16 de diciembre de 2017
16.12.2017
Seguridad ciudadana

El orgullo de la Policía Local

La Policía Local ha cumplido 175 años. La Opinión de Málaga ha reunido a los funcionarios del cuerpo que se han jubilado a lo largo de los últimos 12 meses para repasar sus respectivas trayectorias, analizar los buenos y malos momentos vividos y dar testimonio de su vocación de servicio y amor por un trabajo muy complicado

16.12.2017 | 20:42
Los funcionarios de la Policía Local recién jubilados posan en la Jefatura junto a agentes de nuevo ingreso.

La Policía Local de Málaga ha cumplido 175 años en 2017. Eso, ya de por sí, es una efeméride que merece ser celebrada por todo lo alto, pero la historia de un cuerpo policial también la conforman sus miembros. La Opinión de Málaga ha reunido a ocho funcionarios de distinta graduación que han colgado sus uniformes a lo largo de los últimos doce meses para repasar sus respectivas trayectorias, comentar anécdotas, analizar los buenos y malos momentos vividos en sus carreras y constatar los enormes cambios que ha experimentado el cuerpo. La reunión tiene lugar en la Jefatura de la Avenida de la Rosaleda y los veteranos coinciden con la hornada de 36 jóvenes que, desde el jueves, prestan servicio en las calles de la ciudad gracias a la última convocatoria de oposiciones. Charlan un rato, se dan abrazos y se hacen una foto de grupo que ya a todos les quedará para siempre en la memoria.

Los ocho funcionarios que asisten a la cita son el intendente mayor Antonio Rojas García; el inspector Francisco de Martos Jiménez; el policía y escolta José Antonio Martín (conocido por toda la ciudad como Miliki), el oficial Bartolomé Nogueroles Puyol; el subinspector Francisco Cortés García, los policías Antonio Sevillano Díaz y Francisco Javier Martín Ruiz y José Becerra Salguero.

«La jubilación ha sido dura, son muchos años de servicio y se echa de menos», explica Antonio Rojas, mientras Francisco de Martos bromea con que pensaba que la llamada del periódico era para reengancharse. Antonio Sevillano, por su parte, sentencia: «Todo lo que tengo es gracias a la policía. He creado una familia. Entré en el 82». Becerra asegura que su carrera le ha permitido desarrollarse como persona a partir de 1977, cuando se quedó parado y opositó.

El mejor momento coincide con el momento en el que se salva una vida. Rojas recuerda cómo, cuando era policía local en Marbella en el 81, subió junto a su compañero a la última planta de un edificio en Puerto Banús para contemplar las vistas vio a una mujer desnuda que había bebido una botella de agua llena de pastillas. «Si no llevamos a la mujer y a la botella al hospital, hubiera fallecido». El peor momento lo tiene claro: «Los accidentes de tráfico en los que hemos tenido que recoger los restos. Recuerdo un accidente de cuatro o cinco jóvenes que venían de botellón». Para De Martos, el mejor momento fue salvarle la vida a una mujer que se había atragantado con una espina de dorada y el peor el suicidio de un policía nacional.

José Antonio Martín se emociona recordando aquel día de julio de 2000 en el que fue asesinado por ETA el concejal José María Martín Carpena. «Íbamos con el alcalde y nos avisaron». Rememora con cariño sus primeros años patrullando en la calle La Unión, cuando a semejanza de la policía londinense se creó en la capital la policía de barrio. «Se estaba moviendo el tema policial en la ciudad», sonríe.

Bartolomé Nogueroles también se muestra nostálgico al recordar sus primeros años en Torremolinos, en la calle, con los ciudadanos, aunque el mejor momento fue cuando él y sus compañeros estuvieron patrullando toda la noche después de que unos padres vinieran preguntando por qué no había vuelto a casa su hijo de 18 años. El chico había tenido un accidente. Lo encontraron a las cuatro de la mañana casi congelado en el río Campanillas tras tener un accidente. «Por la insistencia en el patrullaje le salvamos la vida». Hizo lo propio con un padre que subió a la cima del San Antón junto a sus hijas de siete y doce años al que cayó una roca sobre la pierna y se la partió. Su compañero Antonio Sevillano menciona a ETA. «Fueron tiempos malos. Juan Plama era el jefe, todas las mañanas revisábamos los coches con espejos, estábamos siempre pendientes».

Martín Ruiz se acuerda del día de su toma de posesión en el 82 o cuando detuvieron a un atracador que había entrado a robar, con una pistola simulada, en una academia de baile del Camino Suárez. Malos momentos: la muerte de un compañero haciendo espeleología. José Becerra afirma: «Te da alegría cuando ves la cara del ciudadano porque has hecho algo bueno», aunque ha vivido momentos no muy agradables. Sobre todo, la muerte, a manos de un mendigo del Camino de Antequera, del policía José Luis Herrera Gálvez en 1987 o el suicidio de uno de sus compañeros.

