10 de agosto de 2017
10.08.2017
Malagueños en el Ártico

"El cielo seguía cubierto de nubes, pero entre los huecos vimos glaciares y montañas"

Vuelve al Ártico la expedición de tres científicos de la UMA para estudiar el cambio climático - Carlos Jiménez, catedrático de Ecología y Geología, cuenta el día a día de estos científicos

10.08.2017 | 11:20
"El cielo seguía cubierto de nubes, pero entre los huecos vimos glaciares y montañas"

Vuelve al Ártico la expedición de científicos malagueños de la Universidad de Málaga (UMA), que entre marzo y abril de este año estuvieron en la base ártica en el archipiélago noruego de Svarbald para estudiar los efectos del cambio climático. Y con el regreso de la expedición, vuelve el relato del día a día de estos científicos en una zona tan remota del planeta que nos hace uno de sus integrantes, Carlos Jiménez, catedrático del Departamento de Ecología y Geología, acompañado de Conchi Íñiguez y Elisa Gordo. Las fotografías que realiza el propio Carlos y sus relatos componen un documento único y divulgativo para conocer el trabajo de los científicos malagueños de la UMA, que lideran investigaciones en muchos campos.

Aquí comienza el primer relato:

"El pasado domingo 6 de agosto emprendimos Conchi Íñiguez, Elisa Gordo y yo, una nueva expedición al Ártico con el fin de continuar nuestros estudios sobre la influencia del cambio climático en esta región del planeta. Mientras viajábamos hacia el Norte recibíamos noticias de la llegada de una nueva ola de terral a Málaga. Espero que no dure mucho y que no sea muy extremo.

Nuestro viaje al Ártico, como siempre, se inicia con un vuelo de Málaga a Oslo. El aeropuerto de Málaga estaba "a tope", y la cola para pasar el control de seguridad daba vueltas y vueltas, y vueltas. Más de una hora de espera. Después, unas cuatro horas de vuelo, y como los aviones de las dos compañías escandinavas que hacen esta ruta directa tienen wifi a bordo, la cosa es muy llevadera. En Oslo llovía, y sólo había 17 grados. El verano en estas latitudes acaba pronto, y en agosto ya "refresca". Tuvimos una larga escala de 8 horas hasta embarcar con dirección a Longyearbyen, en Svalbard. En los 15 años que llevo viniendo a esta región del Ártico a trabajar, es la primera vez que he tomado un vuelo nocturno, y ocurrió una anécdota interesante. Al ser el último vuelo del día hacia el archipiélago de Svalbard, el avión espera a todos los pasajeros que deben tomarlo y que llegan a Oslo con retraso desde Copenhague, París o Londres. Son, en su mayoría, turistas que van a Svalbard durante unos días en busca de una aventura ártica a través de agencias locales que les ofrecen paseos en barco o vehículos todo-terreno, caminatas, visitas a un glaciar, etc. La espera nos introdujo un retraso bastante estimable, que planteó un problema a las autoridades de aviación noruegas; al tratarse de un vuelo nocturno a una zona remota en el Ártico, por motivos de seguridad tiene que haber algún aeropuerto en el Norte de Noruega en el que poder aterrizar en caso de emergencia, o en caso de que el aeropuerto de Longyearbyen estuviera impracticable y hubiera que regresar al continente. Pero, los aeropuertos del Norte de Noruega cierran de noche (no sé exactamente a qué hora). Así que no podíamos despegar de Oslo para un vuelo de entre 3 y 4 horas de duración si en nuestra ruta no queda algún aeropuerto operativo. Al final solucionaron este problema y conseguimos despegar. En Oslo era noche cerrada, y llovía; pero conforme el avión ascendía y viajábamos hacia el Norte, por el horizonte, al Oeste, veíamos claridad, primero un cielo rojo y poco a poco más amarillo. Hasta que vimos el Sol por encima del horizonte. Ya era más de medianoche, y el Sol estaba allí, perpetuo.

Finalmente aterrizamos en Longyearbyen a las 2 de la madrugada, nadie lo diría ya que era completamente de día. En esta época del año el Sol no se pone en estas latitudes, siempre hay luz, no hay noche. Esto fue muy emocionante para mi compañera Eli, ya que es su primera campaña estival en el Ártico. Los que ya llevamos muchos años viniendo tan al Norte sabemos que la ausencia de oscuridad se termina pagando: problemas para dormir, desajuste del biorritmo, descontrol de los horarios de comidas, etc. Pero la experiencia vale la pena.

Lo primero que llama la atención, aparte de tener al Sol ahí arriba "de madrugada", es que casi no queda nieve en esta época. Sólo algunas manchas en las cumbres de las montañas. La temperatura del aire era de unos 7 grados, nada que ver con el mes de marzo, cuando lo normal eran 25 bajo cero. El paisaje es otro, algo de verde en algunas zonas (pequeñas plantas de apenas unos centímetros de altura cubren las áreas con menos pendiente), y mucha tierra y roca oscura. Aquí no hay árboles, ni arbustos, ni siquiera matorral. Por un lado, el clima es muy extremo en invierno; y por otro, el suelo está congelado por debajo de los primeros centímetros. Es lo que se llama "permafrost" (suelo permanentemente congelado). Las raíces de las plantas no pueden penetrar, de ahí que no se pueda desarrollar una vegetación de medio o gran porte.

Apenas pudimos dormir unas horas ya que teníamos que tomar el pequeño avión nos llevaba a Ny-Ålesund a científicos y personal de mantenimiento (9 pasajeros en total). Aquí en el paralelo 79° N el cielo seguía parcialmente cubierto de nubes, pero entre los huecos pudimos ver los glaciares y montañas que sobrevolamos a apenas unos cientos de metros de altura. Es un espectáculo que me sigue sobrecogiendo.

Desde nuestra llegada nos hemos dedicado a abrir cajas y montar los laboratorios. Ya lo tenemos todo dispuesto, y los buceadores están en el mar. La temperatura estos días es de unos 5 grados tanto en el aire como en el agua. Un "poquito" más fresco que bajo el terral malagueño, pero se soporta muy bien ya que apenas sopla el viento.

Deseando a todos los malagueños una feliz Feria de Agosto, nos despedimos por el momento."

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