Durante los días siguientes, Málaga seguía oliendo a humo. Una intensa peste que se metía por la nariz y que dificultaba la respiración. Insoportable. La Guardia Civil ya sí estaba apostada a las puertas de los templos. Su sola presencia sirvió para disuadir a los alborotadores de continuar con su labor destructora. La ciudad estaba en estado de guerra después de que, no se sabía bien por qué, miles de de personas se unieran el 11 de mayo para asaltar e incendiar las iglesias y los conventos de la ciudad. De eso hace hoy 75 años. Y después de este tiempo, muchos malagueños que vivieron aquellos sucesos cuando eran niños, siguen sin entender los motivos de esta ola de violencia.

Más de 40 edificios civiles, y sobre todo religiosos, fueron asaltados y, en su caso, incendiados. La mayor parte del patrimonio religioso y artístico de la ciudad se consumió en medio de las llamas o fue destrozado a golpes. También desaparecieron los archivos documentales de siglos.

Fue la consecuencia más extrema y devastadora de la corriente anticlerical que desde hacía años existía en España y que tuvo lugar a menos de un mes de haber sido proclamada la II República, a pesar de que el gobierno del entonces presidente, Niceto Alcalá Zamora, condenara tan radical ola de violencia.

La clave pudo estar en la aparente impunidad que encontraron los alborotadores, ya que el gobernador militar, el general Juan Gómez García Caminero, ordenó la retirada de la Guardia Civil. Las autoridades no querían dar una respuesta que se hubiese considerado como represiva. Vía libre para los asaltos que, si en principio podían tener una base ideológica con objetivos muy definidos, luego se convirtió en una auténtica ola destructiva y vandálica. Esta es la tesis que argumenta el doctor en Historia Contemporánea José Jiménez Guerrero, que el próximo 19 de mayo presenta en el Rectorado su libro `La quema de conventos en Málaga. Mayo de 1931´.

Objetivos definidos

"En sus inicios, los ataques en Málaga fueron un reflejo de lo ocurrido en Madrid un día antes. Aquí se asaltaron y, en casos, se destruyeron más de cuarenta edificios, no sólo religiosos. También atacaron la sede del periódico La Unión Mercantil y la de los almacenes Creixell, ambos del mismo dueño. En la capital de España, el día antes, se atacó el edificio del ABC y la residencia de los jesuitas, así como otros edificios religiosos. La Compañía de Jesús tampoco se libró en Málaga durante la primera fase de conflicto. La relevancia de la Orden y el deseo de actuar contra ella era evidente. También se incendió la iglesia de Santo Domingo, donde recibían culto las dos cofradías más importantes de la ciudad en ese momento: Esperanza y Mena. La primera representaba el estilo y características que se quería imprimir a la Semana Santa desde los años 20; y la segunda poseía una vinculación con el Ejército, cuestionada desde sectores anticlericales, así como tenía como imagen titular al carismático Cristo de la Buena Muerte, obra de Pedro de Mena", explica el profesor.

En las primeras horas también se incendió el Palacio Episcopal, el símbolo espacial del poder del clero. El obispo, Manuel González, tuvo que huir de la ciudad ayudado incluso por algunos republicanos, que tampoco entendían tanta violencia. Lo ocurrido durante la madrugada y durante el día 12, se puede incluir dentro de una segunda fase y responde a una reacción en masa, gentes que aprovecharon la circunstancias para dar rienda suelta a su radicalismo y acabar con todo lo que se le ponía por delante, amparados en el anonimato de la multitud. Unos vándalos. Aunque después hubo más de 200 detenidos y unas 150 personas ingresaron en prisión.

Hay quien se arrepintió con el paso de los años. Lola Carrera, en su documentado libro `Historias y Anécdotas de la Semana Santa de Málaga´, narra la historia de un hombre que participó en la quema de la iglesia de la Merced y de la Virgen de la Piedad, que allí recibía culto y, ya mayor, confesó su error a la cofradía y llegó a participar de promesa en la procesión, tras el trono, revestido de hábito nazareno.

Manuel Sánchez Ballester tenía cinco años en mayo de 1931 y vivía en el mismo lugar que hoy ocupa el antiguo y abandonado cine Andalucía. "Recuerdo, como si fuera ayer, cómo desde la ventana de mi casa veía una hoguera en el centro de la plaza de la Merced, delante de las Casas de Campo, donde quemaron al Cristo de la Sangre y otras imágenes", relata.

