03 de septiembre de 2017
03.09.2017
Memorias de Málaga

Pijamas de vestir y para comer

En el desaparecido restaurante Casa Pedro de El Palo se ofertaba un superpostre de gran aceptación, el pijama. Y hablando de pijamas, en el polígono industrial de Antequera se llegaron a fabricar "pijamas de vestir"

03.09.2017 | 01:15
Los pijamas de vestir han dejado de ser una excentricidad.

A ningún forastero, bien llegado del norte de Europa o de cualquier provincia española, se le ocurriría pedir en un restaurante un pijama, porque por poco que sepa de nuestra lengua, el pijama es una prenda de vestir, diseñada para utilizar a primeras horas de la noche antes de meterse en la cama, aunque también algunos sibaritas lo usan para dormir la siesta. Yo, si estuviera funcionando el desaparecido restaurante Casa Pedro que estaba en El Palo, me permitiría pedir al camarero un pijama al final de una comida o cena. El camarero no pondría cara de duda o estupor por el encargo porque el pijama era un superpostre que aquél añorado restaurante tenía incluido en la carta de entremeses, huevos, pescados –siempre tenía chanquetes-, carnes y postres. El pijama ponía punto final a una opípara comida.

El pijama postre, e ignoro a quién se le ocurrió la idea de darle el nombre de una prenda de vestir o mejor para dormir, se servía –o se sirve si hay algún restaurador que lo tenga en su carta– en una fuente de regular tamaño porque un plato resultaba insuficiente para acoger los ingredientes que habitualmente se incluían. En el gran plato o mediana fuente, se acomodaban un flan, un helado, carne de membrillo, bizcocho, cabello de ángel€ y todos los sabrosos productos no aptos para diabéticos.

Repito: no sé si en alguno de los cientos de restaurantes que se acumulan en el centro y en la periferia de Málaga sirve pijamas. Le brindo a Esperanza Peláez, especialista en tapas y platos malagueños, para que investigue y convenza a algunos de los restauradores a ofertar durante una semana pijamas€, pijamas de comer, no de vestir.

Ahora un pijama de vestir

Hace años, en el recién construido polígono industrial de Antequera, se instaló una fábrica de confecciones muy acreditada entonces: Confecciones Dólar. Estaba especializada en la confección de camisetas, calzoncillos, slips y otras prendas destinada a la población masculina.

Como el gobernador civil de Málaga, a la sazón don Víctor Arroyo, iba a visitar la factoría no sé si en el acto de inauguración o para apoyar el nuevo recinto que estaba captando clientes en toda España, por razones profesionales me trasladé a Antequera. Estoy hablando de los primeros años de la década de los setenta.

El gerente o máximo responsable de Dólar en la fábrica de Antequera acompañó al gobernador civil en la visita a las instalaciones en las que trabajan preferentemente mujeres. Le iba informando de los procesos de diseño, elaboración, procedencia del algodón, mercado y expansión de los productos€, hasta llegar a una línea concreta donde se estaban fabricando (recuerdo la frase exacta del gerente o guía) ¡pijamas de vestir!

El gobernador, a oír la matización de «pijamas de vestir», se volvió hacia el informador con una expresión de sorpresa.

Inmediatamente, el autor de la frase que dejó perplejo al mandamás de la provincia, aclaró el concepto de lo último en pijamas.

Le dijo que era una nueva línea de la moda masculina, algo así como lo más nuevo. Más o menos le dijo que lo mismo que en la indumentaria masculina hay ciertas diferencias –no es lo mismo un traje corriente y moliente que un frac– en los pijamas se pretendía establecer rangos, el pijama de toda la vida y el pijama de vestir, que permitiría al hombre usar esta prenda incluso cuando recibía visitas.

