Historia de Málaga
'Gneisenau': caída en el mar, ascenso de los héroes
El hundimiento de la fragata alemana 'Gneisenau' forma parte de la identidad de Málaga y de sus principales emblemas

La famosa fragata alemana en el momento de despeñarse contra la escollera de la ensenada del puerto. / L. O.
Lucas Martín
Cuenta la leyenda, embarrada también con notas imaginativas y deformes, que el cuerpo del capitán Kretschmann fue uno de los primeros en alcanzar la orilla. Arrastraba un color gris verdoso, casi fileteado por las eyecciones del mar. En su rostro, sin vida, parecía asomar una turbación de vidrio que tenía mucho de conmoción moral, la de haber calibrado, durante sus últimos minutos, el peso de su decisión, que llevaría a enfrentar a Málaga con uno de sus capítulos marítimos más despiadados y, al mismo tiempo, heroicos, el del naufragio de la Gneisenau.
En apenas media hora, la orden del alto mando cambiaría para siempre el destino de la nave; la mañana tormentosa del 16 de diciembre de 1900 acabaría convirtiéndose en una espectacular sangría. Y todo por la negativa a aceptar la sugerencia de las autoridades del puerto, que insistían en la necesidad de fondear. Al igual que en otros naufragios, la caída de la Gneisenau fue producto de un acto de insolencia, de un golpe de autoridad que investigadores como Javier Noriega, de Nerea Subacuática, justifican en algo mucho más sólido que la simple arrogancia: la tripulación de la fragata, altamente experimentada, venía de batallar con el Báltico y miraba al Mediterráneo como si se tratara de un pozo aquietado, desprovisto de pasión.
Si existen unas aguas que ejemplifiquen el temperamento traicionero del mar ésas son, sin duda, las de la provincia. La calma, aparentemente inmóvil, puede desbaratarse en unos segundos con un cambio de viento como el que sorprendió a la Gneisenau, que, en mitad de la tormenta, se vio atrapada en un infierno de olas gigantes y embestidas de aire frío. El barco, con sus 466 tripulantes, había atracado en una ensenada cerca de la costa, desde donde pretendía esperar al embajador alemán, que estaba de misión diplomática en Marruecos. Con el estallido de la borrasca, Málaga recomendó a la nave establecerse en el puerto, pero la Gneisenau se negó, quedando sin saberlo a merced de unos elementos mucho más fieros que los que se aventuraban en ese momento. A los marineros del buque escuela no les dio tiempo de hacer funcionar siquiera sus cuatro motores, sucumbiendo en una orgía de empellones contra las rocas que no respetaría ni a los botes salvavidas, estrujados, en su mayoría, sin poder arrancar.

Caída en el mar, ascenso de los héroes
El espectáculo, desde la orilla, tuvo que ser tremendo. Decenas de malagueños, marineros, sobre todo, no dudaron en arriesgar sus vidas y lanzarse a socorrer a los náufragos. Hombres de Málaga, con el pecho devorado por la pobreza y la dureza de las cañas, que llegarían a sus casas ese día con la ropa desgarrada y a topetazo limpio, presas de una confusión que sus mujeres no sabían si asimilar al eco de un relato que les sonaba fantasioso o a una borrachera de antología y expiación.
En el hundimiento de la Gneisenau murieron 41 personas. Hubo también más de un centenar de heridos, trasladados al Hospital Noble. Entre ellos, algunos de los malagueños que se habían arrojado a la mar. La gesta, insertada en el escudo de Málaga, no caería en saco roto. Tres días después del desastre la reina regente otorgaría a la ciudad el título de Muy Hospitalaria. Los alemanes, agradecidos, tampoco se olvidaron del episodio. Para el imperio, la tragedia de la fragata adquiriría una dimensión monstruosa: el barco era su buque escuela y operaba, en la práctica, como una especie de extensión diplomática de la bandera nacional. En 1907, con la famosa riá, Alemania aprovechó para compensar a la ciudad con un auxilio que había empezado en las postrimerías del desastre con todo tipo de regalos: la financiación, mediante donaciones, del puente destruido de Santo Domingo, que pasó a llamarse «de los alemanes» en la nomenclatura popular. Aunque burlada a menudo por la desmemoria,la caída de la Gneisenau, y la reacción posterior de los malagueños, es uno de los principales símbolos de la historia contemporánea de Málaga. Un naufragio enflaquecido a veces por el olvido y dilatado en otras ocasiones con todo tipo de flecos mitológicos. Y del que también sobresalen algunos misterios. El principal, el paradero del barco, buscado hace apenas un lustro, y con todo tipo de utillaje, por Nerea. La sombra ilustrada del buque aún serpentea por el puerto.

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