En acción

Pero hay mil anécdotas que contar. Nogueroles tercia para recordar que una vez habían robado en un bar, encontró el carné del sospechoso sobre la barra pero el delincuente no aparecía. «Abro la cámara frigorífica y el hombre estaba dentro; si no llego a abrir...», asegura. Miliki cuenta que fue a ver junto a su jefe a un compañero al Clínico en un coche idéntico al del alcalde. Se quedó abajo esperando y se metió, por error, el vehículo del regidor. «El alcalde me dice ´si hay que llevarlo a algún lado lo llevamos´». Martín Ruiz recuerda que una vez tuvo que parar un coche a punta de pistola porque tenían la información de que era robado. Al parecer, una vecina vio a alguien entrando en el coche, pero no para sustraerlo, sino porque no podía abrirlo. «Le pedimos disculpas, pero paramos a la mujer con pistolas».

Antonio Rojas dice que se quedó parado en el 77 y podía optar por ir a Correos o hacer las oposiciones de la Policía Local. Sus padres vivían al lado de la ermita de Zamarrilla y él, para resolver sus dudas, acudió a esa iglesia. «En ese momento, pasa una mujer por allí y le dice a su hijo ´mira, como no te calles, ese policía te va a llevar a la cárcel». Fue una señal divina. De Martos pediría a los jóvenes agentes que «vengan a disfrutar del trabajo» y Miliki, una leyenda en el cuerpo, les recomienda que «se tomen el trabajo en serio pero como un servicio; no tenemos que parecer verdugos, vamos a ayudar a las personas, estamos para resolver problemas». Bartolomé Nogueroles les pide que no vean al ciudadano como un enemigo y les recuerda que todo el mundo cree «tener muchos derechos y pocas obligaciones». De Martos recuerda cómo una parlamentaria no dejaba pasar al camión de la basura por calle Cárcer porque le molestaba el ruido. «No se puede ni tocar, pero el juez de guardia nos dio permiso para traerla detenida. Al final, el camión dio marcha atrás por Cárcel y Echegaray y no pudo pasar». Antonio Rojas insiste en tener «educación y mucha mano izquierda» y Nogueroles dice que hacen falta «tres manos izquierdas».

José Becerra recuerdo el entierro de García Caparrós, en el 77. «No nos llegaba la camisa al cuello y la gente decía ´esta es nuestra policía». Hoy la percepción ha cambiado algo, dicen, pero explican que son los agentes más cercanos al ciudadano. «El 80% de los ciudadanos tiene a la policía como una institución muy cercana» y Miliki explica que a él le han preguntado de todo los ciudadanos. Sevillano aclara que, incluso, a él lo han invitado a las fiestas municipales. «Hay un coche en doble fila, nos llama el que está encerrado, ponemos la multa, llamamos a la grúa y, cuando llega el propietario infractor, el que estaba encerrado nos dice que le quitemos la multa porque ya se ha solucionado el tema», dice De Martos.

La policía ha cambiado mucho. En el 77, recalca Rojas, no tenían radio y la primera pesaba tanto que nadie quería llevarla. «Ni aire acondicionado había en los coches», reseña. Este también cuenta que antes «las denuncias se hacían en máquinas de escribir y había que meter cuatro folios de calco negros, te salían cayos de lo fuerte que había que darle a las teclas. Hoy ha habido muchos adelantes, los convenios, por ejemplo. Antes se descansaba un día y cuando el jefe quisiera». Martín Ruiz cuenta que en esos años iban dos agentes en la moto porque no había vehículos para todos y Sevillano relata que le salió una hernia intentando arrancar una de lo que pesaban. Este también recuerda con cariño la promoción del 82, la primera en la que hubo mujeres. Cortés García dice que antes se hacía guardia en la casa del entonces alcalde, Pedro Aparicio, en un coche sin cristales atrás. «Tenías que llevarte la manta».

Becerra Salguero recuerda a Antonio Martín Campos, el mítico sargento que levantó la Unidad de Atestados, «era una persona muy capacitada y le dio capacidad y fundamento a la Policía Local». Málaga era referencia nacional en la investigación de accidentes gracias a él. «Iba por los talleres para localizar los coches», asegura Becerra.

Miliki destaca la creación de la brigada de menores, que acabó con la mendicidad infantil en las puertas de las iglesias. Todos ellos insisten en que hoy casi todos los policías tienen carreras y que se ha mejorado mucho la comunicación con el juzgado y la forma de hacer las cosas. Ahora, la formación es muy buena, lo que empezó a cambiar en los ochenta cuando magistrados y otras personas de grandes conocimientos y prestigio les dieron clase.

¿Ha merecido la pena? «Este trabajo nos ha formado como personas y seres humanos», dice Becerra Salguero. Miliki se queda con el contacto con la gente y la comprensión que siempre mostró con los trabajadores y Antonio Rojas resalta el gran «afán de superación en nuestra época; todos hemos hecho carrera, yo soy licenciado en Derecho. Muchos hemos ido evolucionando y así ha evolucionado la Policía Local. Hoy, el 70% de los agentes tienen carrera».

De Martos, por ejemplo, es ATS. «La academia del 81 nos preparaba muy bien, eran clases magistrales», aclara, mientras que Nogueroles Puyol aclara: «Nos daban Derecho Constitucional, Administrativo, el Código Penal, Medicina Legal y te examinaban». Miliki comenta: «El que suspendía iba a Atarazanas con el medio huevo a regular el tráfico». Algunos de ellos han visto cómo sus hijos han seguido sus pasos. Hoy, ya jubilados, miran atrás y comprenden que ha merecido la pena. Son el orgullo del cuerpo.

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