"Mi padre me contaba que muchos de los asaltantes, al entrar en la iglesia de Santiago, se quitaban la boina. Luego, algo de respeto sentían al acceder al templo. Creo que muchos se vieron empujados y se dejaron contagiar por el ambiente de violencia que existía. Las tasas de analfabetismo entonces eran enormes y fueron víctimas de la manipulación. Entraban a quemar las iglesias como el que iba a comprarse un merengue en la confitería La Imperial", añade Sánchez Ballester, quien, después de 75 años, aún no comprende por qué ocurrió todo lo que presenció desde aquella ventana.

Victoria Palma, hija del escultor Francisco Palma García y hermana del también artista Francisco Palma Burgos, recordaba en un reportaje publicado en este periódico la impresión que le causó, cuando era pequeña, ver a su padre entrando en su casa de la calle Cobertizo del Conde llorando, oliendo a humo, y con un misterioso objeto envuelto en su gabardina que resultó ser una pierna del Cristo de Mena, lo único que consiguió salvar del incendio de Santo Domingo en su valerosa incursión entre los violentos, que incluso saboteaban el trabajo de los bomberos en su intento por extinguir el fuego.

Rescates

Muchas fueron las personas, de toda ideología y condición, que protagonizaron estos heróicos episodios, enfrentándose a los agitadores, ayudando a monjas y curas o entrando en las iglesias en llamas, para tratar de salvar alguna imagen o pieza del ajuar de las cofradías. En la Merced desaparecieron las imágenes del Cristo de los Gitanos, la Sangre, Viñeros o la Piedad; en el Carmen, la Virgen del Carmen o el Señor de la Misericordia; en San Pablo, la Soledad... y en Santo Domingo, además del Cristo de la Buena Muerte, el Nazareno del Paso y, en principio, también se creía que la Esperanza.

Pero un joven, Francisco Sánchez Segarra, logró rescatar la cabeza en el último instante y la devolvió a la archicofradía a los pocos días. María Teresa Villarejo, hija del que durante muchos años fuera el hermano mayor, Francisco Villarejo, y la hermana más antigua de la corporación, tenía 23 años en mayo de 1931. Dos años antes, contrajo matrimonio en Santo Domingo con Julio Gancedo, que luego llegó a ser también hermano mayor de la Esperanza. Recuerda a sus 98 años de edad los sucesos del 11 y 12 de mayo con suma facilidad. Aún se emociona. "Un día llegó mi marido con un paquete liado en periódicos: era la cabeza de la Virgen", recuerda con gran cariño. Luego, Adrián Risueño la restauró y se puso al culto en la Catedral antes de regresar a Santo Domingo.

María Teresa vivía en la esquina de la calle Calderería con Marqués del Vado. Aún se le saltan las lágrimas al recordar las dantescas escenas que vivió en la calle Granada. "Había mujeres de mala vida y hombres que se disfrazaban con las casullas y roquetes que sacaban de las iglesias, se burlaban y bebían de los copones y cálices profanados. Se me caían las lágrimas y mi marido me pedía que no llorara, porque nos podían descubrir", relata.

Aún recuerda el tumulto, los grupos armados con palos y piquetes, las incontables pavesas que caían sobre las cabezas de los viandantes y el miedo en esa noche trágica y en los días posteriores. "Lo quemaron todo. Desde los Montes de Málaga se veía la ciudad ardiendo y con grandes columnas de humo. Todo el mundo estaba metido en sus casas, horrorizado, sin atreverse a salir y sin saber qué hacer. Todavía no entiendo como el hombre puede tener esa capacidad de destruir", concluye María Teresa Villarejo.

Han pasado 75 años de aquellos sucesos de mayo de 1931 y, pese al tiempo transcurrido, la quema de conventos continúa en la memoria colectiva y se considera uno de los acontecimientos más trascendentales vividos en Málaga en el siglo XX. Aquello causó una gran fractura en la sociedad de consecuencias fraticidas. Ahora, más allá de ideologías y creencias, todos concluyen que estos episodios nunca debieron haberse producido.