En busca de la paz y el sosiego que no encontraba en Málaga, después de unos tiempos difíciles, he pasado la Semana Santa en Madrid. Estuve unos días dándole vueltas en la cabeza, porque me parecía un ejercicio de diletantismo, pero al final decidí que no había ningún motivo para no hacerlo, salvo la avalancha de visitantes: pasaría la mañana del Viernes Santo en el Prado, una de mis catedrales laicas, viendo grandes obras dedicadas a los últimos días de Cristo en la Tierra, una especie de vía crucis sui generis, y escuchando con los auriculares la Pasión según San Mateo de Juan Sebastián Bach.

Hacía una mañana muy fría, ventosa y gris. Entré en el abarrotado museo, conecté el móvil y cuando Harnoncourt empezó la que para mí es una de las grandes creaciones del hombre en la Historia, perdí la noción de las miles de personas que me rodeaban. Y emprendí mi camino, que iba a llevarme de lo que pensaba era un mero pasatiempo culto, a una verdadera experiencia espiritual.

No recuerdo bien el orden que seguí, porque era imposible mantener la secuencia cronológica de las estaciones. Contemplé Cristo presentado al pueblo de Quinten Massys, en la que personajes grotescos, tan típicos en la pintura flamenca, aúllan insultando a Jesús, el deslumbrante Cristo con la cruz a cuestas de Sebastiano del Piombo, como un atleta miguelangelesco en un espacio cerrado, mientras por una ventana se ve el camino que lleva al Gólgota, El Pasmo de Sicilia de Rafael, con el prodigioso hombro del Cireneo levantando con su brazo la cruz que aplasta a Cristo en su caída, La Flagelación de Alejo Fernández, en la que cuatro verdugos ejecutan una especie de danza de la muerte, látigos en ristre, alrededor de un Hombre atado a una columna, el apolíneo Cristo crucificado de Velázquez, tan diferente en su casi carencia de sangre -quizás debido al origen andaluz de su autor- frente a las imágenes castellanas («¿En que piensas tú, muerto, Cristo mío?», que escribiera Unamuno), en cuya contemplación pasé un rato, mientras oía el Erbarme dich mein Gott, y notaba que un escalofrío recorría mi espalda, el bellísimo y muy desconocido Cristo crucificado de Goya, tan extraordinariamente hombre, que parece pintado para cumplir lo escrito en el salmo 45: «Tú, el más hermoso de los nacidos, y que Manuela Mena mantiene que, posiblemente, sea la mejor obra de Goya. Es muy interesante observar como ambos crucificados tienen cuatro clavos, en vez de tres. En el caso de Velázquez, podía ser influencia de su maestro y suegro Pacheco. En el caso de Goya, desconozco el motivo. No olvidemos que todo esto tuvo mucho que ver con el jansenismo y Port Royal (¿hemos olvidado ya a Alfonso Canales?). Seguí mi indagación y encontré los elegantísimos Noli me tangere («no quieras tocarme, porque aún no he subido al Padre») de Correggio, con ese azul extraño del manto de Cristo, que mantiene los pies cruzados en lo que parece una danza y la melena rubia de Magdalena y su brazo extendido, formando una diagonal perfecta con el brazo de Jesús que apunta al cielo, y La Piedad de Van Dyck, en la que la Madre parece el trono en que descansa el Hijo muerto. Y el Cristo muerto sostenido por un ángel, con la boca abierta de los muertos, mientras el ángel llora, de Antonello de Messina («han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos»). En esos momentos, ya no quedaba en mí nada que recordara a la gente, ni a diletantismo, ni a frivolidad culta de una mañana de vacaciones, en la que no se sabe muy bien qué hacer. Era el Viernes Santo de un creyente, cuya fe se había visto sometida a muy duras pruebas en los últimos meses, que realizaba un vía crucis especial, gracias al Arte y a la Música, que cumplían de esta forma su función icónica.

Había dejado para el final El Descendimiento de Van der Weyden, el cuadro de las lágrimas, otra de las grandes creaciones de la humanidad, que luce deslumbrante después de su última restauración. Ese cuadro habría que verlo solo y con lupa. Cada lágrima es un prodigio, los azules, rojos y dorados parecen hechos por ángeles tintoreros y el brazo de una Madre exangüe y desvanecida de dolor, paralelo al del Hijo muerto, constituyen la prueba de la «cum passio» de Bernardo de Claraval. Mientras escuchaba el Lacrimosa del Réquiem de Mozart, tenía la sensación de estar solo y viendo la escena con lupa. Solo ante el Misterio.

En mi camino de salida, el azar (?) me tenía reservada una sorpresa: una pequeña tabla de Juan de Flandes, pintor de Isabel la Católica, de la que no tenía ni noción de su existencia, Cristo sobre la piedra fría. Increíble y helador título para un Jesús desnudo, absolutamente despojado, coronado de espinas, esperando su turno para ser crucificado, solo y abandonado, ni siquiera hermoso, el auténtico Varón de Dolores. Apagué la música y permanecí en silencio. Tranquilo, confortado, esperanzado.

La tarde anterior había leído en las redes una protesta de un señor por la retransmisión por televisión de la llegada a Málaga de la legión, «en honor de un ser imaginario». Para tratarse de un Ser imaginario, Cristo cambió la Historia cuando dijo hace dos mil años, en un contexto histórico en el que ni la caridad, ni la solidaridad, ni los derechos humanos, ni la igualdad existían. Por eso revolucionó la Historia cuando dijo «amaos los unos a los otros» y «no juzguéis si no queréis ser juzgados» y «el que esté libre de pecado que tire la primera piedra» y « bienaventurados los pobres y los mansos y los limpios de corazón» y «perdónalos porque no saben lo que hacen». Hasta la fecha en que ese señor escribió su protesta estaba marcada por el nacimiento del Ser imaginario. La Historia está marcada para siempre en un antes de Cristo y un después de Cristo. Y la Cultura de Occidente tiene tres columnas fundamentales: la filosofía griega, el derecho romano y la religión cristiana.