04 de marzo de 2017
04.03.2017
Historias de la Costa

Pierce Brosnan, detective sin misión en la gran Costa

El famoso actor irlandés se ha revelado en la última década como un auténtico enamorado de Marbella, ciudad que visita con frecuencia, siempre camuflado entre las verdosas urbanizaciones del lujo

04.03.2017 | 05:00
Aunque mundialmente famoso por sus papeles en Remington Steele y en la saga de James Bond, Pierce Brosnan no es ni mucho menos un actor de los que son conocidos por un par de personajes. Su carrera incluye numerosos títulos, algunos de tanto recorrido taquillero como El secreto de Thomas Crown y El escritor, que filmó Roman Polanski. Fuera de la pantalla, el intérprete inglés se ha visto golpeado salvajemente y por partida doble por el cáncer, que acabó con la vida de su primera mujer y de su hija.

Su nombre es usado como reclamo por las empresas turísticas inglesas y aparece a menudo en la prensa asociado a la provincia.

Tenía apariencia de maniquí. No porque careciera de movilidad o de sustancia expresiva, sino por la absoluta coherencia entre un porte, el suyo, y la proyección universal del detective. Era un 007 demasiado creíble. Y, por tanto, según los puristas, prácticamente perfecto. En Marbella habría bastado con verle pasear en bañador para entrar en crisis y sentir el deseo de tirar de Mortadelo o poner en sobreaviso a la TIA. Un Bond desarmado, probablemente en chanclas, rompiendo con la imagen circunspecta del agente y al mismo tiempo con la de sus compatriotas irlandeses, que por esta tierra suelen ejercer de sí mismos en figuras menos elaboradas y apolíneas.

Si Pierce Brosnan, que emigró muy joven a Inglaterra, tiene algo de irlandés canónico, no parece que se observe muy a menudo. Sobre todo, en la Costa del Sol donde ni la pinta ni las canciones ni el fútbol forman parte del relato de sus visitas. Ni siquiera en periódicos sensacionalistas, que una vez definieron a Marbella como un lugar en el que si uno tiene suerte puede tomarse un café al lado del actor y de manera fortuita. A Brosnan con los años le pudo la discreción, si bien es cierto que, en su caso, toda la parafernalia de la vida irlandesa, sus brindis y su melancolía, podían desarrollarse a puerta cerrada, sin necesidad de bajar al bar ni de ponerse unas gafas de sol para no ser reconocido.

En sus visitas a la Costa del Sol, el protagonista de Remington Steele podría haberse traído un acantilado y colocarlo en sus aposentos. Especialmente, en este siglo, en el que los yates y los hoteles de los famosos han ido siendo sustituidos por auténticos búnkeres al aire libre. Brosnan tenía metros cuadrados de sobra en el Marbella Club, en los tiempos en los que el alquiler de una villa salía a casi 3.800 euros al día. Un precio a prueba de espionaje, con la suficiente espesura y vegetación como para no tener que interiorizar después el paisaje selvático de muchas de sus películas. Decir que Brosnan viene a Málaga es lo mismo que poner una vela en una aldea de las que entran en conversaciones con la virgen; algo que en realidad nadie ha visto, pero con testigos que dan muy bien en las fotos; con la diferencia que en este caso no se trata de pastores, sino de propietarios de suntuosos restaurantes, de discotecas, de hoteles finos.

En Marbella, el James Bond irlandés se protege, aunque no se oculta. En mi biblioteca está el mundo, decía Borges. Y el 007, en sus itinerarios selectos y en su hotel, también podía tirar de metonimia. Al menos, en lo que respecta a la noche y al lujo. Jornadas relajadas en el Nikki Beach, descanso y buenos vinos forman parte de su guión habitual en la provincia, donde su nombre suena acompañado de numerosas resonancias de la saga Bond. Y no sólo por la famosa y judicializada estancia de Sean Connery. En sus más de cincuenta años de historia turística, la Costa del Sol se ha relacionado con el agente 007 con una prodigalidad que incluye saltos entre la pantalla y el sillón, la ficción y sus máscaras desmitificadoras. Barbara Carrera, la protagonista de Nunca digas nunca jamás, estuvo aquí, además de una amplia estela de chicas Bond, con representantes tan superlativas como la bellísima Britt Ekland. Incluso, en los cines Oasis, en Marbella, se programó el estreno de Panorama para matar. Un filme, protagonizado por Roger Moore, que Pierce Brosnan seguramente vería en un alto de la serie Remington Steele, producción, muy a tono con los ochenta, que le serviría para ganar peso internacional y dar forma definitiva a su salto hacia Hollywood.

En la Costa del Sol no tuvo que sufrir mucho. Y la prueba está en su continuidad, que no se tambaleó ni a golpe de titular insidioso; hace tan sólo cuatro años, la prensa británica publicó que el cocodrilo que se escapó de un parque temático de Torremolinos podría haber serpenteado por las inmediaciones de su casa de vacaciones y de la del «veterano crooner» Julio Iglesias. Nada sabemos del heredero de Papuchi, pero lo que está claro es que el 007 es un valiente: nadie que pone a sus hijos el nombre de Beckett y de Dylan Thomas debería ser considerado oficialmente mala persona y, mucho menos, lector de vaguedades; por más que el oficio obligue a taparse la nariz y a leer guiones de los que hacen añorar las tardes de teatro y de pobreza energética. A Brosnan la prensa y las manías altisonantes de internet ayudaron a localizarle el año pasado en Madrid, en el Reina Sofía, donde su foto junto al Guernica acabaría por desatar una polémica. De regreso a la Costa del Sol no habría tenido ningún problema en aparecer junto a otros cuadros del pintor. Y, además, sin la necesidad de sacar la cámara, ávidos como andan de público internacional de prestigio tras el cierre de cortinas de los famosos y la llegada a cara descubierta de las hienas del cuore. En algún pasillo de Marbella, donde no llegan las mirillas ni el catalejo, el actor aparece y se marcha. La última fantasmagoría del llamado hijo salvador de los 007.

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