04 de junio de 2017
04.06.2017
Málaga, 1908

Julio Camba, feliz en Málaga

Los mejores periodistas del momento promocionaron las Fiestas de Agosto de 1908, invitados por el Ayuntamiento de la capital malagueña y agasajados por la burguesía local

04.06.2017 | 05:00
Una fotografía de Julio Camba.

No sabía que Julio Camba había estado en Málaga hasta que, repasando el libro que reúne sus crónicas desde Constantinopla, en feliz y cuidada edición de Renacimiento (a cargo del joven y amable erudito José Miguel González Soriano), lo leí en su prólogo magnífico. En efecto, aquel año el Ayuntamiento de Málaga tiró la casa por la ventana y realizó una invitación a los periodistas de Madrid para informar de las Fiestas de Agosto, quizás necesitadas de un empujón por la competencia del norte de España, cuyas playas frecuentaban entonces la monarquía y las más nobles e importantes familias de la península.

En la alineación del equipo de periodistas enviados a Málaga se encontraba la flor y nata del oficio: Javier Betegón (La Época), que había cubierto en 1906 la Conferencia de Algeciras; Antonio Palomero (ABC), de quien acabamos de saber que era «el perejil de todas las salsas literarias, periodísticas y bohemias» gracias a Miguel Ángel del Arco y su fantástico libro sobre los cronistas bohemios de la España de principios del siglo XX. Eduardo Muñoz (El Imparcial), Cristóbal de Castro (El Liberal) y José Luis López Pinillos (Heraldo de Madrid) también formaban parte de la nutrida expedición: aunque sus cabeceras eran diferentes, las tres formaban parte del llamado «trust de los periódicos», formado por la confluencia de intereses económicos de sus respectivos editores. Anselmo González (El País) y Julio Camba (El Mundo) cerraban la brillante embajada de plumillas madrileños.

No eran buenos tiempos para el periodismo, a pesar de la creciente difusión de los medios, lastrados aún por el analfabetismo rampante en muchas zonas de España. Palomero, por ejemplo, para sobrevivir llegaría durante su carrera a escribir en un mismo día diferentes textos para ser publicados en El País, El Liberal, Don Quijote, Diario del Teatro y Nuevo Mundo. Así estaban las cosas.

Por eso mismo todos aceptaron la generosa invitación del Ayuntamiento de Málaga, cuyo alcalde era entonces el olvidado Juan Gutiérrez Bueno –premiado por su ciudad con la consabida calle sucia en algún oscuro polígono-, estando al frente de la junta de festejos don José García Herrera.


Camba y las Fiestas de Málaga

Los periodistas viajaron desde Madrid a Málaga en tren, el 18 de agosto. Durante varios días las portadas de sus medios –entonces salían con sólo ocho páginas– recogieron sus crónicas desde Málaga, gracias a las cuales ha sido posible reconstruir su viaje y su estancia en la ciudad. Todos se sorprendieron del agradable clima reinante en agosto. Su viaje fue fraternal, y sin duda se lo pasaron en grande.

Julio Camba era el benjamín de todos ellos. Apenas tenía 23 años cuando vino a Málaga, y según parece había dejado atrás las ideas anarquistas de su juventud. En octubre de 1907 había fichado por El Mundo, donde escribió a lo largo de la primavera de 1908 la serie Verano extemporáneo, ambientada en su Galicia natal, que tuvo mucho éxito. Con el tiempo Julio Camba se convertiría en uno de los mejores periodistas de España, y también en uno de los profesionales más solicitado y mejor pagado.

Desde Málaga escribiría cuatro artículos, alguno de ellos realmente delicioso, en los que combina humor e información política, estilismo y oficio. El 18 de agosto sale Comentarios de un festejado. El 31 de agosto Catorce días de opulencia. Ya en septiembre, el día 1 se publica La cuestión regional, y el día 3 el último, titulado Demografía malagueña. Leamos a Camba, su primer artículo:

«Habíamos bajado a tomar un refresco cuando notamos la ausencia del brillante cronista [se refiere a Pinillos].

¿En dónde está Pinillos? –preguntó uno.

¡Hombre! Es cierto. ¿Dónde se habrá metido?

Le buscamos infructuosamente por todas partes. Ya a las dos de la tarde, en vista de que Pinillos no aparecía, nos decidimos a almorzar sin él. Almorzamos con alguna inquietud, porque la pérdida de un escritor como Parmeno [se refiere Camba al pseudónimo que utilizaba Pinillos] no es una pérdida insignificante. A los postres, Palomero se levantó de la mesa. Íbamos también a levantarnos los otros cuando llegó el admirable poeta.

Señores- dijo solemnemente Palomero. –Acabo de presenciar un espectáculo repugnante. Estoy indignadísimo. Pinillos?

¿Qué ocurre?- interrumpieron algunos.

Pinillos- continuó Palomero – nos ha hecho traición. Acabo de verle, pero más valiera que no le hubiere visto porque lo que está haciendo es una verdadera infamia.

¿Qué hace? ¿Qué hace?

Palomero puso un gesto terrible.

¡Hace un artículo! Le sorprendí y le dije: «Desprecio en usted, Pinillos, el repugnante oficio de periodista».

La indignación fue general. Pinillos, con su actividad y su formalidad, quebrantaba de golpe nuestros propósitos de ocio y de contemplación. Estábamos disfrutando de los placeres de Málaga y el ejemplo de Pinillos nos recordaba nuestro deber de describirlos, con lo cual, de la categoría de placeres, pasaban a la categoría de tormentos».


