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Historias de la costa

Lola Flores y la belle époque de Los Gitanillos

La faraona compró la finca en el '62. Se convirtió en un lugar único en la Costa del Sol, con un idioma propio

Lucas Martín

Los azulejos han sustituido al patio. La comunidad de propietarios a los invitados. Detrás de la piedra todavía puede oírse un rasguño, un tacón enhebrado a otro tacón, un murmullo de risas y de guitarra. Lola Flores fue más que nunca faraona de ese tiempo, de ese espacio, gobernante entre gafas y pareos, fuerza viva de la Costa del Sol, paréntesis de exotismo frente a las avenidas de la aristocracia. De Los Gitanillos, su finca de Marbella, sólo queda un recuerdo que marcó una etapa, la misma que encumbró a la provincia, la de las grandes fiestas y los grandes nombres.

La familia Flores fue leal a sí misma en su gusto por la Costa. La milla de oro no convirtió a sus miembros en espigados personajes de Oscar Wilde. Siguieron siendo lo que eran, con su pálpito, con sus virtudes, tan suntuosamente distintas a las de todo el vecindario. La Lola al estilo de la Lola, artista con alma de chistera, tan intuitiva como para saber el momento exacto de dejarse los cuartos, de invertir en propiedades.

La firma de los Flores

La reina del folclore compró Los Gitanillos justo cuando había que hacerlo, en la cresta de la frontera que separa la oportunidad inmobiliaria del derroche de millones. Fue en 1962, antes, incluso, de su primera actuación en la Costa del Sol, contratada por el Ayuntamiento para agosto de ese mismo año. Lola sabía lo que quería, siempre lo supo. Y se mantuvo firme. Sin la más mínima disensión por parte de la familia, encantada con la perspectiva de regresar con puntualidad caucásica a la villa en cuanto empezaban a derretirse.

La deuda de Marbella con los Flores es la deuda de la excepción, del lenguaje que convertía a la provincia en un lugar distinto. La casa funcionó durante décadas como el cortijo abierto de la matriarca de una inmensa familia. Lola nunca fue huraña ni presa del protocolo. Dejaba campear por sus propiedades a todo aquel con el que simpatizaba, aunque sólo lo hubiera visto una vez en la vida. El ambiente de Los Gitanillos sintetizaba el ambiente de la historia irrepetible de la Costa del Sol, la mezcla de esencia e importación, de escritores, niños, ricachones, humildes, vecinos.

Ambiente vivo y literario

Francisco Umbral se paseaba por allí. Y un diplomático nacido en Asturias que más tarde inventaría aquello de un Soho para Málaga sin que las autoridades locales le hicieran mucho caso. Ninguno, por cierto, con los dedos enlazados en la taza de la porcelana, ni el frac ni el monóculo shakespearianos, sino como criaturas vivas, en mitad de una escena imposible de niños correteando en todas direcciones, de risotadas, de chapoteo y merienda en una tarde flamenca, en un entorno de lujo.

Paellas y lealtad a los amigos

La casa de Lola Flores no olía a perfume de sándalo ni a síntesis de productos químicos, sino al olor de Andalucía. La jerezana gustaba de arremangarse y preparar paellas, de someterse a obligaciones de madre y de cocción que le habrían costado una uña esmerilada a más de una vecina. Su carácter y la fama de Los Gitanillos la convirtieron en un lobby unipersonal en el municipio. Incluso el pajarraco de Jesús Gil y Gil, que, como todo el mundo sabe, no estudió en colegios ingleses ni se graduó en instituciones agustinas, agachaba la cabeza frente a sus opiniones y su manera de estar en el mundo.

Un trozo de mundo

La bailaora se vio en una ocasión forzada a afearle el gesto al desaparecido presidente del Atleti. Lo hizo sin titubear y a propósito de un amigo, el propietario del chiringuito en el que almorzaba a menudo, sometido a innúmeras presiones para vender la parcela y dejar que la picardía del ladrillo siguiera su curso. Lola dio la cara por él, Lola nunca se ocultó. Fue de frente y ése es el espíritu de Los Gitanillos, la casa que emitía un rumor de bujías inacabables, de paso indómito y fiero, de zapatos sobre la madera y cintura alegre, rediviva. Los Flores también forman parte de la gloria de Marbella, de los Connery, de los Peter Viertel y Deborah Kerr, de las estrellas y los biógrafos callados que les servían platos de pescaíto. Como los Ordóñez y los Hemingway. Como un trozo único de mundo.

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