23 de junio de 2012
23.06.2012
Historias de la Costa

El regreso de Perón y la sombra de El Brujo

En el verano de 1970 el general Perón quiso repetir su famoso viaje a la Costa del Sol con una nueva visita al hotel Pez Espada

23.06.2012 | 03:30
Tres años después de su reencuentro con la Costa del Sol, el general Perón asumiría de nuevo la presidencia argentina. No obstante, un año después falleció, dejando el mandato en manos de su segunda esposa, María Estela Martínez. La influencia de López Rega era cada vez mayor, incluido en un viraje político que se marcó como meta el exterminio de todo lo que sonara a izquierdas. La Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) convirtió el país en una balacera.

Le acompañaban esta vez su esposa, María Estela Martínez, y José López Rega, El Brujo, patrón de la primera gran pesadilla represiva de la Argentina de los años setenta

Resulta difícil imaginarle con hechuras de baño. También sosegado, buscando la paz de la sombra y de las bebidas con hielo. Quizá alguien descubrió sus dientes de cocodrilo al final del pasamanos, su sombra tacaña, su cintura aviesa. Siempre a unos metros del general, con la mano replegada sobre el hombro de María Estela, ventricular y cobarde, paseando por el muelle. Juan Domingo Perón regresaba a Torremolinos, con la mente secretamente puesta en un segundo asalto a la presidencia y junto a él se movía como una anguila la figura monstruosa de López Rega, el larguirucho de las intrigas, de los callejones helados, de las metralletas.

Era la luz de agosto, en 1970. En las calles de la Costa del Sol se dibujaba la silueta del tiburón, el coche en el que viajaba Perón, enfilando los últimos metros que separaban del aeropuerto. Días antes, su compatriota Carlos Acuña había cantando La Calesita en la parrilla del hotel, quizá como preludio a la mano siniestra del Brujo, de López Rega. «Llora la calesita en la esquinita sombría / y hace sangrar las cosas que fueron rosas un día». El general se reencontraba con su pasado, con las horas felices y el fantasma de Evita, del poder, de la balconada y el jaleo; en enero de 1960, el militar se había hospedado en el Pez Espada, fueron los tiempos del primer derrocamiento, cuando Juan Domingo lucía victorioso y enérgico. Todavía estaba fresco el recuerdo, la tarde en que Perón, según los trabajadores del complejo, extendió un cheque con la intención de comprar el hotel, entusiasta, sin reparar en el precio.

El secretario y la rapiña. El Pez Espada, a pesar del exilio, funcionaba como uno de los refugios predilectos de Perón, que siempre aludió con cariño a su rincón de la Costa del Sol, como consta en sus conversaciones con el director y en el libro de oro del establecimiento. Diez años después, sin embargo, las circunstancias habían cambiado; al expresidente le acompañaba María Estela Martínez, que le relevaría en el cargo, y las miserias de un secretario al que los periodistas españoles anotaron en el nombre, pero con resonancias todavía blandas. Entonces ya se sabía la influencia de López Rega, que endureció la mano de la viuda hasta convertirla en un pájaro terrible, carroñero.

El arrabal del flamenco. De la presencia del cortejo en Málaga existe poca documentación. Perón dio órdenes para mantener alejada a la prensa. Se sabe, no obstante, que en esos días actuó en el hotel La Polaca, quizá animando con su golpe de genio la penuria moral de El Brujo. Fueron tiempos muy argentinos de la Costa del Sol, que inauguró el 21 de agosto, apenas diez días después de la llegada de la comitiva, un bar de tango en un sótano, en plan arrabalero.

El veraneo de la primera dama. El general se marchó dos semanas después de su llegada, presa de la discreción y de las buenas maneras, que le llevaron a escribir, de nuevo, en el libro del hotel, esta vez con nuevos redobles de gentileza. «El director ha sabido llevar la organización a un punto insuperable» señaló. Su partida, no obstante, no fue el final de los aires imperiales del hotel, que se guardaban para acoger a la princesa Soraya en octubre, pero también para seguir entreteniendo a su mujer, que se quedó en Torremolinos hasta que se quebró la última luz del verano. Mientras María Estela disfrutaba del sol, su país se volvía negro, con el aliento renovado de López Rega, el fundador de la alianza anticomunista, al que se le atribuye la campaña sanguinaria que preludió los horrores de la junta militar.

El contorno de El Brujo. En su segunda visita al hotel, a Perón le quedaban cuatro años de vida. La tropa de Torremolinos urdiría a su muerte una página sombría, con María Estela Martínez confundida y borrosa y los pasos sibilinos del Brujo traqueteando sobre la cabeza de sus paisanos como antes lo habían hecho sobre los jardines. Una bestia escondida entre los visillos de la Costa del Sol, resoplando en la tregua del agua. Quién sabe dónde estamparía su firma López Rega. Agazapado, paseando por las noches por las calles iluminadas del Pez Espada, en el verano de 1970.

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