Hubiera sido excesivo. Incluso para un planeta exagerado como el que conforma, en su trazo variopinto, la Costa del Sol. Todo un príncipe sueco con un plato de papel repleto de paella, tostándose con la sonrisa a cuestas mientras el aire se inunda del chasquido de la lata de cerveza y los pantalones disminuyen al estilo remendón. Ni siquiera Robespierre habría soñado con torturas tan sofisticadas para la jet set. Y mucho menos con que fueran públicas y de sometimiento voluntario. Pero entonces, Carlos Bernadotte ya se había transformado en don Carlos, un hombre que nunca dejó de ser un aristócrata, aunque con una manera tan natural de comportarse en la provincia que parecía sacado, si bien con ademanes más finos, de la utopía campechana que se inventó La Zarzuela para avivar el fenómeno fan con los Borbón.

En el casi medio siglo que vivió en la provincia, el príncipe nórdico no renunció nunca a hacer cosas de noble. En Marbella, con discreción, eso sí, y alejado de la suntuosidad de revista de muchos de sus sucedáneos europeos, frecuentó los espacios más exclusivos, pero sin el protocolo estricto y el lenguaje tapiado que mueven las casas reales en las raras ocasiones que se dejan ver despojados de todo ese ejército de uniformes y boato que marca su contacto con el exterior. Hasta el punto de acudir con su familia a la romería de la Virgen de la Cruz, en Benalmádena, y participar en una paellada gigante. Quizá no con el tenedor de plástico, pero sí con el hecho indudable de asistir, que es mucho más de lo que hacían décadas antes los ministros franquistas e incluso los representantes del gobernador.

Cuando los Bernadotte hicieron de romeros en la Costa del Sol, en 1979, ya eran vecinos consumados de la provincia. Y por su casa de Villa Capricornio, donde el articulista y maestro en turismo Rafael de la Fuente los evoca rodeados por una arboleda exultante, peregrinaban todos los representantes de la nobleza nórdica. Muchos de ellos con algún grado de consanguinidad con el príncipe Carlos, que era hijo de Ingeborg de Dinamarca y hermano de las princesas Marta de Noruega y de Margarita de Suecia. También de Astrid de Bélgica, cuyo matrimonio con Leopoldo III, le permitió seguir siendo príncipe después de casarse con Elsa Von Rolsen, aunque con un cambio de bandera.

El retiro de Carlos Bernadotte en Benalmádena estuvo siempre rodeado por el ademán exquisito y la prudencia. De vez en cuando aparecía alguna foto de su mujer jugando al golf, con el vestido drapeado y pendiente de la pelota. También alguna referencia a propósito de una reunión con empresarios o de las visitas continuas que le prodigaban miembros de la realeza. El príncipe no se había afincado en la Costa del Sol para tomar champán en la cubierta de los yates ni para hacer de Gunilla en las fiestas. Ni estaba en su naturaleza, ni era siquiera el momento. Especialmente, porque venía huyendo de los focos y de un escándalo financiero.

Don Carlos, que en su juventud adquirió cierta fama de vehemente e, incluso, se arrojó a un lago para rescatar del agua a un piragüista, encontró en la Costa del Sol precisamente lo que buscaba: un paraíso tranquilo que conocía sobradamente de sus distintas etapas de vacaciones. Y que le garantizaba la oportunidad de permanecer en una suerte de anonimato grandilocuente, a pesar de portar como un estandarte el apellido de los Bernadotte, la estirpe monárquica más antigua de Suecia, por más que fuera designada a dedo y paradójicamente por Napoleón, del que el fundador de la casa ejerció de mariscal en sus campañas por el norte.

El día de junio en el que el príncipe Carlos falleció es probable que muchos de sus vecinos no supieran hasta dónde llegaban sus blasones. Para la mayoría era simplemente un caballero dócil, generoso en el trato. Quién sabe si en su partida también volaron hasta Villa Capricornio los pájaros de su infancia, como en las vísperas de la muerte de Sibelius. Un príncipe nonagerio del país del frío amortajado en el verano incipiente de la Costa del Sol, justo antes de que su cuerpo fuera enviado de nuevo a Estocolmo, donde recibió sepultura con todos los honores. Quizá incluso con un jazmín en la tumba en lugar de una flor ártica.