punto de escapar de una muerte segura gracias a la ayuda prestada por Josefina Gálvez Moll, perseguido por la denuncia implacable del industrial alicantino Luis Villaplana, según ha demostrado el historiador Pedro Payá López. Sería fusilado en el campamento de Rabasa el 12 de julio de 1940. Ya lo dijo Paco Ibáñez en su momento: «de todas las historias de la historia, la más triste es sin duda la de España».