04 de febrero de 2013
04.02.2013

Recuerdo de la infamia

La Opinión de Málaga completa la serie de artículos especiales sobre el éxodo de la Carretera de Almería

04.02.2013 | 01:22
Un grupo de escolares malagueños son acogidos en Bélgica tras sobrevivir a la huida. Esta imagen también pertenece al archivo personal de Clotilde Vega, que fue una de las exiliadas en ese país.

El texto recupera los testimonios de los supervivientes recabados en la investigación Yo estuve allí, publicada por Arcas junto a un grupo de investigadores de la UMA.

Hacia las dos de la tarde del sábado 6 de febrero de 1937, escribe Arthur Koestler, comienza el «éxodo de Málaga». Un río «de camiones, coches, mulas, carretas, de personas atemorizadas», un río «que chupa y se lleva consigo todo», que «chupa de las arterias de Málaga todas sus posibilidades de resistencia, su fe, su moral».

Los éxodos son una de las más crueles consecuencias del siglo XX, el siglo de la barbarie. Durante la Segunda Guerra Mundial –de la que la Guerra de España forma parte como preludio– 50 millones de personas fueron expulsadas de sus hogares. Uno de estos éxodos forzados por el miedo a la guerra y a la represión, es el de la Carretera de Almería, mostrado al mundo en primer lugar por el médico canadiense Norman Bethune. Sir Peter Chalmers-Mitchell, otro de los testigos de la guerra en Málaga, recuerda el «miedo y la tristeza» de las procesiones de gentes que pasaban cerca de su casa hacia la salida de Málaga. «La oleada de gente –escribe– no cesó durante toda la noche, susurrando y gimiendo como si fuera el viento a través de los árboles».

Un informe militar republicano confirma estas impresiones: «la población enloquecida por la acción del enemigo, se marchaba, abandonando la capital». Una huida apresurada y caótica, desordenada, en la que se mezclaban la población civil y las tropas milicianas. Desde Almería, el ejército republicano informaba de aquel río humano que llegaba desde Málaga, «dándose el espectáculo de mujeres y hombres que se morían de completo agotamiento, y otros muchos que se suicidaban, aumentándose así el cuadro de horror que se producía a nuestra vista».

La Desbandá

El libro y el documental Yo estaba allí (Fernando Arcas–director–, C. Fernández, A. García, M.A., Melero, P. Mellado, L. Sanjuán, C. Sarria, M. Tello, editorial Sarriá, 2011) realizado por investigadores de la Universidad de Málaga recoge testimonios de los jóvenes y niños que sufrieron esa huida dramática que se convertiría para algunos en un viaje sin retorno, en un exilio definitivo. El pánico al rumor de que «los moros de Franco» –un enemigo ancestral– y los fascistas venían cortando cabezas y pechos a las mujeres en su camino imparable hacia Málaga llevó a cientos de familias republicanas malagueñas y venidas de otras provincias a mirar a la capital y luego a Almería como salvación. «De los que se quedaron, fusilaron a un montón de hombres sin haber hecho nada malo, –dice José Pacheco, de Humilladero­–, sólo por capricho de la gente y por cosas del fascismo». En Cañete la Real, los abuelos lo advertían: «hay que huir de los fascistas que cortaban los pechos a las mujeres que iban fusilando». «Llegamos a Monda, luego llegamos a Coín –cuenta Ana Guerrero, una niña entonces, de Istán–, mi padre como era arriero, a una casa a la que llevaba carbón y fue al dueño y le dio la llave y allí estuvimos una pila de días». Huir era la única esperanza – «el anhelo de todo el que iba por la carretera era ese», dice Francisco Tirado, miliciano del batallón Stalin de la capital–, y sobrevivir con la ayuda de organismos del gobierno de la República, y con la solidaridad de familias de la zona republicana.

«Mi padre llevaba a mi hermana, a la más chica, en los hombros siempre porque mi hermana no podía correr, ésta agarrada a un lado de mamá, y la otra agarrada del otro lado de mamá, de las faldas de mi madre, y sin comida, y sin agua. Las cañas de azúcar las más buenas que yo he comido en mi vida, porque como era tanta hambre€ ¡Las cañas dulces nos las comíamos!», recuerdan Isabel y María Reyes, de Málaga.

«Eso era la desesperación más grande, eso no se te podrá olvidar jamás en la vida, eso no se te puede olvidar nunca», afirma Ana Escudero, de Álora. «La carretera –prosigue– era todo eso: aviones por arriba y barcos por abajo, y eso era cañonazo para arriba, cañonazo para abajo, niños llorando, madres llorando, viejecitos abandonados», y «ya por la carretera mi hermano tenía cuatro años y la mayor ocho. La mayor se perdió y el más chico también, y el que llevaba mi madre, no se acuerda ni donde lo enterró. Ella dice que le puso Lenin, porque ¡como mi padre era tan comunista! Le llamaron como a mi abuelo: Lorenzo y Lenin también». Mariano Podadera, de Villanueva de Cauche, que tenía 12 años, afirma que «a cada instante encontraba uno a un muerto en la carretera».