Reconstrucción de los hechos
Los periodistas madrileños llegaron a Málaga el 18 de agosto, y casi todos ellos regresaron a Madrid el día 25. Hubo dos que no pudieron hacerlo y retrasaron su viaje de vuelta, por sendas indisposiciones que debieron deberse a la enorme cantidad de comida y bebida ingeridas durante su agasajada estancia en Málaga: Julio Camba y Cristóbal de Castro. No en vano desde Madrid escribiría Camba una sentida y agradecida crónica de su visita malagueña titulada, como ya se ha dicho, Catorce días de opulencia.

Durante las Fiestas se celebraron dos corridas de toros (con Bombita y Machaquito en ambas) y una novillada. Vinieron trenes botijo desde Córdoba y Granada. También llegaron turistas en barcos de vapor desde Gibraltar y Almería. Los periodistas fueron atendidos por el Ayuntamiento, la Diputación, la Asociación de la Prensa y por toda la burguesía local, volcada en atenciones. Iban de convite en convite, de festejo en festejo. Realizaron tres excursiones: una a la zona de Los Manantiales en Torremolinos, para admirar la fuente de agua cristalina que surtía a la ciudad. Otra a Vélez Málaga, en el tren de la costa, para pasar el día en la finca edénica de Félix Lomas en Valle-Niza. La tercera sería al lagar de Enrique Rivas, amigo de muchos de ellos, librero con escaparate en la calle Larios. Visitarían también diversas industrias y bodegas de la ciudad.

El 24 de agosto participaron en los Juegos Florales celebrados en el Teatro Cervantes. El mantenedor de aquellos Juegos fue Carlos Fernández Shaw: en el archivo digitalizado del escritor, conservado por la Fundación Juan March, se pueden consultar algunos recortes de la prensa de la época. En el jurado, figuras tan prominentes como Narciso Díaz de Escovar, cuyo archivo asimismo guarda una caja completa con documentos originales de la época. Se leyó una carta de Benito Pérez Galdós, invitado también pero que excusó su ausencia (en octubre de 1905 había pasado por Málaga camino de Marruecos, atendido por Arturo Reyes y el propio Díaz de Escovar). Palomero y Cristóbal de Castro leyeron poesías, siendo muy aplaudidos por el público.

Los días se suceden para los periodistas como unas auténticas y disfrutadas vacaciones. Eduardo Muñoz reseña en El Imparcial que por primera vez en su vida sube a un automóvil: el del empresario malagueño José Álvarez Net («un hermoso Panhard más veloz que una calumnia»). Asisten a los toros, cuyas crónicas hablan en todos los casos de la presencia de «un mujerío impresionante». Palomero escribe de Málaga que es la «Niza peninsular». Javier Betegón aprovecha sus días malagueños para publicar diversas crónicas políticas sobre los simpatizantes conservadores y los partidarios locales de Maura. Durante una semana Málaga está en portada de toda la prensa española, y sus deslumbrados cronistas agradecerán en sus artículos la reconocida hospitalidad malagueña.

Leamos de nuevo a Camba:
«Yo me pasé catorce días en Málaga. De ellos siete fueron de indigestión y siete de hambre [no le dejaron probar bocado para recuperarse del atracón]; pero yo no los olvidaré jamás. Durante esos catorce días, yo me he sentido millonario. He tenido a mi disposición coches, automóviles y criados. Al regresar al hotel, de vuelta de un paseo, el lacayo descendía del pescante y me abría la portezuela sombrero en mano, diciéndome:

¿A qué hora necesita el señor el coche?

Me saludaban los guardias municipales, y el alcalde de Málaga –un hombre al que adoran todos los malagueños a pesar de que es alcalde– subía a mi cuarto a informarse de mi estado de salud. ¡Qué diferencia entre la despedida que me hicieron los malagueños y el recibimiento que tuve en Madrid! Al bajar del tren en la estación del Mediodía y ver que nadie me vitoreaba, sentí una indignación sorda contra Madrid. Tomé un coche de punto y llegué a casa en medio de la más horrible indiferencia».

El viernes 28 de agosto, desde Madrid, José Luis de la Santísima Trinidad López Pinillos, alias Parmeno, escribe también agradecido sus impresiones:

«Fue el último día. Habíamos estado en La Industria Malagueña, y visitábamos las magníficas bodegas de Jiménez Lamothe. El señor Lamothe nos ofreció unas copas de champagne, y Camba, al oler la primera, se puso un poco pálido. «Estoy mal», dijo gravemente. «¿Mal?» «Sí, una cosa en la tripa y en los sesos muy rara. No sé». Y a los cinco minutos se refugió en un carruaje y ordenó que lo llevasen al galope a la fonda.

¿La causa de su enfermedad? Desconocida, compadres. Por oler una copa, nadie se indispone; por lucir una guayabera y tocarse con un sombrerillo torero, nadie pierde la salud; por aconsejar a Machaquito y por curiosear en un pequeño túnel por donde fluye el agua, nadie la entrega. Camba, pues, ha enfermado de alegría, de emoción, de júbilo. Quizás ha fingido una leve molestia para quedarse en Málaga y fundar un periódico. Quizás no vuelva por Madrid».

Por desgracia no cayó esa breva. Tras abandonar Málaga a finales de agosto, sería contratado por La Correspondencia de España para viajar a Constantinopla, cosa que hizo el 14 de noviembre, primero en tren hasta Marsella, y luego a bordo del Senegal. El resto forma parte de la historia del periodismo de este país. Pero que Camba, también él, fue feliz en Málaga estaba por descubrir. Hasta la fecha.

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