22 de abril de 2012
22.04.2012
Pesca

El último boquerón de Málaga

Las instalaciones portuarias de la capital pierden el único barco arrastrero que quedaba, después de que el rinconero Rafael Domínguez haya optado por venderlo a un armador de Caleta de Vélez, donde el precio del combustible o del hielo «es mucho más barato» y «además no hay tanta presión de las embarcaciones de recreo»

22.04.2012 | 07:00
Manuel Pendón (izquierda) estrecha la mano a Rafael Domínguez, que al vender su arrastrero deja la capital huérfana de pesqueros.

La flota deportiva y los grandes cruceros le ganan el pulso al último de los armadores que quedaba en la capital.

«Te da pena ver a la gente mayor que se ha dedicado a esto de la pesca con las lágrimas saltadas. Lo he podido vivir en el puerto de Málaga durante estas últimas semanas. No imaginan que te vas y que ya no habrá ni un arrastrero que pueda volver a faenar en la bahía y a capturar pulpo, salmonetes, calamaritos... Yo me río de lo del pescaíto de Málaga. Ya tendrán que decir pescaíto de la Caleta, o de Fuengirola». Es el relato, con un nudo en la garganta, de Rafael Domínguez, un auténtico lobo de mar, un armador que recita de memoria el día que compró su primer barco: el 4 de junio de 1983 –justo cuando el Barcelona venció al Real Madrid en la final de la Copa del Rey celebrada en La Romareda–.

Domínguez, profesional desde los 17 años, ha cerrado con 52 un ciclo histórico para el recinto portuario malagueño «por culpa de los precios del gasoil o del hielo en la capital». Denuncia que de Málaga a Fuengirola hay una diferencia en el combustible de unos siete euros. «Haz cuentas: a mí me puede costar cada salida, con 3.000 litros, unos 300 euros más». Así se planteó deshacerse del Rafael y Antonio, arrastrero de 19 metros de eslora que desde este pasado viernes pertenece de forma oficial a Manuel Pendón, otro armador que por ser de la localidad axárquica de Mezquitilla tiene fijada su base en el puerto de Caleta de Vélez.

Comprador y vendedor se daban cita en este recinto portuario para solventar los últimos trámites administrativos. Rafael apunta que en su embarcación faenaba con otros cinco pescadores: «Yo me voy a embarcar como patrón en el barco de cualquier otro armador y los demás harán lo mismo. A mí me quedan sólo tres años para jubilarme, pero quiero que quede claro que no me marcho por la crisis, porque de hecho he ganado bastante en los últimos años en cuanto a la producción. Dejo el puerto de Málaga porque ya era el último y todo son pegas. Recibía más inspecciones que nadie, apenas venían ya a la Lonja de Málaga cinco o seis vendedores y hasta estabas asustado si venía un amigo y le dabas un puñado de pescado. Hasta por eso te multan».

El proceso hasta poder traspasar su embarcación no ha sido del todo fácil, aunque sí que le ha reportado algunos ingresos adicionales. «Primero vino un comprador y me dio 20.000 euros como fianza. Pero luego lo dejó. Vino el segundo y me pagó otros 10.000. Y pasó como en el primero. Y a la tercera se lo he vendido a Manuel».

Traspasado por 342.000 euros. Rafael recuerda que la embarcación le costó 76 millones de las antiguas pesetas y que ahora lo ha vendido por 57 (342.000 euros). «Le voy a perder muchos millones, pero es que de otra forma iba a tener que seguir trabajando en la capital y no estaba dispuesto a que ocurriera. Sólo en gastos para los días que no había apenas pesca tenía que costear unos 700 euros, incluidos gastos de Seguridad Social o el porcentaje del Puerto».

Ahora, con su despedida, cinco o seis trabajadores que están al frente de las gestiones pesqueras, también deberán buscar otra salida laboral. «Aquí lo que interesan son los contenedores, el tráfico de contenedores, los yates y los cruceros. Lo veo muy bien, pero la pesca en Málaga es parte de la historia. No puede ser que por ejemplo para fondear para los cruceros hayan creado a la altura del Martín Carpena un auténtico vertedero submarino, de 50 metros de profundidad a 70 y con unos cuatro kilómetros cuadrados de extensión», denuncia.

«Es una pena porque yo empecé hace 30 años y en la capital había 150 barcos». Rafael Domínguez, el propietario del «último boquerón» de Málaga capital, comenzó en este oficio allá por 1977. Tenía 17 años y a los tres años tuvo que cumplir con el servicio militar obligatorio, de manera que no pudo adquirir su primer barco hasta después. Fue a finales de la primavera de 1983 cuando pudo ver hecho realidad su sueño.

Jamás podría imaginar este armador del Rincón de la Victoria que la capital se quedaría un día sin flota pesquera: «Cuando tuve mi primer barco había amarrados más de 150 y venían más de 4.000 compradores a diario a la Lonja de Málaga. Los últimos que hemos quedado hemos sido un barco de madera y yo. Hasta la nueva lonja parece una cárcel, con todo lleno de rejas y con el paso restringido. Ahora tendrán que cerrarla definitivamente, que es lo que querrían para darle prioridad a los barcos de recreo, los yates, y los grandes cruceros». Y agrega: «Lo más raro es que en el nuevo puerto junto al río Guadalmedina van a hacer un espacio para pesqueros. ¿Para qué?». f. e. málaga

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