En Málaga ya ocupada por los franquistas, los hospitales recibían a las víctimas de la carretera. Una joven enfermera ­–Laura León– recuerda los hechos: «Estaba yo en el hospital Miramar, estaba yo allí en el hospital de sangre y llegaban allí las mujeres todas, desde los barcos tiraban y las herían, y llegaban allí muy malheridas, yo lo sé porque teníamos que preparar en la farmacia muchos medicamentos, ya estaban las tropas aquí, los que llegaban eran los heridos de eso, que eran casi todos, porque ellos iban por la costa y los barcos les tiraban desde el mar, aquello estuvo muy mal, estaban los mejores médicos de Málaga».

A Juan Muñoz Frías, un joven miliciano del Batallón Andrés Naranjo de la FAI, no se le olvida el espectáculo de la muerte: «íbamos buscando una alcantarilla para pasar un vado a resguardo de los disparos, pero no pudimos pasar, estaba llena de heridos y de muertos». Desde la salida de Málaga sólo tenía una determinación: «yo la idea que tenía fija es que a mí no me cogían».

La tropa se dispersaba entre la multitud. «Iban diez por aquí, diez por otro sitio, ­–dice Juan Muñoz– pero con el objetivo de Motril o Almería, de reunirnos por ahí. No podíamos marchar en pelotón porque iban los barcos matando gente, ¿sabes? Nosotros la mayoría del tiempo lo pasábamos al otro lado de la carretera, de cuando en cuando nos aventurábamos». El miliciano del batallón Stalin afirma que desde la carretera «ocurrían cosas bárbaras porque yo he visto submarinos alemanes metidos en el rebalaje, yo decía ¿cómo pueden estar esos tíos pegados a la costa, cómo no encallan por ahí?». Los soldados como él «íbamos monte arriba y monte abajo una pila de trecho» para evitar el fuego de los barcos nacionales. El paso de los ríos era una epopeya trágica. En Motril, este joven soldado cuenta que «cogimos camiones y los metimos en el río, hasta que hicimos como un puente de camiones y por ahí pasaba el público, había personas, mujeres y gente mayor que daban lástima, no podían, muchos de ellos se caían, se ahogaban, niños, en fin aquello fue morirse».

Al llegar a Almería el espectáculo trágico de los refugiados constituía además para el ejército republicano «el peligro grande de la enorme desmoralización que se llevaba a las poblaciones civiles y la posibilidad evidente de que esta desmoralización se proyectara a los combatientes que habían de llegar a este frente». El mismo desarme de la milicia anarquista que llegaba desde Málaga y que se resistió a él fue un problema para las autoridades almerienses.

Francisco Gutiérrez, un joven de 17 años de Vélez Málaga, estaba entre los refugiados: «entonces salía un tren para Barcelona. En el tren no se cabía». Comenzaba un nuevo éxodo sin horizontes seguros. Mariano Podadera recuerda que «nos metieron en un camión y nos llevaron a Hellín en la provincia de Albacete y allí nos tiramos el tiempo de la guerra». Los jóvenes milicianos volverían a los frentes de guerra. Francisco Tirado, por ejemplo, se fue voluntario a las Brigadas Internacionales, una tropa de élite: «habían mayormente franceses, ingleses, alemanes, había americanos, checos, había de todas clases, pero ángeles, se podía decir, gente de muy buen corazón, una cosa magnífica».

María Muñoz recuerda que «nos pusieron un tren y nos llevaron a Lérida». No se olvidaría nunca del potaje de lentejas que les pusieron en Alcázar de San Juan, «que no le encontramos ni chinos de hambre que llevábamos». Recuerda que la estancia en Lérida, la acogida de los vecinos, fue buena después de tantos sufrimientos. Francisca Lara, de Villanueva de Tapia, también fue acogida en un pueblecito de Cataluña como refugiada. Su tío moriría en un campo de concentración francés. Francisco Romero, de Totalán, que estaba en edad militar, cuando cruzó la frontera sin embargo, volvería a combatir al frente en España.

«Yo pasé la frontera el 16 de febrero de 1939 –escribe Juan Muñoz Frías–, nos encontramos a los gendarmes que nos desarmaron y nos llevaron al campo de Argelès sur Mer. Allí empezó otra vida, otro episodio de nuestra pena». Clotilde Vega, una joven de 17 años, sería acogida con un grupo de niños en Bélgica. Allí comenzó un largo exilio.
La historia de los grandes acontecimientos y personajes había olvidado a quienes la sufren en silencio, a las personas corrientes. La Guerra de España tiene otros protagonistas, que son la inmensa mayoría, a los que hemos llegado a través de los recuerdos, de la memoria personal y colectiva. Estos recuerdos de la infamia de la Carretera de Málaga a Almería restituyen la injusticia de ese silencio.

«Cavaban para proteger a los niños»

Salvador Guzmán, un niño entonces de 8 años de Coín,  recuerda que las tropas mezcladas con la población civil «tenían palas y picos y ellos hacían agujeros en el terreno del corte e iban metiendo allí a las criaturas». para protegerles de los bombardeos. En una ocasión se refugió entre unas cañas, «y en esto llega un viejo y se mete conmigo y cada vez que caía un proyectil yo me movía y el viejo me decía ?de esta nos hemos escapado?».

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