Recuerdo que al gobernador no le convencieron los razonamientos del encargado; para el gobernador, un pijama es un pijama, y la prenda se utiliza para dormir y no para recibir visitas de amigos, de agentes de compañías eléctricas y telefónicas que intentan convencer que sus ofertas son mejores que las de la empresas que le prestan servicio en ese momento; claro que no advierten del calvario que han de sufrir si intenta darse de baja de una compañía por la nueva. Tiene que engancharse al teléfono donde, después de darles los buenos días, un voz neutra le invita a pulsar la tecla 1, almohadilla, espere le atendemos unos segundos, musiquilla para distraernos, otras voz que dice que todos nuestros operadores están ocupados, vuelta a empezar€ y el cuento de nunca acabar.

Total, volviendo al pijama de vestir: no sé si prosperó la idea.


Antes del pijama

Desconozco la fecha de la implantación en España del pijama, una prenda de origen británico. Calculo que fue en los primeros años del siglo XX cuando se empezó a utilizar la nueva prenda de vestir. Nuestros ancestros, según lo hemos comprobado en las películas de época, no usaban pijama a la hora de retirarse a dormir. Utilizaban el camisón, una camisa ancha que llegaba hasta las rodillas y quizás algo más. Aunque ya el hombrerío no usa camisón para dormir, en el diccionario de nuestra maltratada lengua, aunque es una palabra en desuso, la prenda está perfectamente definida: «Aumentativo de camisa. Camisa larga que cubre total o parcialmente las piernas para permanecer en la cama».

Supongamos (quizás esté equivocado) que a principios del siglo XX -1900- llegaron a España los primeros pijamas, que como eran de origen inglés, se escribían en inglés, pyjamas. Como España pintaba algo en el mundo, inmediatamente españolizamos la palabra y la escribimos y pronunciamos como está escrita: pijamas. No sé cómo se pronuncia en inglés; ni me importa; ahora menos con el Brexit, un palabro inventado por ingleses que dan entender que se marchan o se salen de Europa.

Cuando me enfundo el pijama no me devano los sesos para saber cómo lo diría un locutor de la BBC, que esos sí que pronuncian bien aunque no me entero de lo que dicen.

La moda actual –fashion, para los cursis- no sé cual es en materia de prenda para dormir y soñar que nos va a tocar el bonoloto o la primitiva; quizá lo más trendy –moderno- sea acostarse encueritatis –esnúo- para no pasar calor.

Pero, de verdad, echo de menos un pijama de los de Casa Pedro de El Palo.


Un desayuno molinero

En el pasado mes de mayo, la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores, coincidiendo con el Día de San Isidro Labrador, anunciaba una jornada informativa bajo el lema «La Política Agraria a partir de 2020». Me hubiera gustado acudir, no porque sea agricultor –lo más que tengo es una maceta-, ni joven, ni en el horizonte de mi vida se vislumbre la compra de una finca rústica para cultivar y criar ganado. Me hubiera gustado acudir al acto de inauguración porque, después de la presentación y asamblea general ordinaria, a las 10 de la mañana, estaba previsto, según la convocatoria, un «Desayuno molinero».

Era la primera vez que se anunciaba un desayuno con la matización «molinero». Tratándose de profesionales del campo supuse que se refería de un desayuno de verdad, con pan cateto, aceite de oliva de sabor intenso y café con toda su cafeína y espumita que alegra los sentidos de la vista, gusto y olfato. Claro que no acudí al desayuno molinero porque ni soy agricultor joven ni por ser periodista en activo podía presentarme como tal para informar de lo acontecido en la jornada.

Me alegró lo del desayuno molinero porque estoy harto de los break coffee, los pancake y los biscuits elaborados con aceite de palma que proliferan en acontecimientos y reuniones similares con los descaffeinated coffee incluidos para los hipertensos. Pero cualquiera convence a los organizadores de congresos, asambleas, simposios, desayunos de trabajo, encuentros, reuniones, cónclaves, convenciones y mesas redondas de que los asistentes preferirían desayunos de verdad con churros, tejeringos, café o chocolate a los brioches, croissants y delicias con más mantequilla que harina.

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